El tiempo en la NCAA para decir al atleta: "Lo tomas o lo dejas"

El tiempo en la NCAA para decir al atleta: "Lo tomas o lo dejas"

Antonio Rodríguez

              En Endesa Basket Lover pocas veces hemos tocado el polémico asunto sobre el excitante mundo de la NCAA. Si acaso, para debatir sobre jugadores próximos a jugar en la NBA, pero pocas veces poner el ojo en sus tripas. Los tiempos van cambiando con mucha celeridad. Los mejores jugadores de high school de la nación, comienzan a tomar como una tendencia el saltarse jugar en la NCAA, ni tan siquiera el año que se les obliga, para ingresar en la NBA y buscan otras vías.

En un futuro próximo, se dará un gran salto permitiendo a sus atletas poder firmar contratos publicitarios para cuando sean futuros profesionales durante su estancia colegial. Algo que, visto el inmovilismo que han tenido los rectores NCAA a lo largo de su historia, es muchísimo. Todo ello forma parte de una deriva en la que la que los jugadores piensan que no tienen por qué pasar por la universidad para formarse, donde los entrenadores más prestigiosos han apartado, en su mayoría y desde hace tiempo, la labor de formar a los mejores jugadores a cambio de exprimirles y ganar los más partidos posibles, para poder pedir los mareantes sueldos que manejan y donde la calidad en general -hablamos de baloncesto- está bajando, aunque el seguimiento no decrezca.

              La primera competición a jugar próximamente, es la liga de football, la más prestigiosa en la NCAA, la que más dinero mueve y más protagonismo tiene en sus jugadores. Por ello, el movimiento que han decidido tomar en una de sus conferencias más fuertes, la Pac-12, lo hemos rescatado aquí, para los lectores de Endesa Basket Lover. Porque todo ello va encaminado a que puedan tener continuidad en otros deportes, en este caso y el que nos interesa, el baloncesto. Nos decidimos a traducir este artículo de Mark Zeigler, porque es lo opuesto a todas aquellas -lógicas- voces de la injusticia y el engaño que supone que los jugadores, los verdaderos protagonistas, auténticos malabaristas y motores de este circo, no reciben un solo centavo por jugar.

              Esperamos vuestras opiniones, por supuesto. Y todo, porque el deporte universitario está camino de cambiar drásticamente y quizás, entre todas ellas, encontremos el futuro a lo que todo esto se encamina. Que, en definitiva, es el futuro del mayor grueso de jugadores que alberga la NBA. Muchísimas gracias por adelantado a todos.

 

“ES TIEMPO EN EL DEPORTE UNIVERSITARIO PARA DECIR A SUS ATLETAS, LO TOMAS O LO DEJAS”.

Por Mark Zeigler (columnista deportivo del “The San Diego Union-Tribune”). Publicado el pasado lunes, 3 de agosto de 2020.

              Un grupo de futbolistas (fútbol americano) de la conferencia Pacific-12 de la NCAA, emiten una lista de demandas o amenazas con boicotear la próxima temporada (que daría su inicio en los primeros días de septiembre). Ese momento se acerca cada día y los administradores atléticos universitarios deben tomar una decisión:

¿Van a continuar retrocediendo o van a hacer un placaje? ¿Van a ponerse de pie y defender su producto? ¿Es suficiente o alguna vez será suficiente?

              Porque aparentemente los atletas universitarios, o al menos sus jugadores de football, no van a dejar de pedir más, incluso cuando reciben concesión tras concesión. El último grupo en manifestarse han sido jugadores de la Pac-12, que emitieron una larga lista de “demandas” el pasado domingo, con la amenaza de boicotear la temporada.

              Aquí hay una sugerencia: adelante, boicotea. Acabarás perdiendo.

              El hombre detrás de esto es el antiguo linebacker de la universidad de UCLA, Ramogi Huma, un defensor de la sindicalización de atletas universitarios, que dirige un grupo en su defensa sin ánimo de lucro, llamado National College Players Association. Doce jugadores de football de nueve universidades de la Pac-12 se identificaron como parte de tal movimiento, que adoptó el hashtag #WeAreUnited.

