MUNDOBASKET ESPAÑA ’86: La URSS viste a Ferrol de etiqueta

MUNDOBASKET ESPAÑA ’86: La URSS viste a Ferrol de etiqueta

Antonio Rodríguez

OAR Ferrol, en una de sus locas aventuras -benditas locuras- impulsadas por los  rectores del club, Juan Fernández y Juan Roca entre otros, incitaron a las autoridades  institucionales que, en una ciudad con tanto baloncesto como esta, cuajase la opción  de contar con una de las sedes para este Mundobasket español. Partían con la base  de un pabellón nuevo, A Malata y el entusiasmo generalizado por ser el escenario  idílico con el que el aficionado gallego soñara durante 6 días.  

Del 5 al 10 de julio, Australia, Uruguay, Israel, Cuba y Angola acompañaron con  batería, caja, bajo y contrabajo a los conciertos que durante 5 partidos ofreció un  magnífico solista, la Unión Soviética. En 1986 aún no lo sabíamos -aunque lo  intuíamos- que en la URSS había jugadores con físicos NBA y dando un paso más a la  excelencia técnica que siempre les acompañó, se exhibieron para regocijo de todos los  presentes, creando leyenda a cada una de sus actuaciones ante los testigos en las  gradas, cuyo recuerdo de aquellos seis días se fue grabando a fuego a cada  contragolpe de aquel combinado. 

Valery Tikhonenko finalizando un contragolpe soviético. Una constante.

Lo primero, porque en el centro de todas las miradas estaba Arvydas Sabonis.  “Sabas” jugó aparentemente relajado, disfrutando junto a sus compañeros de la  orfebrería que fueron tallando en la pista, dejando a un lado su melancolía habitual. Y  crean que eso tenía mérito, sobre todo ante la sombra de ser dirigido por un  entrenador cuya conexión era nula. De Vladimir Obukhov nadie hablaba bien.  Periodistas españoles ya se encargaron en recoger un año antes, el de su  nombramiento, lo que por los pasillos soviéticos hacía llegar los jugadores off the  record: que era alguien impuesto a dedo por el ‘polit bureau’ soviético, desde Moscú,  sobre un plantel en el que la mayoría eran de otras ex repúblicas ajenas a Rusia. Cosas  del Telón de Acero.  

Sus conocimientos, confesaban, eran claramente insuficientes para tratar con  ese grupo, para tratar con cualquier grupo de élite. Sin embargo, al aficionado  ferrolano, eso le sonará a cuento chino, recordando las exhibiciones que un día tras  otro dio la Unión Soviética en aquella A Malata, una sede teñida de rojo y etiqueta  para la ocasión. 39,2 puntos de media fue la diferencia respecto a todos los rivales en  la primera fase. Y si tales ventajas dan escalofríos leídos hoy día, más aún si nos  detenemos a leer los resultados al completo.  

URSS 89-51 Angola  

URSS 129-87 Cuba  

URSS 114-77 Israel 

URSS 111-62 Uruguay  

URSS 122-92 Australia    

Sí, Obukhov en nada tenía que ver con su predecesor, el “zorro plateado”  Alexander Gomelski. Ni tampoco su estilo de juego. No sabemos si por creer en cierto  estilo o simple y llanamente por las circunstancias, pero la URSS jugaba con un único  pívot (Sabonis), a diferencia de Gomelski, que derrotaba a sus rivales con su martillo  pilón de alternar en pista siempre con dos altos (sean Sabonis y Tkachenko o Sabonis y  Belostenny), para situar al ucraniano Alexander Volkov en la posición de ala-pívot.  Volkov, que ya fue la sensación en el Eurobasket alemán de 1985, daba un marchamo  de modernidad al equipo. Además, en la posición de alero, un kazajo que apenas salió  del banquillo en la mencionada cita de un año antes, Valery Tikhonenko, había  progresado hasta convertirse en un jugador de 2,07 de estatura con unas condiciones  de élite para la posición de “3”.  

