Mundobasket Argentina'90: cuando el cielo del baloncesto fue yugoslavo (cap.04)

Mundobasket Argentina'90: cuando el cielo del baloncesto fue yugoslavo (cap.04)

Antonio Rodríguez

              Puede que a los orgullosos yugoslavos no les gustase que ya en Seattle, Mike Krzyzewski confesase abiertamente lo de “no podemos enviar a veinteañeros a jugar contra hombres”. Era colocarse la tirita antes de tener la herida. Y fue un mensaje que caló entre la prensa USA, porque ellos, que no podían asumir perder ante nadie, titulaban artículos de prestigiosas revistas con un “nos veremos en el 92”, a sabiendas que los mejores jugadores de la NBA iban a participar en los Juegos Olímpicos de Barcelona y el cuento cambiaría. Asumían desde su superioridad, que el resto del mundo hubiese ‘pasado pantalla’ y llegaban al ‘nivel PRO’ del juego. A lo mejor tampoco gustaba en el seno balcánico. Y eso tiene consecuencias.

              Dusan Ivkovic puede ser el entrenador de selección yugoslava que implantó con mayor convicción algo que, entre su extraordinaria técnica individual y la forma embaucadora -y desesperante a los rivales- de entender el juego, se contemplaba en un segundo plano: la defensa. En esta selección de Argentina’90, había que defender y ser sacrificado. Había que saber aguantar el talento ofensivo de los rivales desde atrás, no solo respondiendo con más puntos.

              Estas circunstancias se entrecruzaron una tarde de sábado de 18 de agosto de 1990, en las semifinales de un Campeonato del Mundo. Estados Unidos frente a Yugoslavia.

Alonzo Mourning, notable proyecto de estrella USA.

El partido más bello

              Chuck Daly, elegido entrenador de la selección de Estados Unidos de cara a los Juegos Olímpicos del 92, viajó a Roma para ver in situ la calidad de la selección yugoslava durante la celebración del Eurobasket de 1991. Aun sin Drazen Petrovic en sus filas, poder evaluar a su próximo rival y comprobar lo que Krzyzewski sufrió en sus carnes un año antes, era el cometido. “Nosotros vamos a llevar un gran equipo. Enfrentarnos a ellos puede ser la madre de todos los partidos”.

              En el Luna Park de Buenos Aires, Yugoslavia disputó un partido a conciencia, queriendo dejar claro de lo que eran capaces de hacer. La finura, el arte cincelado, mezclado con el poderío físico que la naturaleza les había regalado, todo ello encauzado al deporte de la canasta, daba una sensación de irrealidad a todo lo que estábamos viendo. Pocas veces apreciamos una superioridad sobre una selección estadounidense como la que fuimos testigos aquella tarde. El asombro de los privilegiados asistentes, el embelesamiento del televidente delante de su aparato que esta vez sí, hipnotizaba, llegó a salpicar a todos. Hasta a una selección estadounidense, tan superada y desquiciada.

              “El juego de niños” presenciado ante Brasil, URSS o Grecia, también valía frente a los americanos, entre otras razones, porque su defensa no estaba lo suficientemente preparada como para frenar la avalancha de juego balcánica. Mike Krzyzewski, hombre venerado, testigo de proezas y alfarero de estrellas incipientes, llegó a verse impotente e inoperante en la banda. Intuía la derrota de su equipo, pero no de aquella manera. Aunque aguantaron bien en la primera mitad (51-43 al descanso para los ‘plavi’), sostenidos por el trabajo a destajo de Alonzo Mourning, Toni Kukoc comenzaba a resquebrajar la defensa americana. Subiendo el balón un tipo de 207 centímetros de estatura, ordenando jugada a 10 metros del aro, forzaba al ‘coach K’ a situar sobre él otro hombre alto, el ala-pívot Mark Randall. Mismo error que cometieron los brasileños. Todos los espacios necesarios para las penetraciones de Zarko Paspalj o la sentencia de Drazen Petrovic, a su disposición.