              No está claro cuántos de sus compañeros se han unido a ellos. El cornerback de la universidad de Washington, Elijah Molden, un presumible primera ronda del próximo draft, ofreció su apoyo implícito, pero admitió que “algunas de las demandas parecen poco realistas o descabelladas”, dado el contexto de una única situación (COVID, restricciones financieras, el momento, etc). Muchas de las 17 demandas involucran al COVID-19 y la igualdad racial, los dos temas más candentes del verano y, sin duda, una forma de ejercer influencia con un oído público comprensivo. Algunos son razonables y ya existen o se podrían implementar fácilmente. Pero el quid de todo no es diferente a de lo que siempre se trata: dinero.

              El primer elemento de la sección, es “Pago, derechos y libertades del mercado justo: Distribuya el 50% de los ingresos totales por conferencia de manera uniforme, entre los atletas de sus respectivos deportes”.

(Unas matemáticas implícitas: si cada programa de football de la Pac-12 obtiene, digamos 32 millones de dólares al año, por los derechos televisivos de la temporada y las Bowls, los 100 jugadores -más o menos- de la plantilla deberían repartirse 16 millones de dólares). Sobre el papel, suena genial. Siempre lo hace.

              El football universitario genera miles de millones de dólares. Los entrenadores ganan demasiado, las instalaciones son exageradas y los jugadores son explotados y no reciben nada. Es la realidad: no reciben nada. Obtienen una beca completa por cuatro, cinco (a veces seis) años, además de cursos de posgrado si terminan su licenciatura temprano y aún tienen elegibilidad. En algunos casos, todo eso vale unos 350.000 dólares en un estudiante normal, que no practique deporte alguno.

              Obtiene ayuda total a la vivienda y el coste de la asistencia al hogar, adiciones recientes, porque la beca por sí sola, no era suficiente. Eso pueden ser otros 10.000 dólares al año de efectivo. Obtiene el registro de prioridad para no tener que esperar un semestre o seis, para esa clase de división superior con el profesor más reconocido en la materia correspondiente. Termina sin préstamos estudiantiles, o 37.468 dólares menos de deuda que el graduado medio de California, solo el pasado curso.

              Obtiene una tutoría académica de 24 horas al día, 7 días a la semana. Tiene comida disponible en la misma proporción. Vuelan en chárter, se hospedan en hoteles de cinco estrellas, reciben dietas y cajas y cajas de material y merchandising del equipo. Tienen acceso a algunos de los mejores médicos, dentistas y oftalmólogos del condado. Trabajan en un gimnasio privado con equipos de última generación. Todo ello, con el consiguiente status social de ser alguien de élite en el campus. Dentro de poco, podrán firmar contratos personales de imagen y licencia, por representar, entre otras cosas, a la historia de una universidad con varios siglos de historia, para que ambos sean más comercializables.

              ¿Cuál es el valor total de todo esto? ¿100.000 dólares al año? ¿200.000? ¿Más? ¿Eso no es suficiente?

              En algún momento, los administradores de las universidades, deberán decir que sí, es suficiente. Necesitan decir: esto es lo que podemos ofrecer. Creemos que es más que generoso. Si no les gusta, no están obligados a aceptarlo. Los deportes universitarios no son para todos. Daishen Nix, un Five Star (jugador de élite a nivel nacional en high school) de baloncesto en Las Vegas, no lo hizo a principios de este año. Se había comprometido con UCLA, sin embargo, cambió de idea y firmó un contrato directamente con la G League (la liga de desarrollo de la NBA). Sin resentimientos, se le desea la mayor de las suertes.

              El problema es que las personas que hacen estas demandas, nunca operaron en el interior de un Departamento Atlético de ninguna universidad, nunca intentaron equilibrar un presupuesto, nunca presentaron un informe de cumplimiento de la NCAA o del Título IX y nunca entendieron la delicada, defectuosa e intrincada “biosfera” en la que los deportes universitarios se quedan sin aliento.

