VERANO DEL 79: (Cap.4) Lo que una mesa de anotadores nos birló

VERANO DEL 79: (Cap.4) Lo que una mesa de anotadores nos birló

Antonio Rodríguez

De Siena a Turín. En la bonita ciudad norteña con su preciosa catedral de mármol blanco y negro, se viajó a la sede final de este Eurobasket, Turín. Y la travesía fue como la citada catedral: de blanco al negro. Siena es una ciudad elegante, con un reclamo turístico formidable. Pequeña y encantandora, bastante “toledana” por la cantidad de arte tan diverso que atesora, capaz de llenar en las tres jornadas su pabellón, el Mens Sana, donde la Selección Española se despidió a lo grande. Y fue llegar a Turín…y no ser lo mismo. El pallasport Parco Ruffini, escenario donde se disputaría esta fase final, con capacidad para unos diez mil espectadores, estaba semivacío para presenciar el primer enfrentamiento de los nuestros ante Israel. Vale que las horas no ayudaban, pero Italia, la mayor potencia en baloncesto continental, tiene afición más que sobrada como para estar escuchando los gritos y carreras de los jugadores  como banda sonora durante las dos horas.

Pero por encima de otras consideraciones, no nos salió el partido. Tres días entre viaje y descanso pasaron de una actuación a otra y como les comentamos, las tonalidades cambiaron mucho. Del blanco al negro. También se entiende cómo Israel dio la enorme sorpresa ganando a Yugoslavia, pues sin tener ningún pívot alto (Eric Menkin y Steven Kaplan superan los dos metros de manera raspada), pero apoyados en los 2.03 de Lou Silver como alero, es un trío interior rocoso y difícil, físico y bregador, que gusta batallar bajo tableros, justamente nuestro punto débil. Y luego tienen a Mickey Berkowitz. Falló tiros, muchos minutos de actuación discreta, correcto en la segunda mitad y desmelenado al final. No parecía una gran actuación. Pues 33 puntos, así, sin sospecharlo, que se marcó el genio israelita.

Dino Meneghin, puntal italiano en el encuentro en el que nos birlaron todas las posibilidades de medalla.
Dino Meneghin, puntal italiano en el encuentro en el que nos birlaron todas las posibilidades de medalla.

Y nuestro Equipo Nacional que tuvo en la segunda mitad cuatro minutos horribles que dilapidaron cualquier opción de victoria. Consecuencias de este equipo tan joven que siempre defenderemos, para lo bueno y para lo malo, en esta ocasión tocó lo malo. Y eso significó que salió Juanma López Iturriaga oficiando como base desde el banquillo, sustituyendo a Llorente sobre el minuto 6 de la segunda mitad y en su afán de hacer correr, tanto arriesgó en los pases que llegó a perder hasta cuatro consecutivos, para un funesto total colectivo en esos minutos de 6 pérdidas en 7 posesiones. Una barbaridad. De un 54-51 a favor que teníamos minutos antes, se pasó a un 56-60, donde Antonio Díaz Miguel solicitó tiempo muerto, y a un posterior 62-69,  imposible remontar mentalmente, aunque restasen 10 minutos.

 No fue ese el único problema. Y es que en los primeros minutos, la tripleta Menkin, Kaplan y Silver, nos cogieron hasta 11 rebotes ofensivos en la primera mitad, sobre Santillana, Rullán, Epi, Brabender y Llorente que fue nuestro quinteto titular (tampoco volvió a actuar Corbalán). Toda una sangría por la que íbamos a remolque en el juego, aunque sí con la delantera en el marcador. Ellos, de la mano de su habilidoso base Barry Leibowitz, excelente en sus entradas a canasta, corrían más y mejor que nosotros. Por España, Brabender, que anotó 8 de los 10 primeros puntos de España, disimulaba el desacierto de Santillana desde el poste alto, así como el aciago día de Rafa Rullán en sus medias vueltas en suspensión, especialidad de la casa (1 de 11 en tiros fuera de la zona). 

