Mundobasket Argentina'90: cuando el cielo del baloncesto fue yugoslavo (Cap.03)

Mundobasket Argentina'90: cuando el cielo del baloncesto fue yugoslavo (Cap.03)

Antonio Rodríguez

Helio Rubens, seleccionador brasileño, pensó que la feliz idea de poner un pívot sobre la marca de Toni Kukoc, quizás pudiese tener resultado. Al fin y al cabo, Pipoça era un hombre atlético, rápido y móvil. El croata de 2,07 de estatura oficiando como base, cada vez que solicitaba de un compañero para ejecutar un bloqueo y continuación, forzaba la curiosa y paradójica visión de dos pívots brasileños a ocho metros del aro, intentando defender aquello, separados por poco más de tres palmos. Divertido, fantasioso y casi hilarante, a eso forzaba esta Yugoslavia de ensueño a los rivales. A la hora de la verdad, inmersos en la fase de cuartos de final, los balcánicos decidieron que era el momento de jugar y divertirse. Sentado en las primeras filas, el secretario general de la FIBA, Boris Stankovic, yugoslavo procedente de Belgrado, que no pudo arrancar ningún triunfo como jugador en el primer Campeonato del Mundo en 1950 celebrado en ese mismo escenario, tampoco podía ahora más que disimular su sonrisa, rodeado del resto de personalidades. Sus compatriotas iban enfilados a conseguir este Mundobasket. Lo que no sabíamos era cómo iban a poner a prueba nuestra capacidad de sorpresa. Ignorantes que pensábamos haberlo visto todo en baloncesto.

Drazen Petrovic, un jugador más maduro.

Tú a Boston y yo a California

              O lo que era lo mismo, ¿quedarse en Buenos Aires, a ver baloncesto del bueno o viajar al norte del país, a Salta? Destino a 1503 kilómetros de distancia exactamente, para sufrir la penitencia de la clasificación del 9º al 16º puesto, a donde condenaron a españoles e italianos, entre otros. El sistema de competición era el mismo que por el título: dos grupos de cuatro equipos que, tras tres jornadas, se disputarían las plazas definitivas en semifinales y finales. Un suplicio de cinco encuentros más.

              Salta, una hermosa tierra atormentada por la austeridad y gravísimos problemas económicos, veía cómo la moneda argentina del momento, el austral, apenas llegaba. Terriblemente devaluada, según el narrador de TVE, Pedro Barthe, preguntando a trabajadores de la zona, llevaban dos meses sin cobrar por la sencilla razón que el dinero, físicamente, no llegaba desde la capital a tan recóndito lugar para recibir el jornal. Eso sí, la tristeza en la mirada de aquellas gentes desaparecía con la misma rapidez que aparecía su amabilidad cuando debían servirte con algún favor. Los niños que, tras salir de clases, llenaban del colorido de sus uniformes las gradas de fondo del estadio Delmi, ofrecían una banda sonora de griterío y chillidos muy peculiar en el recinto. Al menos, aquellos días, recibieron el regalo de todo un Mundial de baloncesto. Quién se lo iba a decir.

El ‘otro equipo’ español lo formaron el ejército de periodistas desplazados a Argentina. Y enfrascados en la tesitura de intentar convencer a sus jefes estaban, teléfono mediante. Que sí, que ellos habían viajado para seguir a España y que les tocaba Salta. Pero desde el hotel Sheraton se aferraban a la idea que lo más conveniente, era quedarse en Buenos Aires y seguir las evoluciones de los ocho mejores. Algunos finalmente lo lograron.

Un día de récord: los 48 puntos de Villacampa ante Venezuela.

