George Karl, un yanqui en la corte del Real Madrid (Cap.02)

George Karl, un yanqui en la corte del Real Madrid (Cap.02)

Antonio Rodríguez

George Karl, luciendo un novedoso y poblado bigote, aterriza en Madrid para afianzar la relación con los blancos y sellar, como así fue, el acuerdo definitivo. Pero en la capital se ha originado un huracán de proporciones difícilmente evaluables en aquellos días y menos aún, sus consecuencias finales.

 

LA FUGA DE DRAZEN PETROVIC A PORTLAND

 

              En un teórico viaje vacacional a Los Angeles, Drazen Petrovic, la estrella del Real Madrid, se entrena durante hora y media en las instalaciones de Portland Trail Blazers, cuya gerencia tan atentamente lo siguió en el Eurobasket de Zagreb jugado dos semanas antes. Regresa a Madrid con una oferta en firme de los Trail Blazers reventando el mercado, no solo el español, sino incluso el estadounidense. Drazen es un capricho personal de Paul Allen, propietario del equipo e inicialmente, el pacto de no agresión entre la ACB y la NBA detiene el ímpetu de los de Oregon. Tal pacto se afianzó en Houston durante la disputa del All Star Game en 1989, para tratar de evitar lances como el doble contrato que tenía firmado el pívot yugoslavo Stojan Vrankovic con el Real Madrid y Boston Celtics, salido a la luz nueve meses atrás.

Drazen Petrovic conversa con Lolo Sainz, horas antes de la marcha a Portland.

 

              El periodista del diario El País, Luis Gómez, en los albores de esta crisis, da en el clavo en un artículo en Gigantes del Basket el 11 de julio de 1989: “Petrovic es más del Real Madrid que de Portland Trail Blazers. Puede que formalmente su contrato hasta 1992 sea inamovible, pero anímicamente Petrovic tiene la vista puesta en el otro lado del Atlántico. Y quienes lo conocen, saben que Petrovic suele tener prisa siempre por triunfar. Madrid no era más que una escala en su trayecto deportivo”.

              Una vez aterrizado Drazen en Madrid y tras haber dicho desde Zagreb -a su entorno más cercano- que jugaría en Portland a cualquier precio, decide que jugará en el Real Madrid una temporada más. Los Blazers envían emisarios a Madrid para que, por un lado, hagan de su sombra y por otro, para presionar al club blanco, aunque su presidente Ramón Mendoza proclama que Petrovic, de allí, no se mueve. “El Real Madrid no es un club vendedor”.

Miguel Ángel Paniagua: “Yo fui un mero observador de todo esto. Pero tenía claro que Petrovic iría a la NBA”.

Ramón Trecet: “Portland envió alguien de la gerencia y Mendoza, en su costumbre, ni lo recibía”.

Miguel Ángel Paniagua: “Se llamaba Brad Greenberg y era el general manager de los Blazers. Y encima se entusiasmaba cuanto más veía a Drazen. Su obligación era ir al pabellón por las tardes, cuando Drazen iba a sus típicas sesiones de tiro particulares. Estaba solo y se ponía a tirar a canasta. Claro, Greenberg se volvía loco, porque en una serie de 50 lanzamientos triples, fallaba uno o dos”.

              Otro espectador en todo esto, sorprendido como el resto, era George Karl. Coincidió con la estrella balcánica en la presentación del equipo, junto con el entrenamiento posterior de cara a los medios. No era su terreno y no presionó al club por mantener al jugador en ningún momento. Ni tan siquiera echó el grito en el cielo cuando Drazen se fugó.

George Karl, alzando el trofeo del Torneo "Memorial Héctor Quiroga".

Ramón Trecet: “Él dejó las llaves al portero de la finca, diciendo que un amigo, el preparador físico del Castilla de fútbol, las recogería porque iba a pasar unos días en casa”.

              Drazen tomó un vuelo dirección a Portland y una vez allí, en un juzgado de la ciudad, pone una demanda al Real Madrid y a la ACB por no dejarle fichar con los Blazers y por una cantidad económica equivalente a lo que supuestamente dejaría de ganar si permaneciese en el Real Madrid hasta 1992. La jugada era clara: aunque parecía complicado que un juez pudiera desvincularlo de lo firmado en la capital de España, la NBA se lava las manos. Si un juez dictamina una cosa, ellos permanecerían al margen

              Paul Allen convierte el caso Petrovic, no ya en prioritario, sino en obsesión. Eleva a 600 millones de pesetas por cuatro años el montante que cobraría (algo más de 3,6 millones de euros en total), a cambio que el jugador fije la residencia en el estado de Oregon, con lo que evita que cualquier ley dictaminada fuera de su jurisprudencia, tenga un mínimo peso. Todo se solucionó antes del juicio, cuando viajaron Mariano Jaquotot, Jordi Bertomeu y Jorge Samper a Portland, asumiendo ya que no traerían al jugador, pactando una indemnización final. Como bien recordó José Antonio Arízaga, su agente en España, en el programa televisivo Informe Robinson, ‘Petrovic se quedó en Portland, sí. Pero a cambio dejó un millón de dólares en las arcas del Real Madrid’. En concreto, fueron 1.150.000 dólares, 140 millones de pesetas. La estrella blanca era ya un nuevo miembro de la NBA.