La primera parte transcurrió enormemente farragosa, incapaces de romper su zona 2-3, llenos de prisas, angustiados con la idea de  no anotar. José Luis Llorente, excelso el día ante la URSS, no acertaba con la precisión en los pases de contragolpe, que acababan perdiéndose por línea de banda dos metros por delante del receptor. Epi aparecía a cuentagotas. Y a todo esto, la actuación arbitral del búlgaro Arabadjan (sí, sí. El famoso de la final olímpica de Munich’72) y el holandés Van der Willige, que desesperaban a la concurrencia empeñados en señalizar faltas en ataque en acciones de entrar a canasta y defensores atizando para que no pasasen (algunas, con canastas incluida, que debieran ser 2+1), junto a eso de señalizar pasos cuando un alto llegaba en carrera en contragolpe, por el hecho de ser alto, aunque diese el pobre uno tan sólo (los israelitas Silver y el habilidoso Yanay fueron los más castigados, resignados ante algo que no entendían). Lo de pitar pasos a Brabender en una finta y pivote, ya fue de traca. A Brabender. Pues con todo eso y gracias al desacierto en el tiro de nuestros rivales, nos fuimos al descanso 42-41 por delante, porque en un puñadito de minutos, aseguramos el rebote defensivo y jugamos más cómodos (34-28).

George Brosterhous entrando a canasta ante la selección de Holanda. Francia, que venía con buenas sensaciones al Eurobasket, acabó novena.
George Brosterhous entrando a canasta ante la selección de Holanda. Francia, que venía con buenas sensaciones al Eurobasket, acabó novena.

El robo

Pocas veces se había visto algo tan descarado como lo que sucedió al día siguiente, en el mismo lugar, que no en el mismo escenario, pues en esta ocasión y por primera vez, las gradas del Palazzeto Parco Ruffini se abarrotaron para apoyar a una selección anfitriona, muy necesitada de victorias en su escalada hacia las medallas. Y es que su triunfo dos días antes ante Israel (90-78), unido al aplastamiento de la URSS sobre una desconocida y desconcertante Yugoslavia (99-76), dejaba abierta la posibilidad de quien jugaría la final ante los soviéticos, que ahora sí se habían convertido en el rodillo imparable que gustaba a su entrenador Alexander Gomelski. E Italia eran los anfitriones y este era “su” Eurobasket. Y en esta jornada y ante España, lo dejaron bastante claro.

El diablo Berkowitz, el mejor jugador del Eurobasket, entrando ante la oposición de Santillana. Anotó 33 puntos a España.
El diablo Berkowitz, el mejor jugador del Eurobasket, entrando ante la oposición de Santillana. Anotó 33 puntos a España.

 

 Cuando un equipo juega tan bien como la Selección Española en este choque, no merece perder un partido. De ninguna de las maneras. Los chicos de Díaz Miguel volvieron a jugar un encuentro perfecto, como frente a la URSS. El único reproche pudiera ser que perdieron la concentración y la ventaja desde el minuto 36 al 38 y medio, para volver a recuperar ambas en el último minuto y medio, en una  tarea numantina en medio de todo un pabellón encendido y entregado a una squadra azzurra totalmente volcada a su causa. Una canasta fuera de tiempo, clara, clara, como pocas veces se ha visto (ver documentos gráficos adjuntos), se dio por válida y con ello, el triunfo de Italia por 81-80 para desolación –y posteriores protestas, que ya detallaremos-, de los nuestros.

