Michael Jordan y el cofre de nuestros recuerdos

Michael Jordan y el cofre de nuestros recuerdos

Antonio Rodríguez

              Aquello era otro escenario, otro mundo. Todo el glamour de Los Angeles, el ‘rocket man’, los aviones dejando estelas y el multicolor en la ceremonia de inauguración de esos Juegos Olímpicos, plasmado en un parquet. Tonos pastel para las zonas, con un logo inmenso que abarcaba más de media pista, con unos jugadores … la mirada de Michael Jordan. Con el ceño fruncido, ojos penetrantes y la imagen de un tío que anotaba canastas con rectificados en el aire y bajaba a defender corriendo al sprint. Joder, al sprint. Entonces no lo supimos porque nunca lo vimos antes, pero significaba vestir de chaqué el baloncesto a nuestros ojos.

Entre todo ese embrujo, los españoles. Con el pecho henchido enfrente de la tele, nuestros Corbalán, Epi, Jiménez o Martín, representantes patrios que arrancaron un torneo con el convencimiento del ‘aquí y ahora’ porque si no, es imposible ganar una medalla de plata. Sin embargo, ante los americanos era otra historia. Una sensación de estar sumergidos bajo el agua, sin posibilidad de salir a la superficie a respirar. Angustia ante su defensa. Juanito Corbalán buscaba iniciar la jugada con el primer pase a un alero, tras sacudirse durante diez segundos al base rival. Y los aleros no podían recibir. “Tuvimos que ir aprendiendo sobre la marcha” nos refrescó la memoria Andrés Jiménez en el reciente “Todos contra…” show televisivo de Movistar+, presentado por José Ajero y Fran Fermoso. “Los pívots teníamos que salir al exterior para recibir el balón, porque ni Epi ni Iturriaga podían. Ya ese pase era un dolor de cabeza. Imposible darlo. Nos sacaban de nuestras posiciones desde el primer movimiento”. De hecho, nunca Fernandito Romay tuvo tanto protagonismo ofensivo, porque lo más sencillo era darle el balón como única posibilidad, ante la negación de cualquier otro compañero por recibir. Claro, tras él, un amenazante Pat Ewing.

              “The last dance” es una bendición en estos días de confinamiento. Las dramáticas circunstancias en las que está envuelto el planeta han supuesto un amplificador enorme para la plataforma televisiva a la hora de promocionar tal serial. Desde que se inició la pandemia cuentan que, dieciséis han sido los millones de nuevos abonados a ella, amenizando largas jornadas en casa. Por ello, la espera y el posterior impacto de las dos primeras entregas sobre la figura de Michael Jordan, han provocado que hasta Scottie Pippen, su lugarteniente, se convirtiera el pasado martes en trending topic a nivel mundial. Acceso a todo tipo de material, declaraciones y recreación de la carrera del número uno de la historia del baloncesto, todo para contar una historia fascinante. Pero para el español de a pie, el que se convirtió en ferviente aficionado tras aquellas madrugadas del 84, nos quedará una sensación más profunda de lo que estos documentales puedan mostrar: el impacto de ver a Michael Jordan por primera vez, nuestra primera impresión, embrujo de todos los idilios con final de cine.