 

 

TOCA REESTRUCTURAR PLANTILLA… Y PONERSE A TRABAJAR

 

              Tras ausentarse unos días por un clínic que debía impartir en Los Angeles, George Karl vuelve a Madrid y se trae del brazo en el mismo vuelo al estadounidense Vincent Askew. Un alero fuerte de su entera confianza, ex de los Sixers, que no pasa el examen de Alfonso del Corral, médico del Real Madrid. Del Corral afirma que tenía una rodilla más hinchada que otra, problema que quizás arrastrase de sus días en Philadelphia dos años antes. ‘No entiendo qué tipo de revisiones ha tenido en otros sitios, pero aquí no lo ha pasado’ sentenciaba. Para la posición de base, la primera opción era Scott Brooks, actual entrenador de Washington Wizards, muy del gusto de George Karl. Pero posteriormente se supo que la oferta del Real Madrid fue utilizada por el jugador y su agente para una renovación al alza del eléctrico base en su equipo por entonces, Philadelphia 76ers. El caso es que empieza la pretemporada y el Real Madrid no cuenta con americanos. Karl, embebido en sus cábalas, tranquilo.

Mike Anderson, un base que hacía de todo. Hasta rebotear.

Quique Villalobos: “Esos primeros días solo entrenábamos defensa. Presión, traps y montones de sistemas de todo tipo. Solo defensa. Debutamos en pretemporada conjuntamente frente al Fórum Filatélico de Sabonis, en la presentación de este. Y le hicimos una defensa que lo asfixiamos”.

              El gran Arvydas nunca estuvo cómodo. El Real Madrid ganó y las sensaciones eran distintas a lo vivido un año antes. Se jugaba en equipo, todos se esforzaban atrás y los ataques eran muy rápidos. El compromiso colectivo primaba respecto al resto y aunque solamente había españoles en el plantel, parecía ser un sello. El recuerdo de Petrovic se iba olvidando a marchas forzadas. Aun así, el gigante lituano fue capaz de anotar 27 puntos.

Miguel Ángel Paniagua: “Tras el partido, Karl comenta a la directiva que fichasen a ese tío, a Sabonis. Era algo imposible, claro. Ya le conocía, pero se entusiasmó cuando lo tuvo delante”.

Quique Villalobos: “En aquellos primeros días, ya veías que George era un monstruo. Entrenábamos todo tipo de situaciones. Contra el Joventut, por ejemplo, nos decía que si cogía el balón Rafa Jofresa o Villacampa, que fuésemos tras ellos muy encima, que pasásemos los bloqueos por delante. Si era Tomás quien tenía el balón, nos decía que por detrás, incitarlo a tirar. Lo tenía todo controlado. Y se enfadaba si en los partidos no tirabas tiros libres. Nos extrañaba a todos. Para él, si no ibas a la línea de tiros libres, no habías jugado agresivo”.

José Biriukov: “Él era un estudioso. Preparaba para cada uno un scouting individual de jugadores que te iba a tocar defender. Tú tenías un informe de sus virtudes, cómo se podía afrontar la defensa a ese jugador y por otro lado, sus defectos. Todo escrito, clarito. Hoy día, cada entrenador tiene tres asistentes. Pero entonces, él solamente tenía a Clifford Luyk. Y tampoco se encargaba mucho de eso”.

Pep Cargol: “Me acuerdo que nos reunió para una sesión de vídeo en la Ciudad Deportiva.  Y claro, allí estaban los vestuarios, la cafetería… pero no un sitio específico para lo que él demandaba. Así que no se le ocurrió más que preguntar al club y nos citó en una de las salas de reuniones del Santiago Bernabéu. Una vez allí, como no había pizarra, cogió un papel grande, un cartel de un partido y con un rotulador empezó a escribir en el reverso, las características de tres tipos de equipos: los ganadores, los perdedores y los campeones. No solo distinguía entre perdedores y ganadores, sino también los campeones, que eran otra distinción”.

Quique Villalobos: “Nos entrenaba todo en sesiones matinales, muy al estilo NBA, pero con más tiempo del que tenía allí habitualmente. Hacíamos el físico y el técnico todo junto. Podíamos estar horas entrenando y acabábamos con ejercicios de uno contra uno y dos contra dos. En los partidos, si no hacías lo que te había dicho, ibas automáticamente al banquillo. Pero tampoco era un castigo, sino que te decía ‘hombre, esto lo hemos entrenado y ya lo he dicho’. Te sentaba un minuto y te volvía a sacar. Por eso digo que no eran castigos”.

