El genético aprendizaje del baloncesto

El genético aprendizaje del baloncesto

Antonio Rodríguez

“Nos encanta verlo. La lástima que no da para la NBA, pero nos encanta” era una frase utilizada entre varios de los atrevidos viajeros españoles entre las gradas del recinto. En la liga de verano de Las Vegas hay donde elegir ver. Y uno de los favoritos para nuestros compatriotas en el verano del 2013, era Luke Sikma. Probando con Minnesota Timberwolves, disfrutando una aventura que será única, sus limitaciones físicas se exponían ante tal puñado de atletas: demasiado pequeño para ser tan interior, aun con el recurso de un más que decente tiro exterior. Sin embargo, cuando recibía al poste, algo pasaba, porque mostraba un maravilloso arsenal de pase que traducía ese “algo” en positivo para su equipo. Tan atléticos rivales no daban para aventurarse en un uno contra uno y tiraba de gama de recursos. Y distribuir el balón desde la zona era uno de ellos. En la grada, todo un antiguo All Star NBA, posterior asistente de varias franquicias, su padre Jack, observaba atentamente. Él es parte de la obra.

              De las maravillas del rubio ala-pívot ya conocíamos tras su paso en La Palma y en aquel momento defendiendo los colores del Ford Burgos en LEB Oro. Y era cierto, nos encantaba verlo. Todos sus gestos tenían un por qué y la facilidad para hacer las cosas, tenían su génesis en una técnica perfecta. No es ya que Luke fuese hijo de una leyenda en la NBA, sino que la pasión incondicional del padre por este juego, le hizo seguir vinculado a él como asistente en los banquillos NBA. Ser un entrenador más. “¿Y en casa de qué se habla? De baloncesto, por supuesto” era la respuesta de Pablo Laso en una entrevista a TVE en 1989 en la rueda de calentamiento del Taugrés Baskonia, antes de enfrentarse al Fórum Valladolid, el club entrenado por su padre, Pepe Laso.

Es como si la genética se preparase para relacionar al padre con el hijo a través de una pasión que perdura, en estos dos casos, más allá de la brillante carrera como jugador. No ser “hijo de…” tan solo, sino que haya continuidad en seguir hablando y tratando “de baloncesto, por supuesto”. Ser formador, quizás el primero, del vástago. Y que esa extraña “religión” de ambos se transmita en cada corrección del error, en cada repetición. Continuado por muchos otros entrenadores, la grandeza de Luke Sikma es que ha llegado a ser el mejor jugador que pudiera llegar a ser. Y da igual que jugara para Minnesota Timberwolves ante doce mil espectadores o en La Palma para mil quinientos. Son solo dos escenarios diferentes, desde cuyas gradas en ambos casos, podemos apreciar a un verdadero jugador de baloncesto. Y eso es el cúlmen.

              Han sido mucho los casos de padre entrenador y ver que, tras esa pintoresca relación, la fascinación por este juego se transmite de forma pura, casi directa. Querencia que hace no importar repetir y repetir gestos, superar el aburrimiento por el reto a la perfección. En La Gran Manzana neoyorquina vimos en la década de los 90, un caso que floreció tanto que hasta el mismísimo Andrés Montes tenía que adjudicarle el apelativo de “hilo de seda”. Allan Houston, hijo del entrenador de la universidad de Tennessee, Wade Houston, era la perfección hecha jugador en referencia a técnica individual. Su elegancia era tan solo una parte de todo su entramado en la pista. Un tirador como él, como cantaban en la década de los 70, Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina, nos “sulibeyaba”. Porque antes de ese tiro, el arte ya florecía en cómo salía de los bloqueos, hombro con hombro con su compañero para no dejar resquicio al rival, el agarre que tenia al balón cuando recibía, los pies ya colocados y las piernas flexionadas preparado para la suspensión. Eso era de una maestría que hacía suspirar. “Hilo de seda”, claro. ¿Cómo no enamorarse del baloncesto viendo algo así?

