VERANO DEL 79: (Cap.2) Travesía por el infierno griego.

VERANO DEL 79: (Cap.2) Travesía por el infierno griego.

Antonio Rodríguez

Un año de silencio. 1978 pasó inadvertido para nuestra Selección Española. Había que reestructurar muchas cosas. Las alegrías que pudieran haber dado las recientes adquisiciones del más pequeño de la saga de los Margall, José María, junto al argentino Juan Domingo de la Cruz, no borraban una profunda decepción con la consiguiente “jubilación” de estandartes como los madridistas Carmelo Cabrera, Clifford Luyk o Cristóbal Rodríguez, más el estudiantil Gonzalo Sagi Vela o el ex barcelonista Jesús Iradier

Retiro casi forzado. Había que iniciar un ciclo y decir adiós a otro. La no clasificación para los Juegos Olímpicos de Montreal en 1976 tras ser eliminados en el Preolímpico de Hamilton, añadido a los sinsabores y la novena plaza en Ostende un año después, ponían en un brete a Antonio Díaz Miguel, tras 14 años al frente de la Selección. Una decepción más y su cargo casi con total seguridad, sería puesto a disposición de la Federación Española.

Juan Antonio San Epifanio anotando con facilidad. Fue tras Brabender, el máximo anotador de la Selección en el Preeuropeo.
Juan Antonio San Epifanio anotando con facilidad. Fue tras Brabender, el máximo anotador de la Selección en el Preeuropeo.

La lesión de Juan Antonio Corbalán en una pierna, acentuaba más la sensación de peligro en el próximo Preeuropeo a celebrar en Atenas primero y Salónica después. Sin embargo, la propia competición liguera ya daba muestras del forzado relevo generacional que se debía acometer. La eliminación del Real Madrid en semifinales de la Copa del Rey a manos, paradójicamente de su filial, el Tempus Vallehermoso y los pujantes Llorente, Romay o Alfonso del Corral en sus filas, logrando tal proeza, daban importantes pistas. Beirán y López Iturriaga eran jóvenes alternativas en el Real Madrid. Nacho Solozábal, Juan Antonio San Epifanio o Pedro César Ansa sumaban minutos y protagonismo en el F.C. Barcelona. Quizás Díaz Miguel precipitó la llegada de todos ellos a la Selección. Quizás también, no tenía otra alternativa.

Con la lesión y correspondiente baja –otra más- de Juan Domingo De La Cruz, dejando muy desguarnecida la posición de pívots, Antonio apuesta por incorporar 7 nuevos jugadores a la Selección. Solamente Margall, Brabender, Manolo Flores, Santillana y Rafa Rullán se mantenían en el grupo. Con 20 años recién cumplidos, debutaban José Luis Llorente, Juan Antonio San Epifanio, Fernando Romay, Juanma López Iturriaga. Con 21, el base del Cotonificio Joaquín Costa y con 22, Perico Ansa y Juan Fermosel. Los 12 finales, fueron los siguientes:

La lista de la ilusión. Eso era al menos lo que este manchego irradiaba con libreta en mano, cada vez que como seleccionador nacional, leía los 12 nombres que defenderían los intereses del Equipo Nacional. La travesía era accesible. Francia, Polonia -que eran nuestras antiguas bestias negras-, más Alemania y los anfitriones, Grecia, eran los máximos rivales de cara a una clasificación en la que entraban cuatro para el Eurobasket de Italia, del 9 al 19 de Junio. Países como Finlandia, Bulgaria, Rumanía, Escocia, Hungría, Suecia o Escocia, no parecían ser motivos de ningún temor. Pero cargados de tan pocos años en nuestras filas y con 7 jugadores con 0 internacionalidades absolutas, dejaban en el aire un buen ramillete de dudas, que pronto serían respondidas.

Atenas nos daba la bienvenida con la primera victoria (103-88) ante Alemania, augurando ya por dónde irían los tiros. Rápidos en el juego, fácil en la anotación, los aleros eran quienes destacaron: Brabender, 17 puntos; Epi, 15 puntos; la sorpresa de Perico Ansa (14) y López Iturriaga (15), que ante la inexperiencia de nuestros pívots, Díaz Miguel lo hacía jugar de ala-pívot, para acabar haciéndolo, paradójicamente, de base. El trámite escocés se pasó sin mayor problema (113-68) y lo de Ansa (20 puntos, máximo anotador) ya dejaba de llamar menos la atención. Nos encontramos en la tercera jornada con el rival más fuerte, Polonia. Y aquí decidieron los 28 puntos de López Iturriaga en su mejor encuentro como internacional. No solamente su facilidad anotadora, sino que ayudaba en el rebote y podía defender en muchas posiciones. Esa polivalencia en defensa de todos nuestros componentes, agresividad desde media pista y mucha intensidad, nos valió el triunfo por 94-81. Ya estábamos clasificados para la siguiente fase.

Luis Miguel Santillana observa cómo Margall atrapa un rebote. Fue esta faceta en la que más sufrimos.
Luis Miguel Santillana observa cómo Margall atrapa un rebote. Fue esta faceta en la que más sufrimos.

Con Rumanía se tuvo el partido malo. 85-83 y siempre por detrás en el marcador. ¿Problemas? Pues los que estábamos arrastrando a lo largo del campeonato:

  • la irregularidad de nuestros jóvenes bases Llorente y Costa, algo normal por otra parte. El primero por precipitarse en exceso y el segundo por no mostrar el carácter y el temple acostumbrados en su club.
  • Y sobre todo nuestro talón de Aquiles particular: el rebote. En todos los partidos, exceptuando en el futuro enfrentamiento ante Grecia, los españoles se vieron superados siempre en número  de rechaces. Ni Rafa Rullán ni Santillana, nuestros pívots titulares, con 3.9 y 2.8 rebotes respectivamente, fueron solución al problema que desesperaba a Díaz Miguel. Que Epi (4.8) e Iturriaga (3.9) fueran los más destacados en tal faceta, hace un boceto de nuestros males bajo los aros. Se concedían demasiados segundos tiros a los rivales, que acababa siendo frustrante y tortuoso. Y eso, ante Francia en la última jornada de la primera fase, se pagó, perdiendo por un claro 79-93. Más altos, más fuertes y nos lo hicieron pagar de manera machacona. Además, Herve Dibuisson, con 31 puntos, nos sentenció con sus suspensiones y continuas entradas a canasta.

