El motor del boom en los 80’s

El motor del boom en los 80’s

Antonio Rodríguez

              No lo podemos remediar. Cuando llegan los primeros calores de mayo, preludio del verano, afloran sensaciones de una ilusión adolescente, a borbotones como suele ser el caso. Intensa, inocente, entremezclado con recuerdos guardados en cofres ornamentados. Todos aquellos que se hayan emocionado disfrutando del especial GIGANTES de los 80 de este mes, lo compartimos y lo entendemos. La publicación ha tenido la fantástica idea de sacar a la calle un especial de esta década, siempre tan cercana, siempre elevada al Olimpo de nuestra memoria. Y precisamente en mayo. Pudiera haber sido en otro mes del año. Pero … ¿qué sucedía en mayo?

              Repasen en redes sociales las efeméridas cestistas y cómo en estos días muchos equipos en nuestra liga española se proclamaban campeones hace 30, 35 ó 40 años, dando por cerrado temporadas que, a principios de los 80, se focalizaban en los Barça-Madrid, Madrid-Barça y poco más. Y tocaba el turno de la Selección Española. Cita ineludible. Y ahí sí que ya tocaba pillar, entre bandadas de estudiantes a final de las clases, el periódico deportivo posado en la esquina de la barra del bar, salpicado de lamparones y goterones de cerveza de los clientes y buscar las primeras declaraciones de Antonio Díaz Miguel, los primeros sudores y las citas del “ya estamos aquí”. La icónica figura del seleccionador, que representaba en el aficionado al deporte todas las esperanzas en hacernos vibrar, con sus enormes gafas y manos al aire en sus efusivos gestos captados por la cámara cuando era entrevistado, insuflaban los mejores deseos.

El Equipo Nacional es algo que surca venas hasta lo más profundo de nosotros mismos. Y más en tiempos de éxitos. En los albores de los 80, cuando el baloncesto en España era más una estepa que un bosque, cuando había mucho por trabajar y muchas ganas también por hacerlo, los chicos que reunían Díaz Miguel eran los abanderados por elevarnos a un séptimo cielo en el que tan de repente, nos habían situado.

El Equipo Nacional es algo que surca venas hasta lo más profundo de nosotros mismos. Y más en tiempos de éxitos. En los albores de los 80, cuando el baloncesto en España era más una estepa que un bosque, cuando había mucho por trabajar y muchas ganas también por hacerlo, los chicos que reunía Díaz Miguel eran los abanderados por elevarnos a un séptimo cielo en el que tan de repente, nos habían situado. Ver subir el balón a Juan Antonio Corbalán era palpar con seguridad que el tiempo del espectáculo había llegado, que aquello que nos disponíamos a seguir formaba parte de una fascinación que atrapaba. Que todo lo que nos identificaba a los españolitos, aquella supuesta inferioridad y nuestra rebeldía por superar obstáculos, lo enfocábamos en la figura de Fernando Martín. Ni un paso atrás, pero… vamos, ni para coger carrerilla. 

Ante la montaña de Tkachenko, de Sabonis o aquel Radovanovic puñetero y duro como una roca. Lo ganado, ganando está. Como Fernandito Romay decía “el juego en el poste bajo es aquel en el que intentas ganar un espacio que consideras como tuyo frente a un rival que piensa que le pertenece a él”. Qué raza y qué furia. Cada vez que saltaban por un rebote, saltábamos nosotros, porque la misión ante aquellos ‘tallos’ que sacaban cabezas a los nuestros, tenía tintes de vano y casi suicidas intentos por imponer, en contra de las leyes de la física, un medidor de quién deseaba más aquel rechace.

 

Y cuando el balón caía en manos de Juan Antonio San Epifanio, era un ejercicio por creer en la canasta. Esa sensación de extrañeza cuando vemos errar un tiro a Jaycee Carroll, trasladado hace casi 40 años. Nuestro idolatrado Epi tenía, con gestos académicos, esa magia, ese ‘gol’ que enorgullecía al más pintado. Su mano, a golpe de una muñeca prodigiosa sobre un balón, en comunión con las tretas del aro y el tablero, significaba la búsqueda de un final feliz, poner el lazo romántico a la historia con el beso a la red. Una y otra vez. Como lo hacía la suavidad de Sibilio o Margall desde … a saber desde dónde tiraban, porque no teníamos aún la referencia de la línea de tres.

¿Y cuando corríamos? “Eso lo hacemos mejor que los americanos, porque somos más rápidos” se aventuraba Díaz Miguel a confesar. Las piernas en la exigencia de un sprint, la precisión en los pases de contragolpe, que eran la madre del cordero y las bandejas de López Iturriaga o los mates de Andrés Jiménez, nuestro sello y tarjeta de presentación de cara al resto del mundo. Somos los españoles, esos que corren tanto. La ardua tarea por un rebote defensivo, la instantánea búsqueda del base y la aventura de un pase largo hacia el ejecutor, los tres acordes para la sinfonía que nos regalaban. Y lo que nos hacía enloquecer, ver las caras de dudas en nuestros rivales, las cabezas gachas mientras sacaban de fondo como el que iniciaba la ceremonia de un responso.

La Selección Española en los 80 tuvo un sello propio y a él, nos arropábamos y nos consagrábamos todos. Cuando la NBA era algo muy lejano, cuando olvidábamos aquel mes colores y banderas de clubes, llegaba un regalo, una experiencia que dejaría huella. Fueron el motor del aficionado español al amor incondicional por este deporte. Romper valores establecidos y fortines inexpugnables. Vibrar y sentirnos dichosos. En aquellos primeros calores de mayo.

Desde Endesa Basket Lover, muchas gracias, GIGANTES. Porque así fueron los 80’s.