ARTICULO: HISTORIAS DE LA COPA: HACE 25 AÑOS…¡CAI!

ARTICULO: HISTORIAS DE LA COPA: HACE 25 AÑOS…¡CAI!

Antonio Rodríguez

(Capítulo 2)

Carey Scurry era el nuevo alero estadounidense del Grupo IFA Granollers. Apenas llevaba un mes en el club cuando llegó a Las Palmas, a disputar esta nueva edición de la Copa del Rey’90. Carey Scurry era un fenómeno, de uno contra uno letal, de fácil tiro en suspensión y visión de pase, gran envergadura y enorme rapidez, poco dado a los sacrificios defensivos, eso sí, pero englobando todas las cualidades de un anotador de categoría. Pues cuando Carey Scurry tenía el balón en su poder y aprovechaba un bloqueo de un compañero, se veía obstaculizado en su uno contra uno, pues ese mismo compañero se iba automáticamente a las cercanías del aro, en su posición de poste bajo, evitando dejar al bueno de Scurry el camino expedito hacia canasta. Simplemente, acababa estorbándole, porque era lo que por inercia se hacía siempre. Esa falta de aclarados, de espacios para tipos como él, Carey, no lo entendía.

En la primera semifinal entre el Real Madrid y el CAI Zaragoza, los pívots blancos hacían una doble pantalla en el lado débil al tirador, esperando a que éste recibiese. Si no había opción de pase, cortaba hacia canasta el primer pívot, se mostraba, luego lo hacía el otro, arrastrando la defensa lo suficiente como para que alguien como José Biriukov o Anthony Frederick, encontraran un enorme camino y poder maniobrar hasta el aro con total libertad. Lo que Scurry no tenía.

Con George Karl veíamos otro baloncesto. Con George Karl pudimos apreciar variaciones nunca vistas en nuestro entorno cestista europeo. Su estudio metódico de cada uno de sus jugadores, de cada uno de sus rivales, le hacían crear jugadas indagando en las debilidades individuales de una manera más marcada que nadie. “Cuando se fue del club, nos regaló informes que tenía en su despacho de los equipos ACB”, cuenta Quique Villalobos, componente de aquella plantilla blanca. “Recuerdo haber visto el de Juan Carlos Barros, del Collado Villalba. Barros era clase media de la liga. Pues tenía un informe donde solamente le faltaba poner la marca de ropa interior que usaba. Era impresionante”. El Real Madrid ya llevaba unos meses de trabajo hasta el momento de la Copa, y algunos más que menos, ya estaban habituados a la nueva corriente. Su defensa, sobre todo cerrando líneas de pase, con movilidad y ángulos en el que al hombre balón era imposible pasar con soltura, era brillante. Con Villalobos-Llorente-Frederick, más Romay en la zona para evitar entradas a canasta, o ceder como trampa la línea de fondo a los rivales para que, bajo el aro, tuviesen que doblar peligrosos pases, también. El problema es que para este Real Madrid, parecía imperante ganarla, dar una alegría a su afición y un motivo de credibilidad a sus directivos, máxime con la incorporación (ya dijimos en el capítulo uno, que a regañadientes), de José “Piculín” Ortiz. Y eso tuvo un extra de tensión.

El choque frente al CAI Zaragoza fue vibrante. Una concepción de baloncesto moderno, dinámico, buscando el máximo de intensidad y para ello, usar rotaciones. Porque si las de George Karl eran constantes (como en el día anterior, “Piculín” saltó a cancha en el minuto 5 de partido, algo inconcebible en nuestro baloncesto), Chuchi Carreras, el novel entrenador zaragozano, echó mano de 10 jugadores de forma continuada, dando responsabilidades a los jóvenes Hernández, Murcia, Ruiz Lorente, tanto como a Andreu o Mark Davis. Los zaragozanos jugaron un enorme partido (ver el “Momentos épicos” dedicado a este enfrentamiento), asegurando su tablero y capturando más rebotes que el rival (la labor de Alexander Belostenny resultó ser impagable). Mark Davis volvió a ser la ametralladora del día anterior con tres triples en la primera parte. Y si estuvo mucho más fallón y discreto en la reanudación, logró dos canastas magníficas, delante de sus defensores, en los momentos decisivos, como para dar la los suyos el arreón ya definitivo.

CAI Zaragoza pudiera haber ejemplificado perfectamente la eclosión del baloncesto de los ochenta en nuestro país. De ser un club discreto, a comenzar a fortalecer su ya prolífica cantera de la ciudad, como para llegar a la élite nacional, e intentar con sus extranjeros destacar por encima del resto. 1990, esta Copa en particular, supuso el momento más brillante en el que se unieron ambas vertientes. Tras cinco temporadas -de seis- llegando a semifinales ligueras, tras la mítica Copa lograda en casa en diciembre de 1983 de la mano de Kevin Magee, su presidente José Luis Rubio, en su gusto por cambiar de entrenador, se decidió por Moncho Monsalve para dirigir una nave muy ambiciosa. Quizás a los jóvenes aún les faltaban un par de temporadas para ser importantes, quizás Europa ese año hizo más mal que bien, quizás la irregularidad se impuso entre los veteranos. Sea como fuere, Moncho Monsalve fue destituído y su asistente, un treinteañero Chuchi Carreras se hizo cargo, tras un bache de tres derrotas consecutivas en liga. A la Copa, llegaron “entre alfileres”. Esa tarde de domingo en el Centro Insular de Deportes, cantera -todos los nacionales, exceptuando a Quique Andreu, procedían de ella- y extranjeros, tuvieron su momento.