Baloncesto de ensueño

              “En este Luna Park histórico, hemos visto combatir al púgil Cassius Clay, barrer sobre una pista de tenis a Guillermo Vilas y hoy, señores y señores, podemos decir que hemos podido presenciar la exhibición de Toni Kukoc”. Así se derritieron en elogios los comentaristas de la televisión argentina tras presenciar la segunda exhibición de Yugoslavia en el Luna Park, dejando clara su posición ante la Unión Soviética (100-77) en la fase de cuartos. Dicen que, con las lluvias de aquella jornada, hubo goteras en el pabellón. No fueron impedimento.

              Los yugoslavos, una vez ubicados en el escenario que les iba a ver ganar la medalla de oro, se exhibieron. Baloncesto bello por su sencillez, con una mareante sucesión de pases, circulando el balón por los postes, saliendo a los tiradores, sin apenas botar. La coreografía ofensiva de los ‘plavi’ se asemejaba al juego de ‘cinco contra cero’ de un entrenamiento. Así de fácil fue por momentos, así de inútiles se sintieron los rivales. Era embriagador la imaginación de sus doce elegidos y la facilidad para ejecutar todo, con su entrenador, Dusan Ivkovic, dando rienda suelta a la improvisación de sus aventajados pupilos. El primer encuentro de la fase de cuartos de final ante Brasil (105-86), que tuvimos ocasión de ver en España por la noche en diferido, fue tan sublime como para arrancar una ovación en todos los espectadores, contrastado con la frustración de un mito como Oscar Schmidt (34 puntos) que intentaba encorajinar en vano a los suyos.

              Toni Kukoc era el base del equipo, quien subía el balón, ordenaba a los suyos y repartía juego (20 puntos y 8 asistencias). Bicampeón de Europa con la Jugoplastika por entonces, ya tenía mucho peso en este combinado. Drazen Petrovic lo bordó (27 puntos), pero con un matiz: ya no era el Drazen acaparador del balón y líder absoluto del concierto. Seguía siéndolo, pero asumiendo otro rol de compartir más el esférico. Quien finalizaba las jugadas con sus tiros (9 de 15 en tiros de campo, 5 de 9 en triples), pero no se imponía al iniciarlas. Tras su mala experiencia en su primer año con los Trail Blazers, sin dulcificar en absoluto esa sensación jugando las Finales NBA, volver con sus compañeros de siempre, fue un regalo para él.

              Otro a quien destacaba, mucho más fuerte físicamente, era Zarko Paspalj. El antiguo alero ya tenía cuerpo de ala-pívot y así jugó en Argentina, supliendo la ausencia de Dino Radja. Juego en poste bajo, entradas a canasta con mucha potencia sin olvidar esa zurda maravillosa en el triple y dominio de balón, se marcó un Mundobasket de órdago. Muchos se preguntaban cuál sería su destino tras su breve -y mala- experiencia con San Antonio Spurs. Y parecía claro que sería de nuevo Partizán Belgrado, su club de origen, aunque también asumían que era algo pasajero. Algunos españoles elucubraban que sería el elegido para acompañar a Audie Norris en las tareas interiores del F.C. Barcelona. Aíto García Reneses, que se encontraba en Buenos Aires como comentarista televisivo, tenía otra idea rondado en la cabeza desde unos meses atrás.

              Los sacrificados para el trabajo sucio eran el base Juri Zdovc, de plena confianza para su entrenador y el pívot de rotación Zoran Savic, que completó un trabajo notabilísimo bajo los aros, disfrutando de minutos. La misma proporción de minutos que se le restaban a Vlade Divac, el único “pero” del combinado. Poco dado al esfuerzo, se suponía que sí se entregaría en los encuentros decisivos. Mientras, otro pívot de 2,06 de estatura y muchos kilos, debutante con aspecto del Ursus de ‘Qvo Vadis?’ llamado Radisav Curcic, también le cubría las espaldas. Claro, que Divac tenía galones y esos se respetaban. Quien debía ganárselos, tenía la obligación de esforzarse. Ante los brasileños, Ivkovic puso en pista al joven Arijan Komazec en los últimos minutos para sustituir a Drazen Petrovic y que éste, tras cuatro triples en cuatro ataques de manera consecutiva, recibiera la atronadora ovación del respetable argentino como despedida. Algo vio el entrenador que no le gustó sobre la actitud defensiva del joven Komazec, que ni tan siquiera completó esos ‘minutos de la basura’. Lo sentó en el banquillo a falta de 39 segundos, ordenando salir al propio Petrovic de nuevo a cancha, añadiendo más cargo y castigo en la conciencia del joven de Zadar.