              Es cierto que a Jordan lo vimos en nuestras pantallas dos veranos antes, muy jovencito, en un combinado USA ante la Selección Europea. Pero tan desapercibido pasó ese encuentro televisado, como el propio Michael. Y una retransmisión de baloncesto en Televisión Española tenía en 1982 un tirón muy diferente que en 1984. La perfección que descubrimos en aquel plantel que dirigía el irascible Bob Knight en la cita olímpica, nos dejó atónitos a pesar de las altas horas. Mezcla impotencia y admiración, no solo era una sensación que impregnara a ojos deseosos por ver el baloncesto al otro lado “del charco”. “Y acompañé a Antonio a ver un partido en Greensboro de la selección americana” recordaba Aíto García Reneses, que disfrutó de sus vacaciones veraniegas en Estados Unidos, fechas previas a los Juegos de 1984. “Y Díaz Miguel me decía que al equipo estadounidense era imposible echarle mano. Yo, más escéptico y aún sin verles, mantenía mi idea que a pesar de sus físicos, eran aun jóvenes, muy inexpertos y que a un final igualado, tendríamos nuestra oportunidad”. Cuando Aíto vio el encuentro junto a nuestro seleccionador, declinó su idea inicial. “Antonio, a estos no les ganamos”. El encuentro que vieron de preparación era frente a un combinado NBA. “Y no solo eso, sino recuerdo estar casi un minuto aplaudiendo una canasta de Michael Jordan. Yo, que suelo ser tranquilo viendo baloncesto, nunca me había visto aplaudiendo tanto tiempo una jugada de nadie”.

Steve Alford, Leon Wood, Vern Fleming, Alvin Robertson, Wayman Tisdale, Sam Perkins, Chris Mullin… eran un equipo de ensueño, que allí comparaban a la mítica selección de Roma’60. Porque al pívot Pat Ewing ya lo habíamos visto jugar en la final universitaria, que TVE tuvo a bien emitir 45 minutos en la matinal del Jueves Santo. Y conocíamos de sus posibilidades, aunque se mostró más fascinante todavía con su indumentaria azul marino de la selección. Alguien cuyas mangas de sus camisas miden ciento diez centímetros, impone hasta detrás de la tele. Como los brazos de Sam Perkins, longilínea silueta de 2.06 de estatura y estilizado, parecía que sus manos llegaban a todas partes. Y al margen del físico, el juego.

              Porque físico, todas las selecciones USA lo han tenido y de una manera superior al resto. “Hay que recordar a Estados Unidos en Sidney’00 que físicamente eran muy superiores, pero lo pasaron mal” recuerda un aficionado de aquellas madrugadas en sus primeros pasos como entrenador, Oscar Quintana. “El físico es muy importante en un deporte como este, de contacto. Y estos de Los Angeles, lo tenían. Con su físico, el ritmo al que te sometían, era increíble. Pero luego está lo demás, la calidad. Creo que tomaban decisiones en menos tiempo que nosotros y las ejecutaban mucho más rápido”.

El aficionado medio veía junto a esos físicos privilegiados, unos desplazamientos laterales y una velocidad defensiva impensable. Aquel Vern Fleming o Alvin Robertson -ni que decir de Michael Jordan-, podían seguir en uno contra uno al rival sin problemas. Más limitado en ese aspecto era el base Steve Alford que “tampoco hacía mucho daño presionando. Yo sí le podía superar por velocidad” afirma el base más rápido de nuestra Selección, José Luis Llorente, casi como una excepción. El conocimiento táctico que poseían era amplísimo y de una disciplina casi militar (claro, estaban bajo el ojo de Bob Knight, antiguo alumno de la Armada). De hecho, cuando Epi o Iturriaga intentaban aprovechar bloqueos para aparecer desde el lado débil y recibir para tirar, los yanquis estaban colocados adecuadamente en su camino, como para que los nuestros chocasen con ellos (uso del “bodycheck) o “conducirles” en su camino hacia los pívots, cerrándoles cualquier línea de pase. Tretas más sencillas entonces, con menos espacios, puesto que no existía aún línea de 3 puntos. Vale que, entre ese juego, sí flotaba una permisividad arbitral -que para eso jugaban en casa- que desesperaba a nuestros representantes. Aun con todo, apreciamos unas situaciones tácticas poco vistas y muy interesantes.

Sí hemos de decir que, la calidad de los nuestros aupaba a que Andrés Jiménez jugase dos partidos sensacionales contra ellos -anotó 14 y 16 puntos respectivamente-, que Epi forzara un 2+1 al mismísimo Jordan en un canastón o que Margall ‘enchufase’ suspensiones con la pasmosa facilidad que le caracterizaba, al margen de los tapones de Jiménez a Ewing y Romay al propio Jordan.. Nos autoafirmábamos que los españoles allí, también habían sido trabajados técnicamente de forma muy notable.

