MUNDOBASKET ESPAÑA’86: Zaragoza y el tropiezo de la Selección

MUNDOBASKET ESPAÑA’86: Zaragoza y el tropiezo de la Selección

Antonio Rodríguez

Uno de los encuentros más esperados, con una de las reglas más extravagantes. Ahí estaba Oscar Schmidt tirando -y anotando- triples como si nada. Era el 21 de septiembre de 1984 en el pequeño pabellón Antonio Magariños. Había transcurrido casi mes y medio desde la plata olímpica de Los Angeles, desde que miles de entusiastas aficionados se agolparan en el hall de “llegadas” del aeropuerto de Barajas a recibir a los héroes de tal gesta angelina. Cuarenta días sin baloncesto en televisión, hojeando páginas de diarios al tanto de fichajes, entre el oleaje y arena de playa. Una foto de Otis Howard haciendo un mate (“oye, está fuerte este nuevo americano del Barça”) o el fichaje de un canadiense por el Joventut y el anuncio que Don Balón volvería a sacar un Extra Basket de la Liga, lo máximo con lo que contábamos en aquel verano. Por ello, no es que fuese aquel Real Madrid-Indesit Caserta algo especial, sino que por fin se reanudaban las retransmisiones entre el gran público.

Con el Torneo de la Asociación de Clubes, rebautizado ante el reciente fallecimiento del mítico periodista, en el “I Memorial Héctor Quiroga”, en un 21 de septiembre pudimos ver la nueva y revolucionaria regla del juego, que bien se había hecho de rogar: la línea de tres puntos. “Es algo para situaciones especiales, jugadas concretas o remontadas de partidos” decían, aclarando que su uso sería casi residual en sus primeros pasos. Y estaba este Oscar Schmidt, el brasileño, del que habíamos leído más que visto, lanzando uno tras otro con un acierto que pasmaba. 

Y en el Mundobasket español, un 10 de julio de 1986, vimos a Oscar Schmidt, lanzando uno tras otro con un acierto que … esta vez, nos helaba. Brasil derrotó a España con claridad (72-86) y dejaba a la Selección en puertas de la heroica: había que derrotar a la URSS sí o sí, para optar a plaza de semifinales, objetivo único de nuestros representantes en nuestro Mundial. Cualquier otro marco, ni se contemplaba.

Sibilio entrando a canasta en el debut ante Francia.

El tropezón español

Zaragoza pretendió ser el banquete del baloncesto español como primer capítulo del Equipo Nacional en este Mundobasket y acabó como si al homenajeado, en mitad del festín, hubiese colapsado por un infarto. En el camino hacia las ansiadas semifinales madrileñas, el combinado entrenado por Antonio Díaz Miguel se topó con la mayor sensación del evento. Brasil nos superó por aplastamiento en la jornada final, como un amargo broche de la sede que se desvivió porque todo fuese perfecto, todos estuviesen cómodos. Al menos, los estómagos sí lo lograron, entre citas gastronómicas en honor a la tierra y atenciones a los enviados especiales. Restaban pocos meses para la designación de la candidatura olímpica de 1992 y siendo Barcelona una de ellas, el lema en Zaragoza es que no faltase de nada.

Lo que faltó fue la imbatibilidad de España para que todo siguiera su curso en la siguiente sede de Barcelona. Pero desde el salto inicial en la inauguración ante Francia, nunca estuvo cómoda. Al margen del trámite ante Corea del Sur (120-73) y los panameños (125-70), sea ante Francia, Grecia o Brasil, la imagen no fue buena. 

Epi entra ante el francés Vestris. Su lesión fue decisiva.