              Capítulo a capítulo, como un decálogo de cómo empequeñecer al rival, Yugoslavia observa que los americanos prueban una defensa de zona 2-3 para cubrir espacios y defectos ya descritos. Una zona. A los yugoslavos. Los periodistas europeos desde sus pupitres de prensa, no daban crédito a tal decisión y esperaban, como en una comedieta, el divertido desenlace. Paspalj abrió la lata con un triple, para ser continuado con otros tres de Drazen Petrovic de manera consecutiva, entre desesperadas miradas de los jugadores americanos, echándose en cara de quién era la parcela de cada uno y quién debía ajustar con cada jugador.

              La defensa, la intimidación y los tapones otorgaba regalos entre los jugadores balcánicos. Lo había hecho a lo largo del campeonato. En esta semifinal, conscientes que no había que bajar el pie del acelerador, ofrece transiciones rápidas conducidas por Kukoc y Zdovc. Marcar los pasos como él lo hacía y soltar bandejas con el balón muy arriba o asistencias a compañeros bajo el aro, fueron una constante primorosa que en Europa ya estamos habituados. El ‘show Kukoc’ impregnó el recinto entero: cambios de dirección y de ritmo, pases medidos a quien tocase tras dividir las defensas … todo, entre la sangría yanqui. De un 60-57 tras reducir desventajas a un 66-57, un 71-59 y un 87-69, culminando con un 90-71 que finiquitaba el encuentro.

              Dusan Ivkovic, orgulloso de los suyos, les va premiando uno a uno. Sienta a Drazen Petrovic para que el pabellón se rompa las manos a ovacionar al ídolo y le propina los típicos tres besos balcánicos. El orgullo estadounidense logró reducir la diferencia hasta el definitivo 99-91. Yugoslavia a la final.

              Por cierto, sobre el ausente Dino Radja, apareció en el hotel Sheraton de Buenos Aires, donde residían las selecciones en esta fase final, con el pie izquierdo escayolado y apoyado sobre unas muletas, con una sonrisa tan flamante como la camiseta que llevaba puesta del Il Messaggero Roma. Aún no había nada firmado, pero sí negociado. Disfrutó de los encuentros de los suyos como un aficionado más. ¡Qué hubiese sido de esta semifinal con él en pista!

Valery Tikhonenko, máximo anotador por los soviéticos.

Estados Unidos, un techo demasiado bajo

              Ya dijimos en el primer capítulo que nadie entendió la decisión de su entrenador de dejar fuera al trío de Nevada Las Vegas, Larry Johnson, Stacey Augmon y Greg Anthony (elecciones nº 1, 9 y 12 de la 1ª ronda draft NBA del verano siguiente) o incluso Shaquille O’Neal, que siendo todavía muy bisoño, pudiese haber ayudado bajo tableros. El caso es que Mike Krzyzewski se dio cuenta que no contaba con el marcado sello físico que siempre les ha dado diferencias para lograr metas.

              Conforme iban transcurriendo las jornadas, iba premiando a hombres que mostraban intensidad en la pista y solidez en defensa, revalorizando a tipos como Lee Mayberry, Bryant Stith, Chris Gatling o Christian Laettner, en detrimento de otros con más clase o de la preferencia inicial de su entrenador, como Chris Smith y Mark Randall (titulares al principio), Henry Williams o Todd Day. Con brillante defensa en momentos puntuales ganaron encuentros que estuvieron muy difíciles e igualados, avisando ya desde el debut ante Grecia (victoria en la prórroga por 103-95), frente a la correosa Argentina (104-100) o la agonía ante Australia al día siguiente (79-78). Algunos de estos chavales tenían mucha categoría, pues su desparpajo y madurez era digno de admirar. A Alonzo Mourning (16,3 puntos de media) bastión interior de la selección, que históricamente en USA han contado siempre con un hombre determinante bajo tableros, se le apreciaba grandes movimientos en poste bajo, un peligroso gancho en suspensión -arma perfecta para un pívot nato que se queda pequeño con sus 2,08 de estatura-, velocísimo en transiciones y buena mano en el tiro, que fue perdiendo según fue musculando. Que tuviese raros ademanes, como dar alaridos en los tiros libres de los rivales (algo que le advirtieron los árbitros que dejara de hacerlo), no quita para que el chico tuviese una actitud ejemplar de no protestar a los árbitros, tras sufrir multitud de decisiones de estos, difícilmente entendibles.