“Con el documental de Michael Jordan y anteriormente, con el de la rivalidad entre Magic y Larry, transmiten en las generaciones de ahora el interés por cómo se trabajaba antes. No ya disfrutar de lo que te da el baloncesto, sino del propio baloncesto en sí” comenta Oscar Quintana. “De repetir y repetir. Sí, era mucho más aburrido en la formación, pero los resultados están ahí. Las últimas selecciones de Estados Unidos, la manera de seleccionar y trabajar de Coach K, es la misma que usaba en su momento Bob Knight. Ves a dos selecciones en Las Vegas, incluso siendo estrellas NBA, que juegan y se van descartando jugadores. Y Popovich lo continuará. No estaría tan equivocado Knight. ¿Que era un tipo chapado a la antigua y que funcionaba como en el ejército? Sí. Su carácter iba chocando cada vez más según iba avanzando la sociedad. Pero que ha sido uno de los grandes, es cierto”.

Cuando atacaban, sus pases eran milimétricos. Cuidaban mucho los porcentajes de tiro, las faltas que provocaban y las pérdidas de balón. Y este último factor era un riesgo, pues insistían en que al menos una vez por jugada, la bola tenía que pasar por posiciones interiores. Con la ventaja de su fortísimo rebote ofensivo y sus infracciones de 3 segundos en la zona -que pocas veces se penalizaban-, su dibujo táctico en estático tenía una amplia gama de recursos, a diferencia de lo sucedido cuatro años más tarde en Seúl. Con John Thompson en tierras coreanas, basaron gran parte de sus posibilidades en tales rebotes ofensivos, los contragolpes tras forzar pérdidas, dejando de lado cómo atacar defensas cerradas a media pista.

Por encima de tan estructurado catón, Michael Jordan. Era capaz por sí solo de solventar cualquier situación de emergencia de la manera más espectacular. Todo su cuerpo en el aire, era una coreografía. Su movimiento de piernas le otorgaban una elegancia infinita, perfección de gesto casi de escuela de gimnasia. De repetir una y otra vez. De acertar, de ser efectivo. Y todo ello es lo que embelesaba a los aficionados. Era asombroso cómo en el Forum de Inglewood animaban y estaban tan entregados a él como a sus ídolos de los Lakers. “Era lo más sorprendente” añade nuevamente Andrés Jiménez. “Cuando estuvimos durante nuestra preparación en su universidad de North Carolina y nos hablaban sobre él, es que se le elevaba a la categoría de dios. Y a nosotros nos llamaba mucho la atención, porque no dejaba de ser un chaval de 21 años todavía”.

Hay momentos en la historia del baloncesto que marcan su devenir. Hablando con jugadores españoles que disputaron los Juegos Olímpicos de Roma’60 y verse ante leyendas en ciernes como Oscar Robertson, Jerry West o Jerry Lucas, nos describían aquello como una marcianada, dos mundos muy distantes alrededor de un balón y un cesto. Hoy, ante la globalización reinante, la evolución del juego nos ha ido acercando al mundo USA. No podríamos comparar sensaciones actuales con la impresión que nos dejó la selección estadounidense de Los Angeles’84. Y mucho más difícil transmitir la sensación por ver a Michael Jordan aquella primera vez. Un jugador que procedía de una competición que a duras penas leíamos algo y que entre los 17.505 aficionados que abarrotaban el Forum, idolatraban. “Algo tiene el agua cuando lo bendicen” como poquísimos meses más tarde nos percatamos, ya en los Bulls. Eso, “The last dance” no lo contempla. Eso es algo que nos guardamos para nosotros, para nuestro cofre de mejores recuerdos.