              Ni que decir tiene que en la relación padre-hijo nunca hay lógica aritmética. Nos basamos en el niño tiene en casa la figura paternal con la devoción por este juego. Pero la pasión en el mejor de los sentidos, del respeto al deporte, a lo bien hecho. Es asombroso recordar a base de Atlanta Hawks en los 80’s, Glenn “Doc” Rivers, todo lo que tenía en su cabeza y observar estupefactos el “cabraloquismo” de su hijo Austin, que roza el desespero. Seguro que hubo pasión en ambos, pero en el caso del segundo, no hubo paciencia para aprenderlo y canalizarlo.

              Nos acercamos a nuestra geografía. Y ponemos la lupa en un caso que mencionamos en los primeros párrafos: el de un padre y un hijo que fueron jugadores, ambos internacionales y posteriormente entrenadores: Pepe y Pablo Laso. Ahora Pablo está disfrutando en la cresta del éxito, en unos tiempos muy distintos a los que conoció el padre desde los banquillos. “No, lo de Pablo en la actualidad es una cosa que ya me supera desde hace tiempo. Los sistemas, ese estudio meticuloso…” en boca de un gurú de los primeros pasos, de la técnica individual y la formación del jugador, para que luego se desarrolle en el mencionado estudio meticuloso posterior. Pepe, a sus 81 años, sigue sacando joyas de orfebrería del viejo parquet del Club Canoe desde hace años ya. De llegar a esa pretensión: que el chico logre ser el mejor jugador que pueda llegar a ser, en conseguir ‘etiquetar’ verdaderos jugadores de baloncesto. Si repasamos la plantilla que maneja su hijo Pablo, hay muchos casos en ella.

              Demos un paso atrás y pensemos en el Pablo Laso jugador. Tanto en el colegio como en pachangas con amigos, entrenadores de Baskonia y por supuesto su padre, son manos en las que la técnica se ha ido poniendo en disposición para el resultado final que durante 17 años vimos en nuestras pistas. Y no, no hablamos de su tiro exterior, tópico recurrente y muy manido. Sino de disponer de sus herramientas, la agudeza visual y una fantástica rapidez de idea-ejecución intrínsecas en él, para optimizarlo con un conocimiento del baloncesto y posterior dominio en su más amplio concepto. La inventiva venía en el tarro, sí. Pero luego tenía que dar el pase milimétrico en la infinidad de cabalgadas que hizo. Había que dirigir el balón a la mano en la que Larry Micheaux lo pedía, el ángulo idóneo al pase picado para el mate de Arlauckas en contragolpe, la altura necesaria para que Green… bueno, aquí daba igual. Kenny Green iba a cogerlo de todas las formas. Pero quizás no nos equivoquemos en decir que Pablo Laso sí pudo ser el primer base en la historia del baloncesto español con verdadera cultura del “alley-oop” como recurso (sin contar con Carmelo Cabrera, en cuyos años de actividad, era una jugada prohibida en el reglamento). Pablo fue un maestro en el bloqueo y continuación que poco a poco se imponía en nuestro deporte a lo largo de la década de los 90. Saber de líneas de pase, de darlo cuando el compañero se estaba arrancando y veía camino expedito hacia el aro. Con su corta estatura sabía cómo aprovechar bien un bloqueo, porque a cada error, ponía su físico en juego.

              Pablo Laso habla hoy de ilusión y motivación cada día que va a entrenar, porque es lo que le gusta. Y disfruta al ver jugadores de baloncesto a su alrededor, de los que entienden este juego, porque él llegó a hacerlo, a ser un auténtico jugador, un producto terminado. Como Sikma, como Houston. Quizás en los genes de todos haya ese afán por descubrir sus secretos, fuego avivado por un día a día en la cena, delante de la tele o en el gimnasio, del “hablar de baloncesto” al “estudio meticuloso”. Como un código genético dirigido al aprendizaje del balón y el cesto.