              Kenny Anderson (18,8 puntos de promedio) era, a sus 19 años, la sabiduría de un jugador hecho en la calle. Es asombroso que supiera a tan temprana edad tantos trucos y vericuetos. Meterse por resquicios impensables cuando aprovechaba el bloqueo de sus compañeros, un equilibrio increíble cuando botaba y hacía los reversos, cambios de dirección o un control del cuerpo al entrar a canasta y poder proteger sus tiros, fue el show que vimos a diario de él. Hablamos de un chaval que medía 1,82 y pesaba poco más de 70 kilos. Su difícil suspensión con la izquierda sacada desde tan atrás necesitaba pulirse, pues no era un buen tirador exterior en aquel momento. Pero los 32 puntos a los argentinos, desde todas las facturas, quedarán en el recuerdo del Luna Park.

              El tercer bastión fue Billy Owens (15,5 puntos), alero alto y corpulento de 2,03 de estatura, que sabía hacer de todo, tanto jugar al poste y moverse cual sabio en la zona, como botar el balón delante de los bases a 10 metros del aro. Otro de los que parecía tener las tablas de un veterano. Calmado, nunca perdía los papeles, aunque sí adolecía de una suspensión muy floja, que hipotecó en parte su supuesta impactante carrera profesional.

              Sí, tres jugadores. Pero aunque Mike Krzyzewski rotaba con mucha frecuencia entre sus 12 hombres, a los estadounidenses les faltó calidad en el banquillo. Profundidad, en definitiva, otro sello incontestable de todos sus combinados cuando se hacían con la ambición de ganar (que a ciertos Mundiales han enviado combinados de andar por casa). La mayoría de los chavales estaban proyectados para ser profesionales en la NBA, pero pocos con carreras descollantes.

              Tras tres victorias agónicas y siguiendo el dicho del “tanto va el cántaro a la fuente…”, perdieron en su sexto encuentro ante Puerto Rico, el mismo al que vencieron de manera milagrosa en la lucha por el bronce, cuando lo tenían todo perdido. Por ello, el poder volver a casa con una medalla colgada al cuello, era motivo más que evidente de exhibir una amplia sonrisa. 

Tiro libre anotado por Drazen Petrovic en la final.

LA URSS decolorada, a la chita callando, finalista

              Apenas hemos hablado de la Unión Soviética en este serial, porque no consiguieron nada descollante hasta semifinales. Ganaron a los que debían ganar (con especial mención, el 75-57 ante Grecia) y perdieron claramente con quien debían perder: Yugoslavia. Sabían que estaban más débiles que nunca, que los tiempos cambiaban y que restaban polvo y cenizas de gloriosos tiempos de la URSS, la que solamente dos años antes se proclamó campeona olímpica.

              Sumen a la baja de los cuatro lituanos, el desgraciado fallecimiento un año antes de uno de los pívots más prometedores de la hornada rusa: Valery Goborov. El seleccionador Vladas Garastas contaba con un quinteto titular muy decente, un sexto hombre, quizás un séptimo… y ya. Suerte que el ‘viejo zorro’ Aleksander Gomelski, verdadero jefe de la expedición soviética (mandaba más que Garastas. Por ello, siempre se situaba detrás del banquillo y se encargó de pedir algunos tiempos muertos), recuperó a un base para acompañar al titular (el estonio Tiit Sokk), que fue muy destacado en su etapa junior, pero que se le silenció en los siguientes seis años hasta esta cita: Sergei Bazarevich. Desde el Eurobasket junior en Suecia en 1984, haciendo campeón a los suyos, silencio absoluto. Y resultó ser el verdadero motor de los soviéticos. Porque lo que este equipo necesitaba era velocidad, tiro exterior y verticalidad. Y lo tuvieron con él.

