Miguel López Abril, un maestro de escuela

Miguel López Abril, un maestro de escuela

Antonio Rodríguez

Miguel López Abril llegaba a aunar en sus airadas instrucciones, el baloncesto de élite con el más básico. Partidos en la élite nacional entre lecciones de entrenador a los críos del pueblo. Lo recuerdo, con su vehemencia, haciendo ver en tiempos muertos a sus jugadores, que no podían ejecutar cosas mecanizadas. No había razón para subir el balón y cogerlo con las dos manos, sin más, antes de tener claro el pase a realizar. No lo había tampoco, para levantarse de tres puntos cuando la defensa estaba mal colocada y daba opción clara a una canasta más fácil. No había ningún motivo para no atacar en defensa al jugador con balón, no solo a acompañarle mientras marcaba jugada. Detalles ‘de primaria’ que le exasperaban si no se cumplían.

Era la primavera de 2018, durante el Campeonato de España junior celebrado en Badajoz, cuando se desgañitaba por hacer entender a sus pupilos, que tales conceptos son sencillos. Que, a veces, las respuestas están en repasar un libro de instituto antes que tesis universitarias. Frente a complejos sistemas ejecutados de forma autómata, él apelaba a la esencia del juego haciendo pensar a sus jugadores y sobre todo, hacer pensar al rival. Y así se enfrentaba al Real Madrid en cuartos de final con su Basket Almeda, club que inicialmente no estaba “invitado” en la élite, al que había logrado colar como tercer clasificado en Cataluña y llegar al campeonato de España y entrar entre los ocho mejores. Y estas eran sus herramientas. Siendo de la vieja escuela, lo que aprendió, dominó y enseñó, lo aplicaba en primeros pasos de táctica individual en sus chicos, incluso en estas lídes. Porque estaba convencido que para su desarrollo, era lo que convenía. Pocos “x” y “o” había en sus instrucciones y una pizarra apenas usada. Y aunque estamos seguros que muchos de sus chicos no le entendían -y, también seguros que alguno se desesperaba-, él era fiel a unos principios de este juego muy enraizados en la historia del baloncesto.

 

 

Particularmente, esa pureza me embaucaba. A ‘Miguelito’ (como lo era con sus amigos. Que en esos círculos uno se daba cuenta que todo el mundo era su amigo), lo echaré de menos en las charlas entre partido y partido de eventos como ese, siempre buscando el exterior del recinto para echarse su cigarrito. Y en esos breves momentos, tocaba escuchar de su baloncesto. Lo que él veía y entendía. Como se echarán de menos, sobremesas de cuchara y mantel sobre aspectos del juego. Él enseñaba baloncesto, porque era algo que tenía que exteriorizar. Por naturaleza. Y mientras, lo salpicaba con anécdotas de antiguas concentraciones con la Selección Española, cuando tenía la edad de los chavales que dirigía, cargado de ilusiones, junto a su compañero de fatigas Juan Antonio Corbalán. “Juanito & Miguelito” fueron alumnos aventajados de una misma generación, cuando el baloncesto en España tenía que mirar a un futuro con otros ojos, porque los tiempos cambiaban a toda velocidad. Él, base del F.C. Barcelona y su amigo, del Real Madrid.

Listo, avispado, obligado a encontrar en su oportunismo, la oportunidad del compañero, pues era la forma que tenía de concebir este deporte. “Empecé en el Santiago Apóstol de Hospitalet, porque no nos daban balones de fútbol. Y mira que no se me daba nada mal. Solo había de baloncesto”. Y a los 16 años, ya en la primera plantilla de los azulgranas, subido por Xabier Añúa, curiosamente último entrenador que tuvo antes de retirarse, en el Caja de Álava (actual Baskonia) 14 años después.

 

 

“Creo que para todos aquellos que estuvieron allí, puede que el mejor recuerdo con el Barça, fue aquella Copa del Rey de 1978”. Un partidazo que aún recuerdan en Zaragoza, en el antiguo “huevo”, asaltando el poder de un Real Madrid campeón de liga y reciente campeón de Europa. Eran los primeros pasos hacia la mirada del “tú a tú” del Barça sobre los blancos. Y a los mandos, el bueno de ‘Miguelito’ López Abril, instruyendo a un joven pujante que parecía tener el baloncesto también muy claro, Nacho Solozábal.

 

 

“El baloncesto es mi vida, es mi profesión. ¿A qué me voy a dedicar? Si de algo entiendo, es de baloncesto”, afirmaba cuando se veía en puertas de la retirada como jugador en el verano del 85, en el momento que Licor 43 (Círcol Catòlic) le confió el puesto de entrenador en ACB. Le hubiese gustado ser internacional en alguna ocasión más que las 19 que disfrutó de la elástica de la Selección Española, pero asumía con total naturalidad que su juego no era del entusiasmo de Díaz Miguel. Y ese ‘su juego’, sí lo plasmó durante años como entrenador de formación. Parándose en detalles, dando todas las explicaciones necesarias hasta que el primer catón quede aprendido y adquirido. Y ahí lo veíamos rodeado de juniors asumiendo que, para capítulos más complejos, ya tendrían tiempo. Lo que no soportaba eran sistemas en chavales que aplicaban sin entender el por qué de cada gesto. El baloncesto fluye, no se ejecuta.

El minuto de silencio al saber de su fallecimiento en el Palau Blaugrana, a los 66 años de edad, fue terriblemente sentido. Charlas de mesa y mantel, de conocer sus historias, de compartir un pitillo amistoso entre su ejército de amigos. Sí, se le va a echar mucho de menos.