              El gran mito es que en las universidades, los dineros se cuentan en máquinas que manejan billetes de 100 dólares y luego, los guardan en cuentas bancarias en las Islas Caimán. Alrededor de dos docenas de Departamentos Atléticos de universidades, llegan a cuadrar sus cuentas con beneficios. El resto, están parcialmente sostenidos por subsidios sacados de los impuestos, cuotas estudiantiles, donaciones de ex alumnos o como peligrosamente estamos aprendiendo ahora, expuestos a la recesión económica.

              En muchos sentidos, Ramogi Huma y sus colaboradores, están ladrando al árbol equivocado. ¿Quieren conservar y distribuir las riquezas que genera las conferencias más poderosas de football en la NCAA? Que envíen sus demandas al Departamento de Educación de los Estados Unidos, que es quien administra el Título IX y sus garantías de equidad de género en cualquier universidad que reciba subvenciones federales (que son prácticamente todas). El Título IX significa que las universidades deben ofrecer un número comparable de oportunidades de participación, becas, recursos y servicios a las atletas femeninas, que lógicamente pocas esperanzas tienen de obtener un retorno de inversión debido a las audiencias en comparación al deporte masculino (Nota: para que en España se entienda, ellas disfrutan de una réplica exacta -con las diferencias de sexo, obviamente- de los vestuarios de los chicos. No son ni más humildes ni en peores condiciones por ser mujeres). Si juegas al football en Division I y cuentas con 85 becas, debes contar con 85 becas en los equipos femeninos entre todos sus deportes (lo que explica por qué muchos Departamentos Atléticos ofrecen más deportes femeninos que masculinos).

              Una solución es reducir el número de becas en football, de 85 a 45, o lo suficiente para tener el plantel de defensa y el de ataque titular y reserva, más un kicker. Parece razonable. Eso permitiría a los Departamentos Atléticos eliminar 40 becas del lado de las mujeres y reducir drásticamente los gastos generales, dejando más dólares a distribuir entre los jugadores de football, que son la causa por los que más dinero generan de contratos televisivos. Pero ahora acaban de recortar 5.000 becas a nivel nacional, que se habrían utilizado para jugadores de football que, admitámoslo, de otro modo no podrían ir a la universidad ni ser admitidos. Acaban de eliminar las oportunidades para algunas de aquellas personas que pretenden representar.

              Otra demanda del grupo de Huma es poner fin a “gastos generosos en instalaciones”. Gran idea. ¿Estarían bien pedir al profesor de Literatura un hueco en su aula para colocar allí los artilugios del press banca, porque hay que ampliar el gimnasio? O compartir el campo para un entrenamiento de táctica con los de las cheerleaders. O transportar a un linebacker cualquiera de 170 kilos de peso, en un asiento de clase turista durante 4 horas de vuelo. Que en vez de compartir habitaciones cada 2 jugadores, que sean cada 4 o que en el centro sanitario estudiantil, esperar a la cola para que le examinen la rodilla lesionada y esperar seis semana a los resultados de la resonancia magnética.

              Los Directores Atléticos tampoco quieren construir tan lujosas instalaciones, pero seguirán haciéndolo cada vez que sus reclutamientos sigan deseando una mejora en las instalaciones deportivas en lugar de los laboratorios de química. Tampoco quieren pagarle a un asistente del entrenador encargado del ataque, un millón de dólares por año. Pero también entienden que los principios capitalistas de una economía de libre mercado y el efecto de ganar partidos en su balance final, no puede ser un tipo con una gorra del supermercado de la ciudad, escupiendo tabaco mientras piensa la jugada en el 3º down en un último cuarto de la Rose Bowl.

La Ivy League (las universidades con mayor prestigio académico de Estados Unidos) se asomó por esta pendiente resbaladiza en 1954 y tomó la decisión concertada de no ofrecer becas deportivas. Pueden solicitar sus alumnos ayuda financiera como cualquier otro estudiante. Los atletas que van allí conocen el trato y han aceptado los términos.

¿No te gusta? No vayas allí. Los deportes universitarios no son para todos.

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