Elgin Baylor, un mito de la auténtica génesis del baloncesto

Elgin Baylor, un mito de la auténtica génesis del baloncesto

Antonio Rodríguez

              Cuenta la leyenda, que cuando el padre de Elgin Baylor vio nacer a su hijo en 1934, miró su reloj de pulsera para saber la hora exacta de su venida al mundo. Y entre las manecillas, leyendo la marca, se apropió del nombre para su hijo.

              Hay momentos en la historia del baloncesto en las que una sucesión de pocos años o un puñado de jugadores, de repente hacen algo nuevo, diferente, nunca visto hasta entonces. Y aun albergando lógicas dudas, quizás dejen intuir cómo va a ser nuestro deporte en un futuro. Hoy día, cuando vemos la distancia en algunos lanzamientos de Damian Lillard o Stephen Curry, tenemos claro que es algo jamás se hizo antes y suponga asomarnos a una ventana de lo que podrá ser el baloncesto en años venideros. A finales de la década de los 50, el escaparate de argumentos que daba la NBA al juego para decidir que “señores, esto será la evolución del baloncesto” fue tan abrupta, que dio lugar a que todos aquellos privilegiados testigos, tuvieran claro que el baloncesto se convertiría en algo excitante, a tenor de lo que se era capaz de hacer sobre el parquet. Elgin Baylor fue uno de aquellos, un mito dentro de esa nueva génesis hacia el baloncesto que hoy pudiéramos llamar moderno.

              Baylor, fallecido el pasado 22 de marzo a los 86 años de edad, deja tanto vacío como sueños llenó en las pistas de baloncesto. Ser pioneros en algo deja una huella eterna, venga quien venga detrás. Y sus coetáneos fueron los que marcaron las directrices de todo cuanto vemos ahora. Por ello, era de rigor pararnos en Endesa Basket Lover unos instantes y pensar en el significado de su ausencia.

Ver a Bill Russell tuvo que ser una ensoñación, ante alguien con unas condiciones físicas impensables en un tipo de su estatura. Jerry West irrumpe con un talento y una pureza técnica en su juego que nos hizo dar un salto 20 años en la evolución del baloncesto. Wilt Chamberlain es el descubrimiento de un gigante irreal, un “Godzilla” helador ante los ojos, pero rápido y coordinado. Nuestra generación sintió algo parecido -solo parecido- al ver por primera vez a Shaquille O’Neal. Jerry Lucas era un paso más en la inteligencia y condiciones entre los hombres grandes. Oscar Robertson… ¿cómo era posible jugar tan perfecto al baloncesto, dominando los fundamentos tanto de un base, como de un alero y hasta de un pívot? Y dominar hasta aplastar sin compasión al rival. John Havlicek era el ritmo del juego adelantado muchas revoluciones, tempo al que habría que adecuarse para ganar.

              Y entre todo ese muestrario, en 1958, apareció en la NBA, Elgin Baylor. Un alero con las condiciones físicas impensables, con 1,95 de estatura, que en sus 14 temporadas en la NBA promedió 27,4 puntos y 13,5 rebotes. Y claro, fue aquella leyenda de los 61 puntos en una final ante los Celtics, récord vigente en playoffs hasta que ‘dios se disfrazó de jugador de baloncesto’ en la estampa de Michael Jordan. Un dominador que enseñó el camino y el estilo para los grandes aleros “voladores” de la historia de la NBA.

              Hay que pensar que antes de Baylor no había precedentes de nadie que ‘caminase’ por el aire. Hoy sus vídeos pueden resultar discretos, teniendo los referentes con los que se cuenta en la actualidad. Pero para sus coetáneos, sus entradas suspendido en el aire, parecían durar una eternidad. Una simple tiro en suspensión, viendo caer a los rivales que saltaron junto a él, era como un paso más en la belleza de este deporte. Algo había en aquellas piernas que se elevaban y mejor aún, quedaban allí arriba como colgado por un gancho, para mostrar toda la fantasía intrínseca en este genio. Puede ser junto a Julius Erving, George Gervin o Michael Jordan, los jugadores que más tiros diferentes llegaron a realizar entrando a canasta.

            

  Cuando fue elegido en el draft de 1958 por Minneapolis Lakers, el propietario del equipo, Bob Short, no encontraba un comprador de la franquicia que pagase 250.000 dólares. Cuando lo vendió en 1965, ya en Los Angeles, lo hizo por 5 millones. Baylor llegó a ser tan importante que, cuando tocó hacer el servicio militar obligatorio en Fort Sam Houston, Short trasladó la sede del equipo a Texas, compartido con Minneapolis, para que sus compañeros pudieran entrenar y convivir en el día a día con él. Con el mismo carácter ganador que los monstruos mencionados anteriormente, tuvo la desdicha de perder hasta 7 finales NBA, contando además con una octava en su periplo NCAA ante la universidad de Kentucky, cuando con la discreta universidad de Seattle les aupó hasta la final.

                           Tuvo que decir adiós a las pistas por sus problemas de rodillas, en las que sufrió varias lesiones graves y operaciones. ¿Sabían que a principios de los 60, aún no se había descubierto la capacidad terapéutica del hielo y trataban sus rodillas con calor? Es razonable: les calmaba. Aquí sí que notamos que eran otros tiempos. Tras su retirada y un discreto paso como entrenador, se encaramó al puesto de general manager de Los Angeles Clippers, donde no tuvo mucha fortuna. Ni quizás, tampoco mucho ojo. Les recuerda a otro gran ‘volador’, ¿verdad?

              “Las cosas llegaban de manera instintiva y sabía cómo reaccionar. No vi previamente hacer los gestos que yo hacía. Eso no se entrena. Es algo que estoy seguro que le ocurrió a Julius Erving y a Michael Jordan. Las defensas les dictaban qué hacer en ataque, qué clase de tiros hacer y qué decisiones tomar. Y luego, lo suyo. Es como un don de Dios en ellos y también sucedió conmigo. Es más que fundamentos, una suspensión, el paso atrás o cualquier movimiento que puedas trabajar entrenando. Simplemente suceden”.

              Cuando nos enteramos del fallecimiento de un icono así, siempre nos quedamos parados y perdemos la mirada. Noticias como esta, siempre duelen. Por eso, a esos instantes de silencio que nos podamos tomar, sirva nuestra voz desde Endesa Basket Lover para acompañar un momento tan solemne.