VERANO DEL 79: (Cap.3) El milagro de batir a la URSS

VERANO DEL 79: (Cap.3) El milagro de batir a la URSS

Antonio Rodríguez

De cómo nos recibió Siena y cómo se la despidió. De cómo unos 5.000 espectadores fueron poblando poco a poco el pabellón Mens Sana, expectantes en ver a la Unión Soviética en directo, en el choque que abría el fuego -posterior a nuestro debut- y de cómo se rompían las manos aplaudiendo, animando a nuestro Equipo Nacional en el choque que clausuraba la sede, mientras se iba cristalizando la impensable hombrada de ganar al rodillo soviético, por 101-90. Así agradecían la exhibición vista y así decíamos adiós a Siena. En la cumbre. La que el afamado diario La Gazzeta dello Sport nos catalogaba de “hormigas (¿?) trabajadoras y eficientes” en que les había convertido “Díaz de Miguel" (según ellos, con el “de” en medio), con principios básicos de disciplina, polivalencia y acciones elaboradas con paciencia”. Pues ya ven, que las hormigas otearon el horizonte desde la cima, sintiéndose poderosas.

Imagen de la histórica victoria ante la URSS. Santillana lanzando un gancho ante Sharmukhamedov y la atónica mirada de Homicius.
Imagen de la histórica victoria ante la URSS. Santillana lanzando un gancho ante Sharmukhamedov y la atónica mirada de Homicius.

Y es que estábamos ante la victoria más impactante de la Selección Española  en la toda la historia. Es cierto que la más importante fue la que ganamos también a la URSS en semifinales, en nuestro Eurobasket barcelonés de 1973, accediendo a una medalla de plata histórica. Sin embargo y a diferencia de aquello, volver a derrotarles, esta vez en terreno neutral, sin en apoyo de la afición en casa (aunque los italianos se rindieron a la evidencia y acabaron como nuestros supporters), sumaba épica al asunto, sobre todo por la importancia del momento. Era como una consolidación acelerada de este equipo tan bisoño que defendía nuestros colores.  De las dudas de Salónica a la magnificencia de Siena. Todo en un puñado de semanas de recorrido.

 Vayamos por partes y pongámonos inicialmente en perspectiva con la que se partía para este Eurobasket. Encuadrado en uno de los tres grupos de cuatro equipos que lo iniciaron, Bulgaria, Holanda y la URSS, por este orden, serían nuestros rivales. Y la meta, obligatoria meta, era ganar los dos primeros envites que nos daban el pase a la segunda fase, ya clasificados entre los 6 primeros y con la permanencia en la élite –en Primera División europea- asegurada.  A partir de ahí, todo lo que llegara, sería un regalo. Había que ir dando pasos de cara a los próximos Juegos Olímpicos, que a  nuestros intereses llegaban demasiado pronto –Moscú, un año después-, pero sí establecían un salto cualitativo tras el deficiente papel en Munich’72 y la no participación en Montreal’76.

El debut de los nervios y la incertidumbre. Bulgaria como rival. Sin ser lo que otrora fueron, sin contar con una calidad técnica como la del ya retirado Golomeev –mejor sería decir que se quedaron anclados en  técnicas de 20 años atrás y los españoles sí que habían progresado-, se dio el pistoletazo de salida. Y parece que algún juez a la vera del destino,  nos apuntó ya el hándicap de una salida nula. Juan Antonio Corbalán, nuestro base titular, tras casi cuatro meses de baja por una operación en su tobillo, en la lesión más grave de su carrera, llegaba a esta cita justo, justo. Es cierto que desde hacía unas semanas ya no se le hinchaba, pero estaba aún demasiado tierno. En un mal gesto en la rueda de calentamiento, nueva recaída con distensión en el tendón del talón como consecuencia y florecieron viejos temores. Y aunque salió de titular como estaba previsto, claramente se veía que no podía, siendo sustituido en el minuto 5 por Joaquín Costa. Incertidumbre por la importancia y duración de dicha baja.