En la primera jornada se palpaba muy a las claras la extrema presión del momento para nuestro combinado. Reiteramos la efervescencia del baloncesto en nuestro país, en un Mundial que toca exactamente en el “aquí y ahora” más oportuno, con mes y medio de preparación y acabó creando una bola en su conjunto, difícilmente digerible. Díaz Miguel fue avisando que para competir con las máximas potencias y sobre todo, con sus torres interiores, debíamos crear un sello de distinción defensivo si pretendíamos llegar a lo más alto. Tal intensidad defensiva requería de rotaciones constantes. Y aunque tuviésemos un elenco de jugadores como para hacerlo, muchos no lo entendieron. La preparación pasó por New York, entre gimnasios en la Gran Manzana con Tiny Archibald dando clases aún en pista y el asesoramiento del mítico entrenador Lou Carnesecca

Y a la vista, la defensa sí era arriesgada, pero por conceptos, muy moderna. Cambios de asignación permanentes, donde de repente veíamos al pequeño Joan Creus marcando al gigante George Vestris en las cercanías del aro, pero con la sincronía que cuando recibiese el balón, asaltaba un compañero en la ayuda que complicaba muy mucho la existencia de cualquier pívot. Y lo vimos ante el francés Vestris, el panameño Frazer o ante el brasileño Oscar. A ojos de algunos periodistas, veían mucho movimiento y alboroto que lo plasmaban chirriantes en sus crónicas y algún que otro despiste que Fernando Arcega recriminaba a Villacampa en los primeros minutos (que formaron un extraño quinteto inicial de debut, junto a Andrés Jiménez, Epi y Creus). Precisamente Joan Creus parecía ser de los que tenía las ideas más claras en las rotaciones defensivas, cuándo sí y cuándo no había que saltar al dos contra uno. Siempre una mente privilegiada.

Fernando Martín y la dura lucha por los rebotes.

Los problemas llegaban cuando el balón se invertía rápidamente de lado en el rival y había un tirador esperando raudo detrás de la línea de tres puntos. Y Eric Begnout nos colocó tres triples consecutivos para comenzar a crear una brecha de más de 10 puntos en los inicios, que costó dios y ayuda recortar, hasta bien entrada la segunda parte, a base de seguir creyendo en la defensa cargando la línea exterior y correr en ataque. Claro, tal pócima, el día decisivo ante Brasil no funcionó, pues si el triplista Marcel de Souza empezó a abrir la herida como lo hizo Begnout con Francia (a los que ganamos por un apretado 84-80) y Giannakis con Grecia (más apurados aún, 87-86) fue continuado por Oscar Schmidt, harto de dobles marcas en las cercanías del aro, quien se fue más allá del 6,25 (pero mucho más allá) y lograr 4 triples de forma casi consecutiva (30 puntos cuando ni llegaba a la decena al descanso) para postrar a la Selección Española con 18 puntos de desventaja en los últimos minutos y clara mirada de derrotada.

Sin embargo, fue el ataque donde más fallaron nuestros representantes. Fieles del juego entre pívots, en poste alto-poste bajo, nos dábamos cuenta que había muy poco espacio entre ellos y demasiado tráfico rival, con lo que más a cuenta salía que Andrés Jiménez decidiera en entradas a canasta o suspensiones, en su defecto. Aquí reconocemos que la mala suerte sí se alió con los españoles, pues la baja forma de Fernando Martín, producto de una tendinitis en su tobillo derecho que fue arrastrando durante toda la preparación (que le prohibió entrenar con el resto durante alguna que otra semana), significó perder mucha calidad y raza bajo los aros. No era normal que le interceptasen tantos pases cuando iba a recibirlos. Su movilidad no era la misma y aunque hizo un esfuerzo grande, la mueca de dolor entre nosotros era la misma que la de su frustrado rostro. 

Y para colmo, en el intrascendente encuentro ante Panamá de la penúltima jornada, Epi sufrió un tirón en un músculo en la parte inferior del abdomen y se prefirió -llevado en secreto-, no jugar el decisivo choque ante los brasileños, por temor a que se resintiese y tuviese que abandonar el torneo. Claro, cuando al descanso no había actuado ni un segundo ante el naufragio generalizado en el tiro exterior, los enviados de TVE se acercaron al propio jugador a preguntar “¿qué te pasa, Epi?”. “Ese sí fue un problema” reconoció Díaz Miguel posteriormente. Fue un clavo más en el ataúd para soterrarnos hasta la segunda plaza del grupo.

