VERANO DEL 79: (Cap.1) Sabor a plata en Roseto y Manheim

VERANO DEL 79: (Cap.1) Sabor a plata en Roseto y Manheim

Antonio Rodríguez

Eran una generación distinta. Más fuertes, más altos y más atléticos. Y sobre todo, más ganadores, para darnos a la afición española una pequeña alegría dentro de las penurias que estábamos pasando últimamente. La Selección Española, en un resbalón ante Holanda (95-114) y un triple empate junto a éstos y Bélgica en la clasificación final del grupo, nos mandaron a jugar por la novena plaza en el Europeo de Lieja de 1977. 

Eso significaba bajar a la Segunda División del baloncesto europeo. Y no es que fuese algo nominal, no. Ser ‘equipo de Segunda’ significaba tener que jugar un Preeuropeo antes de disputar el Eurobasket, junto al furgón de cola entre las selecciones continentales. Y fue en el verano de 1978, cuando nuestra Selección Española junior, esta generación distinta, logró una sonada medalla de plata en Roseto (Italia), perdiendo la final ante la URSS por un apretadísimo 104-100, tras ganar a Yugoslavia en semifinales (87-86).  ¡Ganar a Yugoslavia! Fueron posibles por los 38 puntos de Juan Antonio San Epifanio, soberbio, y las carreras de José Luis Llorente, que anotó 15 puntos. Llorente, “Indio” Díaz, Fernando Arcega, Joseba Gaztañaga, Fernando Romay, Epi, Alberto Alocén, Joan Pera y Juanma López Iturriaga entre otros, abrieron los ojos a nuestro baloncesto, viudo de competiciones aquel 1978, pues sin estar clasificados para el Mundobasket de Manila, la Federación Española decidió que nos debíamos tomar un tiempo sin partidos, para una profunda reconstrucción. Estos juniors podían competir con los mejores…y ganarles.

Fede Ramiro, MVP del torneo de Manheim 1979. Defendido por Nebojsa Zorkic, ante la mirada de Zoran Radovic.
Fede Ramiro, MVP del torneo de Manheim 1979. Defendido por Nebojsa Zorkic, ante la mirada de Zoran Radovic.

Los Gonzalo Sagi Vela, Clifford Luyk, Cristóbal Rodríguez, Jesús Iradier o Carmelo Cabrera, a partir de este momento, ya fueron historia en el Equipo Nacional. Los chavales de Roseto eran el relevo perfecto. Esta bendita generación nacida en 1959 ganaron a Yugoslavia y las tuvieron muy tiesas con la Unión Soviética (con Valdemaras Homicius, Viktor Bereznhoi, Heino Enden, Alexander Belostenny o Nikolai Deriugin) en la finalísima. Epi, volvió a ser el rey de la final, con 34 puntos.

Equipo Mannheim'79. De pie:  Félix de Pablo, Andrés Jiménez, Jordi Freixanet, Fernando Martín, Francisco Dosaula, Josep Vilaldell. Abajo: Juanmi Alonso, Jorge Orcáriz, Carles Farfán, José Luis Subías, Fede Ramiro y José Antonio Orbea.
Equipo Mannheim'79. De pie: Félix de Pablo, Andrés Jiménez, Jordi Freixanet, Fernando Martín, Francisco Dosaula, Josep Vilaldell. Abajo: Juanmi Alonso, Jorge Orcáriz, Carles Farfán, José Luis Subías, Fede Ramiro y José Antonio Orbea.

 

Nuestra historia avanzaba

En la Semana Santa de 1979, los nuevos juveniles y juniors, dieron un nuevo empujón e insuflaron más esperanzas, si cabe, a nuestro baloncesto patrio. Manheim era la cita. Sus pabellones (aún no era la base militar estadounidense), esperaban. España puso una pica dos años antes, pues los mismos héroes de Roseto jugaron la final más bella jamás vista allí, frente a Estados Unidos, en 1977. Los americanos ganaron, sí, pero se hartaron a correr. Para aguantar el ritmo de José Luis Llorente había que ser Magic Johnson, quien se erigió en la maravilla de su combinado en aquel torneo, junto a Darnell Valentine y los “españoles” Jeff Lamp y Pete Budko por los USA. A la cita de 1979, llegaron Jordi Freixanet, José Luis Subías, Juan Miguel Alonso, Farfán, Fede Ramiro,  Paco Dosaula y dos, llamémosles especímenes, que en nuestro baloncesto jamás, pero jamás, habíamos visto. Desde Madrid y desde Carmona, se presentaron Fernando Martín y Andrés Jiménez, dos atletas, con todas las letras, de más de dos metros, ágiles y de otra pasta, algo impensable poco antes. Con ellos, como se vio más adelante, se podía competir con cualquiera. Entrenados por Aíto García Reneses, una nueva medalla de plata volvió a caer en nuestra mochila. Nadie soñaba con tal éxito, aunque con la perspectiva que nos da el tiempo, sí podemos entenderlo, conocedores de sus logros posteriores. Nunca en ese momento.

Jordi Freixanet, el pívot con más talento ofensivo de los españoles, lanzando a canasta.
Jordi Freixanet, el pívot con más talento ofensivo de los españoles, lanzando a canasta.