Cuando Juanito Corbalán caminaba renqueante hacia el banquillo, España iba 11-18 en contra en el marcador. Epi, Brabender, Santillana y Rullán, el resto de componentes del quinteto, seguían el ritmo lento de los búlgaros, en los que destacaba su base Bogdanov (15 puntos), más Ilia, el padre de los futuros ACB Evtimov, Vasco e Ilyan, mientras que un jovencísimo Georghi Glouchkov veía los más minutos el choque desde el banquillo. El “capi” Wayne Brabender, siempre Brabender, mantenía en ataque con sus canastas de media distancia la poca consistencia defensiva (4 de 4 en la primera mitad, para un total de 9/14)  y con sus fintas de tiro, provocó un buen número de faltas y viajes a la línea de tiros libres (11/13), para lograr 28 puntos y ser nuestro máximo anotador. La labor de Epi (18 puntos) también fue importante, en un partido siempre igualado, 48-43 al descanso, que se cerró aún más en los segundos 20 minutos y que nos preocupó y mucho cuando volvieron a ponerse por delante (55-57) a 15 minutos del final. 

Una racha de buenas suspensiones de Luis Miguel Santillana (22 puntos), que arreglaba un día discreto en el tiro, más la importante salida a pista de Juan De La Cruz por Rullán, que dio más mordiente en rebotes y en intimidación, junto al enrachado Epi, sentenciaron con un 83-73  que llegaron a sonar a susto, tras la pérdida de algunos balones y canastas en contra al final, que dejaron el definitivo 85-81. Resoplidos, corto margen, pero primeros puntos en el zurrón.

 Holanda nos había metido el miedo en el cuerpo ya en su debut, tras realizar  un muy digno encuentro ante los soviéticos y ceder tan sólo por 92-84. Los que nos eliminaron dos años atrás y nos mandaron al hoyo, tuvieron nuevamente junto a su legendario alero Tom Akerboom (22 puntos), dos acompañantes de categoría que preocupaban, como eran los estadounidenses nacionalizados Woudstra y Faber (éste último, pívot torpón de aspecto, con una inesperada facilidad para anotar). Tras el transcurso del choque, temores infundados. Y es que sencillamente, nos salió el día.

Selección Eurobasket 1979. De pie, de izquierda a derecha: Brabender, Margall, De La Cruz, Rullán, Santillana, Epi y López Iturriaga. Sentados: Costa, Corbalán, Flores, Llorente y Ansa.
Selección Eurobasket 1979. De pie, de izquierda a derecha: Brabender, Margall, De La Cruz, Rullán, Santillana, Epi y López Iturriaga. Sentados: Costa, Corbalán, Flores, Llorente y Ansa.

Olvidados los nervios del debut, la soltura con la que jugaron los españoles, obviando la responsabilidad de un choque que clasificaba para la fase final, la frescura del juego en definitiva, era algo que llevaba, por desgracia, sin verse mucho tiempo en nuestro Equipo Nacional. A unos discretos primeros 20 minutos, donde nos retirábamos al vestuario con un 48-52 en contra, tras sufrir el tremendo acierto de Akerboom (7 de 9 en tiros) y el base Kramer (8 de 10 también en la primera mitad), cambiando de defensas sin resultado, la segunda mitad dio paso a la inspiración y una mejoría notoria en defensa. Quim Costa presionó mucho más a Kramer de lo que lo hizo López Iturriaga, utilizado como base titular, y Epi acabó desesperando con su defensa a Akerboom, que envuelto en su 1/7 en la segunda parte, protestó a todo el mundo, incluyendo a su entrenador, hasta que fue sustituido. Y al fin, brilló Rafa Rullán (27 puntos, 9/12 en tiros de campo y 10 rebotes), que bien se le necesitaba. Al 73-63 y un 81-67 en el minuto 33, bastante clarificador de lo que estaba pasando en pista (porque, a todo esto, Wayne Brabender, a lo suyo: 30 puntos), los holandeses comenzaron a presionar a toda cancha, acabando literalmente locos con la sucesión de pases y canastas a las que se vieron sometidos para romperla. Para redondear, Epi convirtió el tiro desde medio campo sobre la bocina final, para dejar el resultado en el definitivo 105-83 y unas sensaciones excelentes. Clasificados entre los seis primeros, el encuentro del día siguiente ante la URSS, era un mero trámite.

Repasando otros resultados, en el grupo de la muerte, la pujante Francia que venía del Preeuropeo, derrotó a Israel (92-83). Contando que Polonia parecía la descartada y Yugoslavia claramente clasificada, entre franceses e israelitas parecían jugarse la segunda plaza.