Ya en Salónica, en la fase final, debutar ganando a Finlandia (99-85) con 30 puntos de Brabender, y lo que era más importante, 23 puntos y 7 rebotes de un Luis Miguel Santillana  que al fin brillaba, daba optimismo para aventurarse a ganar a los anfitriones, Grecia, en ese pabellón Alexandrio, con 9.000 fans que se encargarían de hacer el ya conocido infierno heleno. 

Y en ese ambiente se jugó el choque más serio de todos los vistos hasta ese momento. Lo que fue un inicio desolador, con hasta 14 puntos de desventaja, se pudo remontar (7 tan sólo al descanso y la delantera en los primeros minutos de la reanudación) con la zona que tanto estaba gustando en el Preeuropeo: muy amplia, agresiva, cargando mucho en el lado balón y ahí Díaz Miguel sí que supo sacar las virtudes y la potencia física de tantos jóvenes, pues el implícito desgaste que  no se notó en nuestro equipo, procurando sentar a un jugador como Brabender en varios momentos del juego, para ganar en explosividad atrás. 

Además, Luis Miguel Santillana volvió a estar sublime, con 24 puntos y 9 rebotes, asegurando suspensiones de larga distancia a las que el torpe pívot griego Kokolakis, no llegaba. Eso sí, lo más sorprendente de todo fue la falta que lo árbitros se atrevieron a pitar a nuestro favor en los últimos segundos, sobre Epi, con el marcador empate a 88. ¡En Grecia!  Sin ser acción de tiro, Epi anotó el primero, sirviendo para que quedase el resultado final en el 89-88 definitivo y conseguir, ahora sí, la plaza para el Eurobasket italiano. Para cerrar el campeonato, una gris victoria ante Suecia 79-74 y lograr nuevamente entrar en el club de los de 1ª División. Junto a España, Polonia, Francia –la mejor selección junto a la española- y Grecia, que derrotando a Polonia (90-83) el último día, también consiguió billete, para el júbilo de sus descontrolados aficionados, dábamos al bienvenida al Eurobasket. Al de los de Primera. Al bueno.

Antonio Díaz Miguel en la banda, flanqueado por Manolo Padilla y Lluis Cortes. Su revolución repleta de jóvenes, salvó el primer escollo.
Antonio Díaz Miguel en la banda, flanqueado por Manolo Padilla y Lluis Cortes. Su revolución repleta de jóvenes, salvó el primer escollo.

La reválida se había superado. Los veinteañeros aprobaron con buena nota el examen. Algunos, como Epi (13.5 puntos de promedio, segundo máximo anotador tras Brabender, con el inciso que apenas contó ante Escocia) o López Iturriaga, con notable alto. Brabender (17.4 puntos, nuestro máximo anotador) tenía buena compañía a su alrededor. Los bases debían coger experiencia, saber tener temple en los contragolpes y no forzar en precipitaciones. Sobre los momentos de incertidumbre por la excesiva juventud, Antonio Díaz Miguel ya sabía: “Ha habido irregularidades y momentos bajos, pero se han sabido superar y eso es importante”.

Sí que tuvo que tomar una decisión de cara a Turín. Recuperar a De La Cruz y Corbalán, significaba tener que descartar dos jugadores. Fueron Fernando Romay y Juan Fermosel, los dos hombres más inéditos en Grecia (tan sólo jugaron minutos en el partido ante Escocia, y Romay ante Polonia), a los que les quedaba aún mucho trabajo por delante junto a, eso sí, un futuro muy brillante. “Consideré que era necesario, ya que no puedo arriesgar una clasificación para dar el oportuno rodaje a estos jugadores, como se vio el día de Polonia, en el que tuve que sentar rápidamente a Romay, que no podía de los nervios. Después, por la noche, me dijo que cuando le pasaban el balón, no sabía ni cómo cogerlo. Yo confío mucho en Romay y quiero que continúe trabajando y salta adelante, ya que el baloncesto español lo necesita, pero no puedo realizar más ensayos en Italia”.

El primer paso de la renovación más drástica en la historia de la Selección Española, era un hecho. Había mucha clase y talento en muchos de aquellos veinteañeros, como luego el tiempo se encargó de demostrar, culminando esta revolución 5 años después, en unos Juegos Olímpicos al resguardo de los estudios de Hollywood. En aquel momento, tampoco se sabían hasta dónde podían competir. “Clasificarnos para la fase final, entre los seis primeros, sería un éxito”, reconocía Díaz Miguel de cara a la cita turinesa. Y es que a estos imberbes -es un decir, pues Ansa tenía bigote y Epi e Iturriaga, pobladas barbas-, aún no se les conocía el techo. La URSS, Yugoslavia, los anfitriones italianos, Checoslovaquia o Francia, quizás eran una prueba aún excesiva. ¿O no?

 

CAPÍTULO 1: Sabor a plata en Roseto y Manheim.

CAPÍTULO 3: El milagro de batir a la URSS

CAPÍTULO 4: Lo que una mesa de anotadores nos birló

CAPÍTULO 5: El agridulce sabor de un sexto puesto

CAPÍTULO 6: El epílogo