Nuestra fase previa sirvió como plataforma de aterrizaje, venciendo a Austria (95-70), Inglaterra (71-57) y a los anfitriones alemanes (76-69). A pesar de la presión del pabellón en este envite, Andrés Jiménez logró hasta 5 robos de balón en anticipación en momentos puntuales, que se convirtieron en fáciles canastas. Nuestros pívots se adelantaban, interceptaban pases, corrían contragolpes…era un libreto de lo que sería nuestro futuro del baloncesto. En la segunda fase del torneo, se iniciaba con el enfrentamiento ante Turqúía, la selección más espoleada por los aficionados de este Mundial oficioso (la amplia colonia turca que vive por Manheim y alrededores, siempre se ha congregado para animar a los suyos con la vehemencia que les caracteriza). Ellos contaban con un pívot de 2.16, Turam, la estrella de su conjunto, que cuando llevaba 17 puntos en la primera parte, su entrenador se enfadó con él y no volvió a sacarlo en el resto del partido. España, con una excelsa defensa bajo tableros y asegurando el rebote, acabó paseándose (105-59), mostrando más solidez de la esperada. Y bien que nos vendría, pues los siguientes rivales iban a ser la Unión Soviética y Estados Unidos.

Aíto García Reneses, el seleccionador de aquel equipo, dando instrucciones en la banda.
Aíto García Reneses, el seleccionador de aquel equipo, dando instrucciones en la banda.

La URSS mandó un conjunto demasiado bisoño. La mayoría eran juveniles (16-17 años), con un alero llamado Kryjanovski como estrella y en el que dieron cabida a un chavalín de 14 años incluso, que decían iba para estrella: Valery Tikhonenko. Fue el partido perfecto. Se aseguraban los rebotes, hándicap perenne cuando nos enfrentábamos a la URSS, se llevó un ritmo muy alto y nuestro base, Fede Ramiro, con 16 años, parecía tener las hechuras y la experiencia de un director de juego treinteañero.

Jordi Freixanet, nuestro pívot con más talento ofensivo –entonces aún era pívot-, les mató en suspensiones exteriores, las mismas que Kryjanovski no metía. Su base con más talento, Tchapala, postergado durante muchos minutos en el banquillo y por supuesto, se corrió. Porque se corrió, explicando el 55% final en tiros de campo. Y en los rebotes, sobre todo con Fernando Martín, que tenía 17 años entonces, parecía un hombre entre niños bajo tableros. Total, que entre achantamiento rival que también ayudó y el empuje de nuestros representantes, hizo que se dejara estupefacta a la concurrencia, pues ganamos 101-61. ¡40 puntos de diferencia! Cinco de cinco y a afrontar el último partido, ante Estados Unidos, que en caso de victoria –improbable-, daba el pase a la finalísima.

Estados Unidos era físico. Altura y mucho músculo sus credenciales. Pehl, Tucker o Bouchie como hombres altos, junto a los saltarines aleros Warren y McKinstry y el base Bradford, eran un salto físico superior al resto. El cuento fue muy diferente al del día anterior. Estados Unidos siempre dominaba el marcador, aunque siempre hubo posibilidad de remontar. Y hubo fe. Otra constante de este combinado español, una fe ciega en sus posibilidades. El generoso derroche de energías y pelea de José Antonio Orbea, base del F.C. Barcelona en la presión a toda cancha de los últimos minutos, dejó –inexplicablemente- sin argumentos a un tipo tan habilidoso como Bradford. La agresiva defensa zonal en línea exterior que tanto gustaba a Aíto García Reneses, se convirtió con éxito en una presión a toda pista. Y ahí se remontó y ahí se llegó por delante en los últimos minutos, para acabar venciendo de manera épica, 82-79. El éxito ya estaba logrado y el pase a la final también.

Andrés Jiménez lanzando a canasta ante los ingleses.
Andrés Jiménez lanzando a canasta ante los ingleses.

Hubiese sido precioso haber contado un oro ante Yugoslavia, pero no pudo ser. Una mala salida, con un parcial de 21-6 de arranque, nos sentenció. Yugoslavia no tenía grandes estrellas, pero sí mucho oficio. Zoran Cutura y el base Nebojsa Zorkic (ambos internacionales absolutos con su selección posteriormente), manejaron el partido, a pesar de que por momentos los nuestros se acercaron a la decena. Pero de ahí no se pasó. Bueno, sí. Para la historia quedarán los 39 puntos del base Fede Ramiro, elegido el MVP del torneo, para llegar al final con 91-106 y el oro yugoslavo.

Ya lo ven. En Roseto delli Abruzzi, en Teramo (Italia) y en la alemana población de Manheim, en dos años consecutivos se sentaron las bases para lo que venía después. Pero a estos chicos había que darles una oportunidad. Antonio Díaz Miguel, para afrontar el Preeuropeo griego en este verano de 1979, convocó a ¡7 jugadores! con 20 años. Epi, López Iturriaga, Joaquín Costa, Romay…tendrían su primera oportunidad en las hostiles tierras griegas, buscando un pase que les diera oportunidad de jugar el Eurobasket de Turín. Renovarse o morir.

Los soviéticos acabaron hartos de correr nuestros contragolpes. Aquí, José Luis Subías en una fácil entrada.
Los soviéticos acabaron hartos de correr nuestros contragolpes. Aquí, José Luis Subías en una fácil entrada.

Fotografías: Javier Brun

 

CAPÍTULO 2: Travesía por el infierno griego

CAPÍTULO 3: El milagro de batir a la URSS

CAPÍTULO 4: Lo que una mesa de anotadores nos birló

CAPÍTULO 5: El agridulce sabor de un sexto puesto

CAPÍTULO 6: El epílogo