Rafa Jofresa entrando a canasta ante los chinos.

 

Un récord en medio de la penitencia española

              Los datos ayudan porque son fríos. Uno los ve en su esencia, sin más adornos y los ensalza. No dan pie a elucubrar. Un 15 de agosto, Jordi Villacampa consiguió anotar 48 puntos, récord absoluto de anotación individual en la historia de la Selección Española, superando la marca del también verdinegro Jordi Bonareu que, en una tarde de 1956 en un enfrentamiento ante Bélgica, alcanzó los 45. El alero de Reus encontró la inspiración (que ya llevaba rondando todo el campeonato con él) ante Venezuela en la tercera jornada de la fase de consolación de Salta, cuando en un encuentro en el que parecía no existir frenos, España ganó 122-102 (61-60 al descanso). En aquel lugar donde apenas se jugaban nada, donde no pasaba nada, saltó un récord hasta hoy vigente (Pau Gasol ha logrado 40 puntos como máxima en la histórica semifinal ante Francia del 2015). Contextualizar tal gesta, se hace difícil. Pero repetimos, sigue sin ser batido.

Y el mérito de sus 19 canastas de 24 intentos (2 de 3 en triples) y 8 de 10 en tiros libres, es que realmente nuestra Selección Española necesitó de todo este arsenal para escaparse -al fin- en los últimos minutos y lograr un triunfo ante el primer rival medianamente competitivo con el que se topó en este destierro. Al ritmo que marcaba el base venezolano Sam Sheppard, que se tiraba hasta las zapatillas, allí todos corrían, sin pensar mucho en sacar partido a los cuatro pívots, pequeños pero combativos, con los que contaban (y que, por cierto, los cuatro jugaron posteriormente en España): Carl Herrera, Gaby Estaba, Alex Nelcha y César Portillo.

              Previamente, España había vencido a Egipto (107-73) y a China (130-86). Que los españolitos hicimos el esfuerzo de seguir a través de la tele en aquellas tardes de agosto, como una imposición. Hacía relativamente poco veíamos una plata olímpica en las madrugadas y ahora tocaba esto. A las duras y a las maduras, que eso curte. Clasificados primeros del grupo, en las semifinales del 9º al 12º puesto, tuvimos en suerte a Canadá que, si ya era una selección floja, añadan que les faltaba fuelle y ganas. Rick Fox demasiado joven y Tony Sims, demasiado veterano. El 84-75 fue más cómodo de lo previsto.

La desagradable sorpresa -la última- vino con en el encuentro de cierre a este campeonato de nuestros representantes, tras el suplicio de una semana de penitencia: 83-106 ante Italia en la final por el 9º puesto, sin tan siquiera luchar con orgullo por sacar el triunfo que diera eso al regreso. Apagados, apáticos, la imagen de Ferrán Martínez evolucionando por la pista, cuando apenas podía correr con su tobillo a rastras, era una sensación de impotencia extensible a todos. Claro, que los italianos estaban en las mismas que nosotros, pero al menos tiraron de orgullo para ganar aquello. “Yo estoy absolutamente indignado” empezó Ramón Trecet un improvisado discurso de desahogo, desde el plató central de TVE en Buenos Aires, tras ver el partido. “No entiendo para qué le han servido a Díaz Miguel los asistentes. Y yo lamento el que no se digan todos a la cara lo que tienen que decir y que cuando Antonio estuvo en este plató, tampoco lo hiciera. En definitiva, esta selección con su falta de lucha, parecía una selección de 1ª B, con todos mis respetos para los jugadores de 1ª B, que estoy convencido que lo hubiesen hecho mucho mejor aquí”.