               

Una jornada mágica

 Aparentemente, parecía una jornada tranquila. Imagino que como es obligación, Antonio Díaz Miguel, con el partido preparado frente a la URSS, daría instrucciones matutinas muy puntuales a sus jugadores. No suele haber tiempo para mucho más. E imagino también las ganas por disputar este encuentro sin presiones, como un termómetro encerrado en un caluroso pabellón, que marca las posibilidades de este nuevo y renovado equipo. También, a los aficionados delante del televisor (porque en las que un narrador, en este caso Héctor Quiroga, tenía que decir aquello de ‘de blanco la Selección Española, de oscuro el equipo soviético para quienes tengan monitores en blanco y negro’, eran más televisores que televisiones), con ganas de ver a los nuestros frente a los ‘rusos’, por el ‘a ver qué hacen’. Y esa atmósfera, pues quizás sea propicia para dar la sorpresa, aunque hay milagros que por mucho que se porfíe… Pero hasta que uno en su casa no vio las primeras evoluciones delante de la “caja tonta”, cualquier señal de posible triunfo, sonaba a utopía.

 Llorente, Brabender, Epi, De La Cruz y Santillana fueron los cinco héroes iniciales, frente a Eremin, Belov, Myskhin, Zharmukhamedov y Tkachenko. ¿Saben que el promedio en los quintetos era superior en más de 7 centímetros por parte de los soviéticos? Si sacamos que entre Eremin y Llorente apenas hay diferencia, echen un vistazo al resto: Brabender marcando al mítico Belov, con 7 centímetros menos; Myshkin sacando 9 a Epi, 5 eran por los que era superado Santillana y Tkachenko con sus 2.20, frente a los 2.03 de Juanito De La Cruz. Pocas veces se da una diferencia física tan marcada.

Apunte: ¿sabían que el famoso mito de la defensa del “Lagarto” De La Cruz sobre Tkachenko, tiene su origen en este encuentro? Pues sí. Díaz Miguel preparó una defensa sobre el gigante ucraniano, en la que el pívot barcelonista debía marcarle por delante de manera permanente utilizando su agresividad y rapidez, mientras que el otro secreto consistía en una abrumadora presión sobre el balón, para dificultar pases en buenas condiciones sobre la ‘montaña soviética’. Juanito muy astuto,lo bordó,  no dejando ganar la posición donde su rival quería. Y sobre la presión al base, ahí entraba José Luis Llorente, que ante la baja –todavía- por la lesión en el tobillo de Juanito Corbalán, hizo un trabajo espléndido sobre Eremin. Y no solamente defensivo, sino que tras unos minutos iniciales titubeantes, el base madrileño comenzó a correr, a forzar transiciones rápidas, a iniciar contragolpes y todo ello, sin que suponga pérdidas de balón, pues tan sólo se perdieron 7 en toda la tarde. Se fue a los 18 puntos sin fallo, hasta que en el minuto 32, sin ningún descanso y totalmente exhausto, fue sustituido por Quim Costa, que en la voluntad de Díaz Miguel de querer mantener tal ritmo de juego, porque no había otra para ganarles, también se empleó. Los otros cuatros valientes, no fueron cambiados en ningún momento, disputando los 40 minutos.

Juan Domingo De La Cruz regresó para este Eurobasket al Equipo Nacional. Y su lucha bajo tableros, se notó. En la imagen, en el debut ante Bulgaria.
Juan Domingo De La Cruz regresó para este Eurobasket al Equipo Nacional. Y su lucha bajo tableros, se notó. En la imagen, en el debut ante Bulgaria.

Hasta el descanso, siempre se mantuvo el marcador igualado, tomando casi siempre el combinado español la delantera. Todos intentando aportar en el rebote defensivo, el aspecto más difícil ante la comentada inferioridad en centímetros, costando dios y ayuda (se capturaron 19 rebotes defensivos, el menor número en cualquier choque de los españoles en este Eurobasket), se compensaba al menos con la cantidad impropia de rebotes ofensivos (17) que capturamos. Y es que entre segundas opciones en contragolpes y rebotes largos, como resultado de la gran mayoría de tiros exteriores que ejecutaron los nuestros, por ahí se fue igualando la contienda.