Andrés Jiménez ante el francés Daniel Haquet.

El día de Brasil, dando la titularidad a Josep María Margall, que había estado de dulce hasta ese día (6 de 11 en triples), insistió hasta la saciedad ante una zonita muy normalita de los cariocas, que lo dejaban totalmente solo. “Antonio, es que hoy no me entran” le espetó al seleccionador al descanso. Su 3 de 14 en triples explica su desacierto (7 de 28 en el conjunto del equipo) y sobre todo, una artificial insistencia por lanzar de tres puntos el día menos señalado. Si 14 era el promedio de intentos en los españoles hasta esa jornada, doblar esa cifra dejaba a las claras falta de ideas que, si no se podía hacer daño en la zona, debía ser a través del triple (algo que puede sonar normal hoy día que entonces, no lo era). La conciencia de ‘había que suplir a Epi’ entre los aleros, cargó con más responsabilidad de la cuenta. 

Y como último punto, el rebote defensivo. La cantidad de rebotes que los brasileños capturaron en nuestro aro (19) es similar al que los españoles lograron en defensa. Con eso, está dicho todo. Pudimos ver a las claras la fiereza del pívot del Livorno, Israel Andrade, sin ser muy alto (2,06) cogiendo rebotes, la cantidad de espacio que ocupaba y la convicción con la que iba por los rechaces (12 aquel día). Todos nuestros pívots se vieron superados ante él, muy bien secundado por el saltarín Gerson Victalino.

Tocaba pensar en Barcelona. Israel, la URSS y Cuba esperaban por este orden y la obligatoriedad de ganar todos los encuentros. Con el rodaje que se notaba que aún faltaba y los problemas físicos que iban aflorando, se tornaba en misión compleja.

Arcega, Epi y Romay. El partido ante Grecia, a cara de perro.

Zaragoza, como para completar un libro de anécdotas

Zaragoza dio historias para contar entre protagonistas tan variopintos. Ya decimos que ágapes hubo de todos los gustos. Y entre ellos, estaba el presidente de la FEB, el señor Pere Sust, comentando entre bocado y bocado que, según lo oído, el próximo Mundial volvería a su antiguo formato de 16 equipos, que lo de los 24 participantes era de un exotismo innecesario. 

Pues bien, el primer día casi se tuvo que comer sus palabras. Corea del Sur se presentó en Zaragoza con un tirador llamado Lee Chung Hee, un tipo de poco más de uno ochenta de estatura, que en su debut, tras la inauguración del España-Francia, se marcó la friolera de 31 puntos de los 35 que llevaba su equipo al descanso. Los brasileños ya no sabían cómo frenarlo. Es que el tío según llegaba, recibía y tiraba. Y la metía, claro. Corría contragolpes, se iba a la esquina, esperaba a recibir… y otro triple. Acabó con 45 puntos y aunque el marcador fue un intrascendente 107-77 (el dominio interior de los cariocas era insultante), ahí quedó el exotismo como uno de los focos principales de la primera jornada.

Sibilio anota. España era feliz mientras corría.

Entre el momento de gloria que consiguió en la capital maña, el periodista español Sixto Miguel Serrano, con toda la gracia que le caracterizaba, le pidió que posara en la piscina del hotel para una instantánea de su compañero Fernando Laura, con el gesto de tiro con una zapatilla en la mano, haciendo el símil de “tirarse hasta las zapatillas”. Cuando se lo tradujeron al coreano, escéptico, no tenía muy claro lo de posar así. Bajo cierto engaño de “es algo típico español”, aceptó la gracia.

