Vidas que importan

Vidas que importan
Oscar Robertson, sosteniendo a la derecha el trofeo de campeones del estado de Indiana (publicada en SLAM Magazine).

Antonio Rodríguez

              Oscar Robertson jugó en la universidad de Cincinnati (1957-1960) y en sus tres años tuvo un promedio de 33,8 puntos, siendo en las tres temporadas en las que pudo jugar en la NCAA (en aquellos años, estaba prohibido hacerlo en el primer curso) el máximo anotador de la competición. Robertson era el mejor jugador de perímetro del país incluyendo los jugadores de la NBA. Y no creemos que superen los dedos de una mano el número de jugadores que hayan tenido tal impacto a su llegada a la NBA. Y llevamos más de 70 años de historia.

              Oscar fue algo así como LeBron James cuarenta años antes. Ni por aproximación se había visto un jugador con un físico tan privilegiado, capaz de jugar de base, de alero, de ganar la partida a pívots en la zona y dominar desde el perímetro como él lo hacía. No es un tema estadístico, promediando el triple-doble en sus primeros seis años como profesional, sino la búsqueda la de perfección en el baloncesto y el deseo por llegar a ello para ganar. Tan exigente y exacerbado con sus compañeros en ocasiones que, lo que vimos en “The last dance” con Michael Jordan, cuentan sus coetáneos que pudiera ser un cuento de niños. Los títulos NBA en los Cincinnati Royals (actuales Sacramento Kings) nunca llegaron porque, desde la conferencia Este, se topaban una y otra vez con un muro llamado Boston Celtics. Y ya, muy veterano y entrando en la década de los 70, al lado de Lew Alcindor, sí pudo conseguir tan ansiado anillo.

              Robertson ya fue un mito en el instituto, en el lugar donde el baloncesto de high school es religión en Estados Unidos: en Indiana. Nuestro protagonista, que a la edad de 4 años vio cómo su familia se mudó desde Tennessee hasta el barrio de Naptown en la ciudad de Indianapolis, fue el líder en el equipo de la Crispus Attucks High School, quedando dos años consecutivos campeones del estado (1955 y 56, con un récord de victorias de 45-1) con la enorme particularidad entonces que los alzaron con primer quinteto exclusivamente de raza negra que ganó el campeonato estatal.

“Entonces era tan ingenuo… Al igual que las escuelas predominantemente blancas que ganaron en años anteriores, pensé que la ciudad tendría un desfile que nos llevaría desde el Fieldhouse -actual recinto de juego de los Indiana Pacers- por unas 50 manzanas del centro de la ciudad y nos dejaría en el Monument Circle, donde continuaba la celebración hasta el final”.

              Para tanto ha dado en el estado de Indiana el baloncesto de instituto. De hecho, en la película “Hoosiers” nos podemos hacer una ligera idea, pues la recreación del temible rival de Hickory era precisamente el equipo de la Crispus Attucks. “En cambio, los organizadores del desfile dieron la vuelta y nos llevaron a una barriada mayoritariamente de raza negra, Northwestern Park, celebrándolo con una hoguera allí”. Desde el camión de bomberos en el que estaban subidos, se dieron cuenta que ese cambio de rumbo venía dado por su condición racial. Desde la alcaldía salió un “no confiamos en que los negros sepan comportarse. Dejémosles que disfruten entre ellos”, negándoles cualquier marcha de gloria. Al año siguiente, cuando en 1956 volvieron a ser campeones, el equipo decidió quedarse en sus casas. No sabían como expresar su frustración y sí es cierto que, con los años, cuando Oscar dominaba la NCAA con Cincinnati, se le incitó junto a su equipo a jugar partidos de exhibición en Indianapolis en diversas ocasiones. Él siempre se negó.

Su intención, curiosamente, era reclutar por la universidad de Indiana. Sin embargo, un entrenador declaradamente racista, Branch McCracken, espetó como primera pregunta de su entrevista con el chico “¿tú no serás de esa clase de chavales que vienen a la universidad a ganar dinero?”. Robertson, como primera respuesta, se levantó de la silla y se marchó. Optó finalmente por Cincinnati, relativamente cercano a casa y algo que le llamó poderosamente la atención, había gente de raza negra paseando por el campus.

              Oscar, en sus años de adolescente sufrió segregación de no poder ir a ciertos parques o visitar el cine del barrio, viéndose en la obligación de desplazarse a otro más alejado exclusivamente para negros, mientras era vanagloriado desde las gradas en una pista de baloncesto, estamos convencidos que en su infancia alguien le fue ‘dando pistas’. Él, como niño, regresaba todos los veranos a su lugar de origen en Tennessee y ayudaba a su abuelo, Marshall Collier, en las tareas del campo. Este señor nació en 1838, justo 100 años antes del nacimiento de nuestro protagonista. De hecho, falleció con 115 años, siendo entonces la persona más anciana de todo Estados Unidos. Las experiencias del honorable anciano es probable que pudieran superar la imaginación de aquel infante nieto. A propósito, la alcaldía Indianapolis ofreció dedicar el desfile privado en su día, a los protagonistas que aún vivían, en 2015 (extraído de “SLAM Magazine”).