Juan Antonio Corbalán, aún algo renqueante del tobillo, volvía a jugar, saliendo en el quinteto titular, junto a Brabender, Epi, De La Cruz y Rullán. Por los italianos, quinteto alto y físico como era todo su plantel, con Caglieris, Carraro, Villalta, Bertolotti y Meneghin. Y desde las primeras acciones, ya se podía comprobar que nuestro ataque frente a la zona rival, era mucho más fluido que el día anterior. Rafa Rullán, a modo de mensaje por tener delante a su archirrival Dino Meneghin, anotaba cuatro suspensiones consecutivas, la última, delante de él y otro compañero, colgándose el bueno de Rafa en el aire y soltando su típico e inmaculado tiro. Giancarlo Primo, seleccionador italiano –que tenía al prestigioso Sandro Gamba como asistente. Lo dicho, era “su” Eurobasket-, solicitó su primer tiempo muerto en el minuto 5 con 4-10 para España, en el marcador. En 10 minutos, comenzó a poner en pista a todos sus tanques: Marco Bonamico como prototipo de alero atlético con cuerpo de pívot, los pívots Ferracini y Vechiatto, Brunamonti y Enrico Gilardi en los exteriores. Toda su carrocería más pesada para dominar las zonas y los rebotes. Pero si de eso se trataba, España, con Juanito De La Cruz como baluarte, luchando como un fenómeno, con el apoyo colectivo, aseguraban los rechaces. Eso sí, para los colegiados, el griego Tsolakidis y el estadounidense Spitler, más para el primero, toda una ‘joya’ del silbato, cualquier tapón, era falta. Y así cargaron con un par de faltas a Meneghin de chiste y a De La Cruz y Rullán, con tres cada uno, en el minuto 11. Intentando olvidarlo, porque todo iba de cara (minuto 9, 10-20 en el marcador a favor de España). Pero el “¿mía?¡!” de Rullán con la tercera, porque andaba por la jugada, era bastante testificante de lo que se estaba viviendo. Con 5/6 en tiros de campo y 11 puntos en esta 1ª mitad, se retiró al banquillo tras cometer la cuarta (mucho más preocupante), en una acción que mostraba el nivel de arbitral. Roberto Brunamonti lanza una suspensión ante la intimidación de Rullán, que es señalizado con falta. El tiro defectuoso tras el pitido, por el arco que tuvo que tomar, fue palmeado por Bonamico en un acto reflejo que muchos jugadores hacen. Pues el americano Spitler dio la canasta válida más el adicional para Brunamonti. Wayne Brabender corrió a los árbitros cuando se enteró de la hilarante señalización, corrió a la mesa a explicar que era imposible pitar eso, corrió a canasta para escenificar el gesto de Bonamico palmeando…daba igual. Ya se había dictado sentencia.

Con todo, España seguía bordándolo. 10-24 y 17-33 fueron algunos de los parciales. Nuestra defensa zonal se les atragantaba,  se cortaban balones, se aseguraba nuestro tablero y se podía correr. La batuta de Juanito “Von Karajan” Corbalán (como años después le denominara Andrés Montes) se notaba y mucho. Su maestría era tal que reducía esfuerzos en defensa sin perder efectividad, soltaba el balón en contragolpe un par de botes antes de lo que era habitual en él por apenas poder correr y sus canastas venían en certeras suspensiones, sin perder en ningún aspecto, un ápice de efectividad. Ya cansado en el minuto 14, fue sustituido por Joaquín Costa, que siguió con la gran lectura para atacar la zona del contrario. Con una mínima reacción de dos canastas del pívot Gianni Bertolotti (23-33), el pabellón ruge como no se había visto hasta ese momento. Eran los mejores minutos de los italianos, Dino Meneghin haciendo mucho daño en la zona, cargando con faltas y el base Caglieris dando el toque agresivo que necesitaban. Con una suspensión de Renato Villalta, se llegó al descanso con 33-40, recortando algo su desventaja, pero para nada empañando un excelso encuentro de nuestro equipo Nacional.

Barry Leibowitz corriendo un contragolpe ante la mirada de Llorente para frenarle.
Barry Leibowitz corriendo un contragolpe ante la mirada de Llorente para frenarle.

En la 2ª parte, el paisaje seguía siendo el mismo. Corbalán nuevamente ingresa pista y sobre él, brota la paciencia para romper la defensa, nuestra mejor virtud. Aquí puntualicemos también el fenomenal encuentro de Luis Miguel Santillana, discreto en la parcela reboteadorea, pero desde poste alto anotaba suspensiones con la facilidad que él tenía jugando a esto, mientras que los brazos de Juanito De La Cruz sobresalían un palmo por encima de los fornidos italianos a la caza del rebote. Vuelve a aumentar la ventaja española con una suspensión de Epi (42-57) a falta de 14 minutos para el final, enmudeciendo nuevamente el recinto. Se pasa a un 46-61 entre el éxtasis de los enviados españoles en los pupitres de prensa, que no hacían más que ser felicitados con gestos y pulgares hacia arriba. 