Luis Miguel Santillana (24 puntos), insistía una y otra vez en suspensiones desde 4-5 metros, y aunque sin muy buenos porcentajes (7/17 en tiros fuera de la zona), dejaba sin argumentos a Tkachenko o el histórico Sharmukhamedov, pues no salían a tal distancia a puntearle. De La Cruz, ante su desacierto exterior (3 de 9), prefería batallar bajo los aros, teniendo ventajas eso sí, en acciones por velocidad (21 puntos) y como marcaba su sello, acompañado por una incansable lucha bajo tableros de de forma permanente. Al descanso se llegó con un esperanzador 46-43 en el marcador y lo más importante en estas citas: nadie cargado de faltas personales.

 Los soviéticos, aunque desarbolados, insistían en imponer su altura en ataques estáticos. Myskhin (18 puntos) y sobre todo Sergei Belov (20), intentaban abrir la defensa con suspensiones. Así, a Tkachenko la costaba menos recibir. Porque simplemente, si lo hacía, anotaba (20 puntos). Cuando parecía que iban encontrando soluciones, de ponerse incluso por delante, José Luis Llorente logró 8 puntos consecutivos entre robos, posteriores bandejas y acierto desde el exterior, para seguir manteniendo esos 5 puntos de renta que por momentos, ya asomaban en el marcador del Mens Sana (72-67, minuto 30). 

Eso sí, acabó con las pocas fuerzas que le quedaban  y agotado, acabó suplido y ovacionado como un héroe, por Costa, que tenía la misión de seguir la senda y el ritmo de su compañero. Alexander Gomelski estaba desesperado en la banda. Su rodillo soviético no parecía tan rotundo y solamente le faltaba que los pequeños pívots rivales tuviesen la osadía de anotar bajo los aros. La exhibición final de Santillana y De La Cruz, acompañados también por un inspirado Epi (24 puntos) hizo crecer la diferencia hasta los 10 puntos (88-78) en una locura colectiva en la que los aficionados que llenaban el recinto, se vieron envueltos.

Finalmente se ganó por 101-90 entre abrazos, aplausos y todo tipo de felicitaciones a nuestro Equipo Nacional, que lo había bordado. Es difícil encontrar un partido tan perfecto como el que se dio en la tarde del 11 de Junio en Siena. Piensen que fue la única derrota de la Unión Soviética, que como verán en el resto de esta serie de artículos, aplastaron al resto de rivales hasta proclamarse campeones.

“Así podemos ir a cualquier parte. Los jugadores se esmeran en corregir los defectos”, reconocía Antonio Díaz Miguel lleno de satisfacción. “A mí me daba mucho miedo la cantidad de balones que estábamos perdiendo. Hoy, en eso, hay que quitarse el sombrero. Nosotros vamos a seguir en nuestro camino de humildad. Ahora, ya nadie nos puede quitar estos dos partidos ante Holanda y la URSS. Han sido las dos mayores satisfacciones que he tenido como seleccionador, después de la medalla de plata de 1973. A partir de ahora y dados los resultados de hoy, puede pasar cualquier cosa”.

Y tenía razón Díaz Miguel, pues si España se colocaba primera de grupo y pasaba a la segunda fase con una inesperada victoria que ya contaba para la sede de Turín, en los otros grupos también saltaron sonadas sorpresas. Los anfitriones, Italia, aunque llevaron un equipo muy alto y tremendamente atlético, perdieron ante Checoslovaquia (en aquel momento, aún en un escalón superior respecto a cualquier país del oeste de Europa), por 68-74. Francia se quedaba para jugar los puestos del 7º al 12º al verse derrotado por Polonia (76-85), ayudado también en su caída por el resultado más impensable de todos: Yugoslavia, los vigentes campeones de Europa, del Mundo y subcampeones olímpicos, sucumbieron ante Israel (77-76), alzándose así los judíos con la primera plaza del grupo C y suponiendo así el inicio de una sorprendente travesía a lo largo de la competición. Se decía adiós a Siena. Se daba la bienvenida a Turín.

               

CAPÍTULO 1: Sabor a plata en Roseto y Manheim

CAPÍTULO 2: Travesía por el infierno griego

CAPÍTULO 4: Lo que una mesa de anotadores nos birló

CAPÍTULO 5: El agridulce sabor de un sexto puesto

CAPÍTULO 6: El epílogo