              Pues este fue el tristísimo final, el epílogo más doloroso para un décimo puesto. Había que remontarse mucho para poder ver esa plaza en un torneo de estas características en nuestros representantes (el undécimo puesto de los Juegos de Munich’72). La estrategia de ir renovando la Selección de cara a Barcelona’92, tocó fondo. El Valhala de los Juegos Olímpicos a dos años vista, parecía cada vez menos idílico. Tocaba olvidar aquello y pensar en la liga y en el éxito de nuestros clubes. Que pocos días más tarde, nos visitaba Michael Jordan. Qué cosas.

Zhang Tao 'atizando' a Zapata. En verdad, lo de Salta, un suplicio.

Puerto Rico, la gran sorpresa que perdió una medalla

              La armaron en Santa Fe derrotando a Yugoslavia y siguieron con su marcha inmaculada venciendo, de forma sorprendente, a Estados Unidos (81-79) en el grupo de cuartos. No solamente accedieron a semifinales, sino que lo hicieron como los únicos invictos de toda la competición. Por la puerta grande. José ‘Piculín’ Ortiz (18,2 puntos de media), más delgado y fibroso respecto a meses atrás en el Real Madrid, lideró al mejor grupo de hombres interiores de todo el campeonato. Con su compañero de fatigas, el baskonista Ramón Rivas (12 puntos), nadie sacaba tajada en la su zona. En ataque, maestros del pick&roll, recibían pases del mejor asistente del torneo, el base Federico ‘Pico’ López (8,5 de media) y al recibir, jugaban el uno contra uno de espaldas al aro donde trabajaban su ventaja (que no es como hoy día, yendo directos a canasta). Una de las notas más positivas del evento argentino fue la gran actuación del complemento interior de rotación, Edgar León (12,7 puntos de promedio). Desde el banquillo, jugando abierto y encarando el aro, logró cerrar un trío de élite. Porque para mayor poderío, cuando el “3” titular era el jugador del Caja Huelva, Jerome Mincy, corpulento alero de enorme talento, completaban un triángulo interior como no hubo otro en el Luna Park.

              Reconocían ante sus éxitos que, una de las claves fue la concentración una semana antes del inicio del Mundial, justo al acabar la liga de su país. Llegados a Argentina plenos de forma y en ritmo de partidos, tenían la experiencia para que el Mundobasket no se les hiciese excesivamente largo. O sí. En semifinales, ante una URSS que ‘ni fú ni fá’, no tuvieron ninguna opción (98-82) en el peor encuentro de los boricuas. Aleksander Belostenny les pareció un muro infranqueable y nunca supieron gestionar la velocidad del base Bazarevich (de sus 19 puntos, 16 fueron en la 2ª mitad) ni de Aleksander Volkov. Raymond Dalmau, entrenador portorriqueño, que tan bien había gestionado el banquillo, nunca encontró respuesta ante los soviéticos que tiraron de oficio para llegar a la final.

              Sin embargo, su mayor lamento fue cómo perdieron la medalla de bronce ante Estados Unidos. A falta de 01:50 vencían 88-96 que, ante un equipo tan inexperto, daba la sensación de estar más que ganado. Pero tres pérdidas de balón consecutivas y dos tiros libres finales de Kenny Anderson, les condenó a una prórroga que perdieron finalmente (107-105). Y eso sí que dolió. Aun así, la alegría, el baloncesto desenfadado y el mejor nivel del Mundial, al margen de los yugoslavos, lo dieron ellos. La guinda la puso ‘Piculín’ y su rúbrica con el F.C. Barcelona para las dos siguientes temporadas. Era lo que buscaba Aíto y era justo lo que consiguió.

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

Piculín Ortiz y Ramón Rivas, un dúo para el éxito mundialista.