Hacía tiempo que no sentían este orgullo por el juego de nuestra Selección. Era un baloncesto casi perfecto. La alegría vuelve a difuminarse cuando De La Cruz comete su cuarta y su quinta falta en pocos minutos, con el árbitro griego Tsokalidis nuevamente como protagonista del acto. Rafa Rullán salta a pista con cuatro faltas en su sustitución. En ese momento, Giancarlo Primo reacciona con celeridad y pone en pista nuevamente a Meneghin –también con 4 faltas-, para una única misión: que el pívot madridista cometa su quinta personal, tras su recital de la primera mitad.

A partir de ese instante, Italia solamente surte de balones a sus pívots en la zona, entre otras cosas, por su asombrosa incapacidad de anotar una suspensión exterior. Meneghin fuerza falta a Santillana. Dos tiros libres. En el segundo que erra, un balón suelto vuelve otra vez a sus manos y busca el contacto con Rafa Rullán, que llevaba segundos quieto bajo el aro con los brazos en alto, intentando evitar lo peor, que le castigasen con la quinta falta. Pues efectivamente, los peores temores y desesperos de los españoles se confirmaron, para el júbilo del pívot azzurro que no disimula con saltos de alegría. Restaban unos 9 minutos para la finalización y todo se complicaba sin la participación de nuestros dos pívots titulares. Y lo que era peor: solamente nos quedaba uno.

Fueron los momentos de mayor presión local, donde casi sacaban a empujones a Margall y a Santillana de la zona, si no a codazos, como una falta intencionada que señalizaron a Vecchiato por golpear en la boca del estómago a “Santi”, que estuvo doliéndose unos minutos en el parquet. A pesar de todo ello, del mayor acierto de nuestros rivales que recortaban diferencias, siempre había una canasta tranquilizadora que llevarse a la boca, ya sea de Epi, de “Santi”, de Brabender, para romper posibles parciales. 59-69 era el marcador a falta de 07:43 para el final y se entró con 61-70 en los últimos cinco minutos.

La sensación de los soviéticos en este Eurobasket, fue el debutante Sergei Tarakanov. Aquí lanzando a canasta ante la defensa de Jerkov y la mirada de Tkachenko, en el URSS-Yugoslavia.
La sensación de los soviéticos en este Eurobasket, fue el debutante Sergei Tarakanov. Aquí lanzando a canasta ante la defensa de Jerkov y la mirada de Tkachenko, en el URSS-Yugoslavia.

El tal Tsokalidis señala una quinta falta a Meneghin de risa, que le hace salir en persecución del griego, en una imagen bastante cómica, demostrativa de cómo estaba el patio. Pero en el juego físico de rebote, de lucha, de empujar, los italianos eran los que salían beneficiados con mucho. Dos suspensiones de Villalta y Bertolotti hacen estallar la locura en el recinto. El público estaba desbordado y lo que era peor, la Selección Española también. Corbalán exhausto, Brabender también cansado y Epi molido a empujones, pierden balones y tras dos robos con posterior bandeja de Caglieris, que por primera vez coloca  a los suyos por delante en todo el partido (71-70), más una suspensión de Villalta, coloca el marcador en 73-70 a falta de 02:36, para el éxtasis de diez mil gargantas. José Luis Llorente entra en pista por Corbalán en una papeleta complicada, que sin embargo, sí supo lidiar. El base Caglieris, que estaba en racha, anota un tiro exterior (75-72), que es respondido por canasta de Juanma Iturriaga y una sensacional suspensión de Luis Miguel Santillana, empujado y cayéndose, que nos sitúan otra vez por delante: 75-76, restando 01:20. Se seguía mandando, que era lo importante.

Caglieris anota dos tiros libres (77-76), haciendo Llorente lo propio (77-78) a falta de 55 segundos. Se pide tiempo muerto y se respira, se aclaran ideas. En el siguiente y elaborado ataque italiano, un palmeo casi milagroso de Ferracini, entre dos rivales (ahí donde se notó la falta de estatura), acaba entrando, para el delirio colectivo y el 79-78 a falta de 37 segundos. Y aquí llegó un ganador de tan sólo 20 añitos, que tenía claro lo que iba a suceder, pues él mismo recurrió a su libreto de primeros capítulos del “Epi-sistema”, creándose una posición de tiro aún forzada, que acabó entrando, logrando la delantera española (79-80) a falta de 22 segundos. Último ataque italiano y penúltima escena del acto.

