ORIOL JUNYENT, EL AMOR AL BALONCESTO QUE NUNCA ACABA

ORIOL JUNYENT, EL AMOR AL BALONCESTO QUE NUNCA ACABA

Antonio Rodríguez

Siempre gustará ver a los “jóvenes cachorros” despuntar inicialmente, destacar al poco tiempo y sentirse imprescindibles en un club. Cuando se les ve en la Selección Española de categorías inferiores, se fantasea hasta dónde pueden llegar, a tenor de los resultados que dan frente a los de su generación. En el verano de 1995, allí se encontraba nuestro Equipo Nacional junior, logrando una medalla de bronce muy meritoria. En la efervescencia absoluta del baloncesto griego, el OAKA se llenaba hasta la bandera para ver a sus representantes, los que bañaron de oro Atenas: Josip Barlas, Nikos Hatzis, Mihalis Kakiouzis, Efthimios Rentzias, Dimitri Papanikolaou o Georgios Karagoutis iban sobrados. Apalizar por 20 puntos a los americanos, los que contaban con Stephon Marbury, Vince Carter, Trajan Langdon o Samaki Walker, les daba el crédito que luego ganaron. Y los nuestros, los españoles, los del bronce, pues unos “machacas” que curraban como nadie, hasta abatir castillos, en apariencia inalcanzables: Borja Larragán, Rodrigo de la Fuente, Carlos Jiménez (sin el tiro exterior que luego adquirió, claro), Iker Iturbe, Darío Quesada, Rafa Vidaurreta, Juan Pedro Cazorla… ese grupo de chicos, que los más emigraron a colleges NCAA. “Éramos duros” afirma nuestro protagonista,  “y en más de una bronca nos vimos envueltos. Pero no pasaba nada, poníamos a Iker iturbe delante, y quien se atreviese…”. Y en el puesto de pívot titular, ahí tenían al chaval del Barcelona, Oriol Junyent. Recuerden: era julio de 1995.

Ayer, Oriol Junyent comunicó en rueda de prensa, su adiós al baloncesto. 20 años después de aquello. Cuando alguien batalla en silencio en un gimnasio, a sus 38 años, intentando volver a las pistas tras pasar por el quirófano a causa una grave lesión de rodilla, es que ama el baloncesto. Así de simple. Oriol Junyent llevaba batallando con su maltrecha rodillas los últimos años de su carrera. “Y a ver si este año, su rodilla aguanta” era la cantinela de los aficionados del “Obra”, verano tras verano en las últimas temporadas. Porque se le necesitaba. Porque el juego que daba desde el poste bajo, era un motor para sus compañeros y una exquisitez para el aficionado.

Oriol Junyent es de esa clase de pívots de los que se trabajaba con él con  argumentos de los que tendría que vivir a lo largo de su carrera. El noble arte del “tú, aquí. Cuanto más cerca de la canasta, más peligro arrastrarás contigo”. Y jugar tan cerca tiene su propio lenguaje. Poste bajo lo llaman. Y en sus años mozos, fue aprendiendo. Cómo pivotar, cómo aprovechar el impulso de un bote, cómo proteger los tiros con el cuerpo…cómo hacer partícipes al resto de tus compañeros, con la amenaza permanente del pase certero. El juego del pívot en la figura de este producto del F.C, Barcelona. El juego del baloncesto que se comunica con el resto de compañeros en pista.

Roberto Dueñas, Jerrod Mustaf, Quique Andreu, Ramón Rivas… la vida entre los azulgranas era difícil. Junyent no destaca por su físico y debe emigrar a otros lares. Algunos le veían frío. “Es que parece que la cosa no va con él”. Cuando se cumplen 20 años a nivel profesional sobre unas pistas, definitivamente, esto del baloncesto sí que va con él. Y de los ecos del Palau se pasa a Granada. Y luego Fuenlabrada y luego Valladolid… y así dos décadas en equipos modestos, sintiendo la cercanía en el club, entre los aficionados, lo que siente con una sensibilidad especial. Junyent no se convierte en una de las estrellas rutilantes ligueras. Sin embargo, no encontrarán un sólo aficionado por donde haya pasado, que no esboce una sonrisa cuando hay que hablar de él. Sobre todo, cuando hay que tratarle: considerado, educado, amable. Esto del baloncesto es un oficio, él un trabajador privilegiado y siempre lo vio como tal. Por ello, siempre estuvo agradecido. En Obradoiro combate en las “tierras LEB” para poder ascender a la ACB. Y lo consigue. Y eso en Santiago, crea arraigo.

La finura en su juego, aquella tallada a hierro y fuego en sus años de junior azulgrana, va brillando cada vez más con el paso de los años. Porque jugadores así cada vez salen menos, se van extinguiendo, dejan de existir. “Sí, me veo un poquito raro en ese aspecto” declaraba Oriol en una entrevista a Espacio Liga Endesa. “Con algún entrenador lo hablo que ya no existen este tipo de jugadores y es una lástima que no salgan pívots con movimientos en poste bajo y que lean. Se está perdiendo. Antes había unos jugadores que jugaban desde ese lugar de una forma increíble”.

En Santiago encuentra una “casa” con el respaldo de la mejor afición, con su Miudiño, con un equipo que juega para satisfacer a su gente, para enorgullecer a una ciudad, para mantenerse…o cuando toque, jugar el playoff. Y para que Junyent juegue al baloncesto y haga jugar a los demás. Para que sea el “capi”. Veinte años. Tras una carrera así, con la pasión enfrascada en cada uno de sus días que ello destila, debe ser muy difícil decir adiós. Pero más difícil es tener el convencimiento que la estela que se ha dejado durante todo este tiempo, es de agradecimiento por alguien con el que nos identificábamos. Profundas raíces en tierras de este deporte llamado baloncesto, hacen emerger al exterior jugadores como él. Tallos y frutos para engrandecerlo. Que en definitiva, esto es un juego. Y como tal, hay que disfrutarlo. Y Oriol Junyent sabe de ello.