Eso sí, continuando en la misma primera jornada, la acabó Nikos Galis y el Grecia-Panamá. No sabemos si los panameños tenían claro quiénes eran los helenos, tras ver su defensa de juveniles. Es que hablamos de Galis. 53 puntos del astro griego, con todo tipo de repertorio para anotarlos. El partido finalizó con 110-81. Los griegos, que iban con lo justito en la posición de pívot (Panagiottis Fassoulas, elegido en el draft aquel verano, prescindió del Mundial por dejarse ver en las ligas de verano NBA), montaron su recital con Giannakis, Galis y un joven alero, muy fortachón, que mostraba brío y hechuras de buen jugador: Fannis Christodoulou

Claro, que lo de Panamá se veía venir. Hubo días que pusieron en problemas a sus rivales, pero en otros, “no tocaba” jugar y acababan como el gallo de Morón en versión cestista, sin plumas y cacareando. Fueron la última selección en llegar a España. Se presentaron en el aeropuerto de Zaragoza a las 12 de la noche de la víspera mundialista y la primera decisión fue pretender realizar un entrenamiento a la una de la madrugada. Resulta que la azafata puesta por la organización, enlace para esta selección centroamericana, se encontraba en mitad de un cocktail de presentación del evento en los patios del casino Montesblancos, junto con todas las autoridades. Y a esas horas, vestida de gala, tuvo que acompañar a la plantilla al pabellón para que pisaran por primera vez el parquet de “el huevo”, el recinto remodelado donde se disputaría el torneo. Y es curioso, porque el resto de jornadas a esas mismas horas, lo que lucieron fue un jolgorio en los pasillos y habitaciones de su planta en el hotel, muy notorio. Por la mañana tocaba hacerse los “suecos”, pasando de los rectores “fibos” que les pedían el canon de participación en el Mundial, aún no abonado. Iban a otro aire. 

Brasil y Gerson Victalino nos machacaron.

Pero una cosa quedó clara. El rendimiento del ala-pívot del TDK Manresa, Rolando Frazer, casi siempre estuvo a la altura. De hecho, cuando su compañero en tareas interiores, Mario Butler, se erigió como uno de los mejores reboteadores mundialistas, el club del Bages también preguntó por él. Finalmente se decantaron por renovar a Clyde Mayes. Butler acabó jugando en el IFA Espanyol año y medio después. 

Quienes se quedaron de una pieza con la derrota de España ante Brasil, fue la selección francesa. La fantástica imagen dada en su debut no fue flor de un día, sino que gracias a su entrenador, Jean Galle, la seriedad, disciplina, esfuerzo colectivo y sensatez en ataque, todas las virtudes que se iban diluyendo según pasaban las competiciones en años precedentes, las mantuvieron hasta el final. Y por el camino, dieron un repaso a los brasileños que les dejaron de una pieza (93-85) y se quedaron en puertas de ganar a los griegos (84-87) arrancando la segunda mitad con una veintena de desventaja. Tan solo tenían que ver cómo España quedaba primera de grupo venciendo a Brasil, para ser ellos segundos y tener el pase a la fase de cuartos. Pero su gozo en un pozo y para casa mucho antes que lo merecieran.

Y dejamos la mejor anécdota para el final. Los arbitrajes fueron muy flojos. Exceptuando el italiano Fiorito (al que en competiciones europeas lo teníamos “enfilado”, pero de largo fue el mejor en Zaragoza), los demás, “tiquismiquis” a más no poder, pitando de todo y sí, tirando a caserillos con España, que era lo práctico. Entre los desplazados, había un representante indonesio que ni tan siquiera llegó a pitar (y del que nos ha sido imposible encontrar su nombre). Resulta que el buen señor no apareció a tiempo en Zaragoza. Las dudas se resolvieron cuando se enteraron que, en el enlace de su vuelo en Roma, simplemente tomó otro por equivocación. Y allí tienes a las autoridades al enterarse, siguiendo el rastro por toda Europa de dónde había ido a parar. Una vez localizado y aterrizado en su destino final, una de las primeras cosas que preguntó en las reuniones arbitrales fue en qué consistía eso de la falta intencionada, el equivalente a la falta antideportiva de hoy, que se instauraba por primera vez en este Mundial. Quedó claro que el señor quedaría en la reserva, sin darle el protagonismo de arbitrar ningún encuentro.

"Tirarse hasta las zapatillas" de Lee Chung Hee.

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