Caglieris aguanta y aguanta el balón sin ver resquicio entre la defensa española. Finta el tiro y acaba pasando a Renato Villalta, que lanza una suspensión esquinada a falta de 2 segundos…que sale repelido por el aro. El rechace largo queda suelto, lo vuelve a recoger Villalta a la altura de la bombilla y con el tiempo a cero, empujó a Llorente –falta en ataque, aunque esa sería de nota pitarla. Y no estaban los árbitros para sacar nota-, se levanta en suspensión con el tiempo a cero,  sobre un segundo de más aproximadamente tras la finalización y anota la canasta que provoca el estallido unísono en el pabellón y todos los jugadores italianos abrazándose. La bocina final, claro, no sonó en ningún momento.

 Los españoles corrieron a la mesa de anotadores protestando al comisario de mesa, el rumano Dimitriu, con montones de periodistas y algunos aficionados rodeando la mesa de anotadores, mientras que los jugadores italianos se habían retirado convenientemente a los vestuarios. El marcador estuvo en 79-80 para España, inamovible, un par de minutos mientras se debatía, entre otros, con el comisario de la FIBA, Vladimir Stankovic, que como siempre, ahí estaba para “impartir justicia”. Entre la espera, una televisión italiana aprovecha para entrevistar a Brabender, mientras la “justicia” dictaminó que la canasta era válida y que el resultado final era 81-80 para Italia.

En estas dos capturas televisivas, se puede apreciar a Villalta, primero empujando a Llorente y después, levantándose en suspensión. En ambas acciones, con el crono, como se puede ver, ya a cero.
En estas dos capturas televisivas, se puede apreciar a Villalta, primero empujando a Llorente y después, levantándose en suspensión. En ambas acciones, con el crono, como se puede ver, ya a cero.

La realización de la Televisión italiana, la RAI, con mucha elegancia, repitió hasta en tres ocasiones la jugada con reloj insertado, que demostraba con demasiada claridad que la canasta estaba fuera de tiempo. Ernesto Segura de Luna, presidente de la Federación Española de Baloncesto, presentó un recurso, previo depósito de 200 marcos, que Mr. Stankovic desestimó -¿qué esperábamos?- y esa misma noche se elevó una reclamación al Comité de Apelación, tras otro pago, que tampoco sirvió de nada. Durante el resto de la jornada, comenzaron a airearse comentarios de todo tipo. Y entre conversaciones de hall de hotel, el colegiado español Hernández Cabrera, resaltó una vez visto lo visto, que en el encuentro de esa misma mañana en la lucha por el 9º puesto, entre Grecia y Holanda, la actuación del árbitro italiano Durazi a favor de los griegos, resultó a ser sonrojante, para dar la victoria a los helenos (79-75). Parecía que había un pañuelo pendiente de recoger para el partido de por la tarde.

Fue un mazazo. Una victoria hubiese significado que ganar en alguno de los dos encuentros que restabas (unos alicaídos yugoslavos que veían ya complicado llegar a la final o unos accesibles checoslovacos), nos hubiese aupado hasta la final, un éxito sin precedentes para una selección como ésta. Tanto el comisario de mesa Dimitriu como el dúo arbitral reconocieron con posterioridad que efectivamente, se habían equivocado. Renato Villalta, años después, en una entrevista a un medio español, tampoco podía negar lo evidente. Pero ya daba igual. El resultado quedó en aquel 81-80 para la historia. En el próximo y último capítulo veremos cómo esta “cacidada” sí tuvo consecuencias para los españoles y entre un grupo tan igualdad, quien sería el afortunado que llegaría a la final ante la todopoderosa URSS.

 

CAPÍTULO 1: Sabor a plata en Roseto y Manheim

CAPÍTULO 2: Travesía por el infierno griego

CAPÍTULO 3: El milagro de batir a la URSS

CAPÍTULO 5: El agridulce sabor de un sexto puesto

CAPÍTULO 6: El epílogo