El primer gran volador NBA, Elgin Baylor (publicada en wordpress.com)

Volar… tan solo en la pista

              Las redes sociales nos han dado la oportunidad de poder rescatar testimonios de todos los predecesores a ídolos actuales. Si nos remitimos de nuevo a “The last dance”, la figura de Michael Jordan ha sido casi inédita en todos aquellos que no superen la treintena de edad. Cuando Jordan comenzó a volar en las canchas NBA, todos nos pronunciamos a destacar que era “el mejor heredero de Julius Erving”. Inocentes. Y también que, puestos a volar, el pionero de todos fue el alero de los Lakers, Elgin Baylor, desde finales de los 50. Esta historia (extraída del libro “Tall Tales”, de Terry Pluto, altamente recomendable si quieres conocer la época más divertida y con más vértices de la historia de la NBA, las décadas de los 50 y 60) está contada por el propio Baylor y Hot Rod Hundley, un compañero alero de raza blanca, que desde sus días en la universidad de West Virginia, era un ídolo por la fantasía que ponía en su juego. Algunos de los pases con marca de Magic Johnson en Los Angeles, tuvieron el copyright décadas antes de este Hundley, que acabó narrando las mejores canastas de John Stockton y Karl Malone con su particular voz, en la cadena televisiva que cubría los partidos de Utah Jazz en la década de los 90.

Hot Rod Hundley: “En 1958, los Lakers pactaron un partido de exhibición en mi ciudad natal, Charleston, en West Virginia. Se suponía que era una gran oportunidad para mí y quería que todos mis compañeros fuesen bien tratados y que lo pudieran disfrutar. Nunca pensé que allí había problemas raciales, porque nunca piensas esas cosas cuando eres blanco”.

Elgin Baylor: “Habíamos jugado la noche antes en otra parte del país. Las conexiones de los vuelos fueron un lío, estuvimos todo el día de aeropuertos y cuando llegamos a Charleston, ya eran las cuatro de la tarde. El partido empezaba a las ocho. De hecho, el autobús que nos esperaba para recogernos, dejó de hacerlo y tuvimos que coger taxis. Una vez en el lobby del hotel, cansados y con pocas ganas de nada, solo queríamos coger las llaves y echarnos una siesta antes de trasladarnos al pabellón. De repente, oigo cómo una conversación de nuestro capitán, Vern Mikkelsen, con el recepcionista del hotel, va subiendo de tono cada vez más. No escuchaba mucho, pero me temía cuál era el problema, así que me acerqué hasta la recepción. El encargado me ignoró por completo. ‘Vosotros os podéis quedar aquí, pero los jugadores negros tienen que irse a otra parte’. ‘¿Estoy oyendo bien? ¿Me estás diciendo que me tengo que irme?’ El recepcionista siguió actuando como si no existiera. Apareció nuestro entrenador, John Kundla y le conté que ‘no quiero seguir aquí. Dadme el billete de vuelta que yo me voy’. Kundla me pidió que esperase. Llamó al propietario del equipo, Bob Short, que le pasó el teléfono al recepcionista y créeme que sus gritos se oían desde la otra punta del lobby. Él había aceptado jugar este partido porque le prometieron que sus jugadores se hospedarían en el mejor hotel de la ciudad y eso significaba todos, tras especificar que tenía jugadores negros”.

Hot Rod Hundley: “Al final, tuvimos que cambiar y hospedarnos en algo llamado el hotel Edna’s Retirement, que descubrimos más tarde que era un burdel para negros”.

Elgin Baylor: “Algunos de los jugadores estaban horrorizados viendo el lugar, pero no dijeron nada. En ese momento, todavía tenía intención de jugar, porque el equipo se había visto envuelto en aquello por apoyarme. Con los otros chicos de raza negra, Boo Ellis y Ed Fleming, salimos a comer un bocadillo, pero ningún restaurante nos servía. A cada sitio donde íbamos, nos avergonzaban más. La estación de autobuses fue el único lugar donde se dignaron a atendernos. A la vuelta, conté al entrenador lo sucedido con un ‘coach, yo no puedo jugar aquí’, respondido con un ‘no te culpo”.

Hot Rod Hundley: “Me eligieron para intentar convencer a Baylor de jugar el partido. Después del calentamiento, fui al vestuario y allí estaba, sentado aún con ropa de calle. ‘Lo que te han hecho no es justo y lo entiendo. Pero somos amigos y esta es mi ciudad. Juega esta vez para mí’. Y Elgin me respondió ‘tienes razón, somos amigos. Pero, Rod, también soy un ser humano y quiero ser tratado como tal’. Fue cuando pude comprobar el marcado dolor que estaba sintiendo mi compañero. Así que con un ‘te entiendo. Si no quieres jugar, no juegues’ acabamos la conversación. Se lo comenté a los sponsors que pagaron aquel partido y a la vuelta al hotel, se me cayó el alma a los pies con el hecho de pensar dónde me había visto en la obligación de hospedarme aquel día, siendo mi propia ciudad”.

Elgin Baylor: “Unos días más tarde, tuve una llamada del alcalde de Charleston, pidiendo disculpas. Dos años después, el All Star se celebró allí y fui seleccionado para el partido. Permanecimos en el mismo hotel que rehusó hospedarnos. Comimos todo lo que quisimos. Allí estaban empezando a hacer integración en las escuelas y algunos líderes negros de la ciudad se pusieron en contacto conmigo, para comentarme que lo que me sucedió les sirvió para hacer presión en la ciudad y que pudiesen lograr algunos cambios. Me hizo sentir muy bien. Pero la indignidad de aquel recepcionista actuando así, de la gente que se negó a servirnos un simple bocadillo porque eres negro, esas cosas nunca se olvidan”.

              Anoche no se disputó la jornada de Playoffs en la NBA y seguimos expectantes con las decisiones a tomar. Tras de sí llevan vividas una buena carga histórica de actuaciones injustificadas. Y eso pesa. Desde Endesa Basket Lover tan solo hemos querido mostrar un par de historias de las llagas que tiene tras de sí todo el conflicto, personificándolo en la propia NBA y nuestro juego.