              Y la velocidad en transiciones, venía dada por la altura y capacidad atlética de sus aleros y ala-pívots. A Valery Tikhonenko (18,5 puntos de media) y sobre todo a Aleksander Volkov (15,9 puntos) había que darles ‘ritmo’ para superar a sus pares. Y si tocaba jugar en estático, al menos, muchos espacios. El escolta titular era el letón Gundras Vetra, aquel descubrimiento que presentaron un año antes en Zagreb y que, ¿qué quieren que les digamos? Que ‘ni chicha ni limoná’, sobre todo si le comparamos con sus predecesores. Y de único pívot nato, el ex caísta Aleksander Belostenny, sólido como siempre en defensa y rebotes, parco en anotación.

              Y ya está. No contaban con nadie más destacado. Fíjense cómo iban de hombres interiores que debieron recuperar al veterano Sergei Lopatov (el suegro de Andrei Kirilenko) y a Dimitri Sukharev, un jugador ofensivamente discreto, pero que cumplió como un campeón bajo los aros. Con ello y todo el oficio del mundo, anularon a los envalentonados portorriqueños y llegaron a la final… para volver a no tener opciones ante los yugoslavos.

              Su uniforme era un rojo que se iba decolorando, bastante sintomático con la situación del país. Como Unión Soviética, fue el último torneo oficial que disputaron, pues los checos un año después, se encargaron de eliminarles para el Eurobasket romano. Su nación ya estaba ansiosa por dividirse y esta meritoria plata en Argentina, es un claro testimonio de su adiós.

El genio, Drazen Petrovic, rey en el Luna Park.

Colgarse la medalla de oro

            Era el epílogo para acabar el cuento. De la final, poco podemos decir. Solamente, que no hubo opción de emoción. El camino hasta aquí, de la manera en la que los yugoslavos alcanzaron la final, era para no cometer ningún error en el encuentro por el oro. Demostrar al mundo quiénes eran fue la misión encomendada y continuar con la exhibición dada 24 horas antes en semifinales. “Qué maravilla de baloncesto. Ya no me acordaba de lo que era este deporte jugado a este nivel” fue el desahogo de Pedro Barthe a su regreso de Salta, para poder narrar la gran final en Televisión Española.

              Con 12-5 inicial, Vladas Garastas ya se vio en la obligación de solicitar su primer tiempo muerto, aunque un poco daba igual. Al minuto 9, los ‘plavi’ vencían 26-10. Vetra era un mar de fintas de tiro sin ejecutar, Volkov se asfixiaba ante la defensa de Paspalj y el buque soviético tuvo entradas de agua por todas partes. Sabían que la misión era imposible. Toni Kukoc era capaz de anotar accidentalmente al saque de banda, en un intento de pase bombeado. El estado de gracia era un hecho, como la sentencia al descanso: 52-34.

              Aunque el ritmo se durmió en la segunda mitad y los soviéticos se acercaron hasta la decena de desventaja, nunca parecieron tener la convicción de remontar. Cuatro acciones de cara a la galería de Yugoslavia y al recinto volvían a ponerlo en vilo, para deleite de todos. El caso es que el final registró un 92-75 y la alegría de los balcánicos, con la misión cumplida de haber mostrado al mundo lo que eran capaces de hacer.

              Sí, este Mundial de Argentina será recordado por una selección que maravilló y mostró cuán bonito puede ser el baloncesto cuando se domina y se posee imaginación. Dicen que un yugoslavo llamado Popovic anotó con dos tiros libres, los primeros puntos de la historia de los Mundiales, allá por el 50. Zoran Savic, con una canasta sobre la bocina, cerraba un círculo yugoslavo, en el mismo país, pero esta vez en el punto más alto de la belleza de este juego. La maquinaria de la reciente organización USA Basketball aceleró máquinas en su proceso. Esta vez tocaba, visto lo visto, llevar a lo mejor de los mejores. En el Luna Park desfiló una selección descollante, que estaba recibiendo en el pódium la merecida medalla de oro. Mientras, Drazen Petrovic comentaba al oído a Toni Kukoc algo que había visto y no le había gustado.

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

Ajeno a polémica de banderas (aún), Divac besa a Kukoc en la celebración.