Alexander Volkov arrollando a Dubois en el URSS-Cuba.

Cuando Sabonis capturaba el rebote defensivo, Volkov a un lado y Tikhonenko a otro  corriendo las calles del contragolpe a la espera que los bases, fuesen Homicius o  Valters, les pusiesen el balón en sus centelleantes trayectorias hasta el aro. Es que  volaban. Y si no, Rimas Kurnitaitis ya se encargaba de encontrar un sitio para tirar de  tres. Y por si había que rematar algo a esas alturas, ya aparecía Sabonis de tráiler por  detrás. Aunque les tenemos que reconocer que lo más divertido de todo, era cuando  Sabonis no conseguía el rebote. Era uno de los primeros en correr el contragolpe y ahí  sí que lográbamos el éxtasis.  

Vimos transiciones rápidas de todos los colores. Y no es que su defensa fuese  muy fuerte, sino que por estatura, la intimidación soviética era tan grande, que los  porcentajes rivales menguaban y cuando erraban sus tiros… empezaba el recreo. Lo  más curioso es que el jugador más querido en Ferrol era el jugador menos utilizado de  todos: Vladimir Tkachenko vivió en el ostracismo del banquillo la mayor parte del  campeonato. Esa sí que era una mirada melancólica, viendo pasar jugadas desde la  banda y también, enormes ovaciones cuando Obukhov decidía regalar algo al público  poniéndolo en pista -minutos de la basura- y nos deleitaba con alguna de sus acciones  de no mucho tiempo atrás.  

Entre los demás representantes, Ferrol vivió una auténtica locura. La  expectación por ver aquel cañonero uruguayo, “Tato” López, que había jugado nada  menos que en Caserta aquella temporada, se diluyó el primer día cuando falló el triple  decisivo en su debut ante Israel y en la última posesión, se botó el balón en el pie.  Quien sí destacó fue su entrenador, aquel Ramón Etchamendi tan istriónico, por sus  constantes y airadas protestas desde la banda. Tan harto acabó Obukhov de él, que lo  obsequió solicitando un tiempo muerto a falta de 9 segundos con casi 50 puntos de  diferencia. A continuación, Etchamendi solicitó otro “por si no le dio tiempo a dar  todas las instrucciones en el suyo”. El seleccionador uruguayo no dejó títere con  cabeza, como ya mostró en los Juegos Olímpicos de Los Angeles’84 y en Ferrol, tras  una enorme tangana de “Tato” López con Wayne Carroll ante Australia, a los árbitros  les teatralizó el gesto con la mano de “money, money”. Un show.  

Un jovencísimo Andrew Gaze junto al cubano Simón Salomón. Aún no era su momento. 

Si Uruguay perdía con Israel, pero luego ganaba a Australia y perdía con Cuba,  Israel perdía con Australia pero ganaba a Cuba y los australianos eran capaces de  llegar a perder con Angola, el enredo era de tal magnitud en la clasificación que, en la  última jornada, si Angola ganaba a Uruguay, se clasificaba entre los tres primeros con    pasaporte para la fase semifinal. Los angoleños fueron el cariño por el débil entre los  aficionados y un alero de uno ochenta y tantos, Ademar Sousa, que se lanzaba triples  desde casi 8 metros con bastante efectividad, el ‘ojito derecho’ de la parroquia. Pero  no pudo ser y tras unas polémicas decisiones arbitrales en la prórroga a favor de los  sudamericanos, hicieron que las lágrimas de un jovencísimo Jean Jacques Conceiçao  fuesen una de las estampas más sentidas en el pabellón.  

La fiesta en A Malata se acabó, dando a Israel y Cuba el pasaporte a Barcelona  junto a la URSS. Unos soviéticos que, para desencantos y sinsabores, ya tendrían la  fase final. En Ferrol jamás han vuelto a ver un baloncesto de tantos quilates como el  que presenciaron con aquel equipo.

Mundobasket España'86: 16 días de un sueño de verano