POR LA GLORIA DE JUAN CARLOS NAVARRO

POR LA GLORIA DE JUAN CARLOS NAVARRO

Antonio Rodríguez

600 partidos. Solamente en la Liga Endesa. Pero 600 partidos. Eso son 17 temporadas en liza. 18 años disfrutando con él, si añadimos la vivida en la NBA, en la 07/08. ¿Temporadas tan sólo? Amplíen, amplíen. ¿Y los veranos? Créanme que en cada redacción deportiva, cada uno toma ‘las de Villadiego’ para evaluar el período estival. Si se juega algo en Julio, ¿es final de temporada? ¿Y Septiembre, inicio de otra? ¿Y Agosto? Verano, dejémoslo en verano. Pues eso, añadan los veranos en Juan Carlos Navarro, donde hemos disfrutado del “7” sin reparos, sin ver en su pecho el escudo de un club que signifique esa tarde el enemigo a batir, el “11” maldito, en el resto de pabellones que no sean el Palau. Navarro, el ‘junior de oro’ en todo su esplendor. El de “La semana fantástica” en Lituania como él mismo lo define, cuando Maljkovic en rueda de prensa, tras ver a la Eslovenia que él entrenaba derrotada, ironiza en rueda de prensa con un “pasa siempre igual. Me saluda, muy amable y luego mete 26 puntos”, cuando anotó 19 puntos en el tercer cuarto para guiar a la Selección el camino a la final ante Macedonia y una vez en ella, ante Francia, 27 puntos más para alzar el título de campeones de Europa. Esos veranos.

Es el mejor jugador de la historia de la Liga Endesa. Es el mejor jugador de la historia pre-Liga Endesa (ACB). Es el mejor. Es tan bueno que quizás haya hecho el partido de su vida unas Navidades de 2012, ya machacado por las lesiones. ¿Lo recuerdan?El talento no puede ser enjaulado. Quizás lastrado por problemas físicos, pero nunca se le puede poner un candado. Tiene los pies destrozados, eso no es ningún secreto. Pero, ¿saben ustedes cómo calienta Navarro antes de los partidos? Un par de horas antes, salta al ruedo vacío, antes incluso que los ensayos de las cheerleaders invada la atmósfera con su coreografía y su megafonía. Y apoyado en un operario que le pase los balones, él tira a canasta. Una y otra vez, con mecánica cada vez más rápida, más electrizante. Amplia el gesto con una finta, un bote, un paso atrás. Y vuelta a tirar. A cada ocasión, más alejado del aro. Es el recurso de ‘un nuevo cuerpo’: optimizar al máximo su talento. El gran Juan Antonio San Epifanio me contaba que, en sus últimos años de carrera deportiva, con unos calentadores en sus muslos que intentaban cubrir todo tipo de dolencias en ellos, “mi jugada preferida era arrancar desde debajo del aro. Me preparaban dos bloqueos, uno a cada lado, y yo tenía que elegir por dónde salir. Ya no podía correr mucho, porque a la tercera o cuarta zancada, me cogían. Pero el efecto sorpresa de la arrancada, el primer paso…¡Zas! Un primer paso, un segundo paso, hacia el lado que fuese, recibir y tirar”. Los genios parecen coincidir etapas en el tiempo. Etapas con toda su crudeza, con toda su belleza. Para que nos sigamos enamorando de este deporte.

El pasado domingo, en la visita al recinto del UCAM Murcia, Juan Carlos Navarro volvió a sufrir molestias físicas en los últimos minutos, que por precaución, prefirió prevenir en el banquillo. Por desgracia, sus últimas temporadas han estado trazadas por feos brochazos como este. Y claro, uno se pregunta, ¿cuánto le queda a Navarro? ¿Esta temporada y una más? ¿Dos más? ¿Cuánto? Su amor al baloncesto dirá que una década más. Su cuerpo dirá… que mucho menos. Y finalmente, habrá un mix entre ambos, predominando el segundo. 18 temporadas en activo, no lo olviden.

Por la gloria de Juan Carlos Navarro, ahora  me veo en el momento de rogar: por favor, que lo avisen. Cuando los músculos y las articulaciones tengan quejidos más ruidosos, cuando llegue el día en que confirmen que le viaje debe llegar a su fin, por favor, que lo anuncien. Pero que lo hagan con un “la próxima temporada, será la última”. Que lo hagan así. Quiero tener el derecho, cuando toque, de despedirme de Juan Carlos Navarro. Todos los aficionados al baloncesto, al deporte, a lo que representa el baloncesto y tipos como él en la sociedad, tenemos el enorme deseo de despedir a este icono del deporte como se merece. Pero también como nosotros creemos que debemos hacerlo. Que en esa última campaña, en todos los pabellones, frente a todos los clubs de la Liga Endesa, juegue o no juegue, todos sean conscientes que será la última vez que  le vean evolucionando sobre su pista. Que se le homenajee, que sienta una mínima parte de lo que ha dado, con una cerrada ovación. Y si alguien tiene a bien regalarle un juke box como hicieron con Kareem Abdul Jabbar, entre otras joyas, perfecto. Pero que por unos momentos veamos al ídolo, al jugador que ha enamorado 18 años, por encima de un escudo. En todas las pistas. Que digamos adiós al genio. Incluso en cancha del Real Madrid, el eterno rival. Se olvidarán del “Vete al teatro” y será reconocido. Convencido. Lo que ocurre que allí, no soportan la idea de ver alguien tan devastador como él, en contra de sus intereses. Pero cuando en ese mismo recinto, en el Palacio de los Deportes aparecía con la Selección Española, todo eran parabienes hacia él. Normal. E imaginen un adiós oficial (al margen del homenaje posterior) en el último partido de liga regular en casa, en su Palau. El Palau blaugrana, el viejo recinto que le crió y que él mitificó un poco más. Que lo imaginen tan sólo los aficionados a su club del alma, el F.C. Barcelona.

Por la gloria de Juan Carlos Navarro, eso quiero. No sé cuando llegará el momento ni las grandes tardes que dará en el futuro. Sí ruego que todos tengamos el momento de poder expresar lo que hoy es emoción contenida ante Juan Carlos, el chico de la “Bomba”, el ídolo, el 11 del Barça, el 7 de TODOS.