Cuando el Real Madrid empató a 71 en los últimos minutos, en la primera ocasión en la que igualaba el marcador desde el salto inicial, todo fue un cara o cruz que se resolvió con un último ataque blanco en lugar de lanzar dos tiros libres de Ortiz (acababa de fallar un 1+1 en la anterior jugada y recuerden que entonces, se daba opción a elegir), y un tapón de Belostenny a la entrada de Biriukov sobre la bocina final, para el definitivo 74-73 y el pase a la final del CAI Zaragoza. Para los blancos, una oportunidad perdida de redirigir una complicada temporada. Para los zaragozanos, una nueva opción de hacer historia.

En la segunda semifinal, RAM Joventut como favorito y el sorprendente Grupo IFA Granollers disputaron un choque dinámico, de ritmo acelerado -nunca precipitado-, que produjo las delicias de los asistentes, que aplaudieron casi todas las canastas, rendidos a la práctica y bonita ejecución de este juego llamado baloncesto. Eso sí, a pesar de los ánimos de Manel Comas, que hizo que en ningún momento los suyos tiraran la toalla, pocas opciones tuvieron. El Joventut, equipo ofensivo, dinámico y alegre y talentoso en sus ataques como sello particular que les marcó durante toda su historia, con la llegada de un técnico estadounidense, Herb Brown (hermano de Larry), fue más ofensivo y también defensivo, fue más dinámico y la alegría corriendo se multiplicó. Situaciones tácticas y variantes que hicieron las delicias del pabellón Ausias March desde el principio de la temporada. La Penya era el club que llegaba más entonado a esta Copa del Rey porque, de hecho, fue el club que en ningún momento de la temporada sufrió un bache abrupto. En las primeras jornadas ya ganaron en el Palau Blaugrana y fueron una apisonadora para la mayoría. Herb Brown ocupó el puesto de Alfred Julbe, tras tres temporadas en el cargo, y la confección de la plantilla, con tan sólo una variante (el segundo americano, tras la cuarta y última temporada del maestro Reggie Johnson), fue Lemone Lampley. Con este cambio, había bastantes diferencias respecto al ambicioso proyecto del año anterior. Julbe, en la campaña 88/89 apostó junto a Johnson, por un alero claro: Greg Stokes, dando la responsabilidad del pívot nato a dos veinteañeros, como eran Juanan Morales y Carles Ruf. Cuando el “proyecto Stokes” no funcionó, lo sustituyeron por un “5” nato. Delgado, pero un “5” en definitiva: Earl Jones. Herb Brown cambió la estrategia. Volvió a cargar de responsabilidad a Morales y a Ruf, pero no fichó un alero ni un pívot, sino un ala-pívot de gran movilidad: Lemone Lampley. Con él, podía jugar con los dos americanos como pívots, jugar al triple-poste con tres pívots a la vez, sin oficiar como “3”, pero en cambio, sí que podía defenderlos, por su ligereza y rapidez. Si además de sus 2.07, contaba con unos brazos larguísimos, siendo -desde sus años en la universidad de DePaul-, un excelso taponador, la ayuda defensiva a los pívots nacionales, no tenía precio.

Herb Brown utilizaba a sus dos extranjeros con movilidad y soltura, para quebradero de cabeza para cualquier rival. En esta semifinal de Copa, por ejemplo, se abrían, lanzaban suspensiones y recibiendo balones doblados en las penetraciones de dos maestros como José Montero y Rafa Jofresa. Los hombres de Comas no supieron frenarles. Lampley logró 24 puntos en una brillantísima actuación y los badaloneses, sobre sus lomos, siempre tuvieron ventajas importantes. Corriendo, siempre corriendo. Como también lo hizo Joan Creus para enfatizar su facilidad anotadora. Como también lo hizo Scurry, que se colgó el cartel de “prota de la película” y se jugó más balones de lo que era habitual en el (muchos fallos en el lanzamiento exterior, pero qué movimientos y cuanta clase). Mike Davis estuvo mucho más deslucido, y Bosch y Abad se sintieron como un maniatado bajo el agua, en zona verdinegra.

El Joventut ganó mucho más fácil de lo esperado (93-81), sobre todo cuando el IFA Granollers les había ganado los dos envites en la liga regular. Tres años después de la final frente al F.C. Barcelona, en tierras canarias, el Ram volvía a clasificarse para una final de Copa del Rey. Pero con una diferencia: ahora eran los favoritos.

Mientras por esas fechas se disputaba el All Star Game NBA en Miami, David Stern, en rueda de prensa confirmó que en el siguiente octubre, el Open McDonal’s se disputaría en el Palau Sant Jordi de Barcelona, con los anfitriones y los New York Knicks como participantes, a la espera de conocer los otros dos.

FOTO 1: Joaquín Ruiz Lorente es alzado, mientras celebran el triunfo de semifinales ante el Real Madrid.

FOTO 2: Moncho Monsalve fue el entrenador que inició la temporada con el CAI Zaragoza, sustituido por Chuchi Carreras antes del inicio de esta Copa

FOTO 3: Mark Davis lanzando en suspensión.