Ben McDonald, todo un profesional.

José Biriukov: “Incluso entrenando ejercicios de defensa, nos divertíamos. Eso fue una de las cosas que él consiguió: hacer deporte y divertirse. No perder el divertimento en el deporte profesional. Tener esa visión. Fue un gran fichaje de la sección blanca”.

Pep Cargol: “Para mí, era un reto. Me pedía cosas… Veía unas ventajas en los jugadores y entonces planteaba llevar esas ventajas para ganar. A mí, lo que me hizo fue pensar. Pero es cierto que no sé cómo era capaz de generar tantos apuntes de los rivales. Tú imagina, el scouting no existía. Tampoco había muchas pizarras de borrar. Lolo, para sus explicaciones tácticas, usaba duros o pesetas, según tamaño de los jugadores”.

Quique Villalobos: “No se casaba con nadie. Mira, el segundo o tercer día de entrenamiento, recriminó a Fernando Martín una manía que él tenía, aquella de hacer un amago de presionar el saque rival tras canasta, en vez de bajar a defender. Él gritaba ‘paint, problem, man’ que significaba que en transición defensiva, tenías que preocuparte del tío que iba primero a tu zona y luego, ajustabas. Y para eso era serio y exigente con cualquiera”.

Pep Cargol: “Sí, el tenía muchas secuencias de esas de tres palabras. Por ejemplo, cuando defendías y tenías que puntear un tiro, te gritaba ‘shot, ball, man’, que significaba que primero tenías que preocuparte del tiro, luego seguir el balón y por último y más importante, ocuparte de bloquear a tu hombre para el rebote”.

Lolo Sainz: “Yo le decía en muchas ocasiones ‘que esto no es la NBA aún, George’. Al principio se reía. Luego, no me hacía ni caso”.

 

UN TIPO AFABLE

 

José Biriukov: “Mira esta fotografía. Él era así: de pantalón corto. Ahora le veo y pienso ‘sí, así era George Karl’. Era un tipo muy divertido. Tenía confianza completa en los jugadores. Tú tienes que cumplir con tus obligaciones, pero nunca se metía con tu vida privada. Él decía que no tenías que pedirle permiso por irnos a cenar ni nada de eso. Claro, eso te transmite una calma y una tranquilidad dentro del equipo… Cuando un entrenador confía en ti, es lo más”.

"Mira, así recuerdo a George Karl: en pantalón corto".

Quique Villalobos: “George era un tío muy afable. Bromeaba contigo, estabas a gusto con él. Recuerdo con mucho cariño un paseo que nos dimos por Florencia antes de jugar la final de la Recopa ante la Knorr Bolonia. Nos hicimos fotos ese día”.

Pep Cargol: “Era una persona afable, cercana en el trato, hablaba mucho con nosotros, estar cerca y comprenderte. Era un tipo que te transmitía todo lo que sabía, sin pensar en guardase cosas, de sonrisa fácil. Recuerdo una mañana en la que estaba solo en la Ciudad Deportiva, haciendo técnica individual. Y fue el día que se presentó Lolo con Piculín Ortiz, tras su fichaje. Y en la cafetería del pabellón nos reunimos, ellos se pidieron una cerveza y yo una Coca Cola. No iba a beber alcohol delante de mi entrenador. Y George se extraña, me mira el culo y me dice ‘no conozco un hombre alto que tenga tan poco culo como tú. Pídete una cerveza, hombre’. Bromas para buscar cercanía entre todos”.

Lolo Sainz: “Era un buen tío, pero complicado a veces. No tenía muy claro el nivel que había en Europa. Creía que ganaría con poco. Por eso los americanos que trajo, no eran muy potentes”.

Miguel Ángel Paniagua: “Eran, en mi opinión, los mejores con los que se podía contar en aquellos momentos, teniendo en cuenta el tipo de jugador que pidió el propio George”.

 

AMERICANOS DE ‘ANDAR POR CASA’

 

              Tras el torneo de pretemporada en Puerto Real, en la editorial de Gigantes del Basket se les catalogó de ‘americanos de andar por casa’. Ya con ciertas prisas e impaciencia entre los aficionados, los elegidos fueron el base Mike Anderson, con una breve experiencia en San Antonio Spurs y el ala-pívot Ben McDonald, procedente de los Warriors que George Karl entrenó. El primero, jugador de 1.86, eléctrico en su juego y muy agresivo en ataque. Rápido, sobre todo rápido. El hándicap fue que no era un director puro y tampoco era buen tirador exterior. Como algunos catalogaban, demasiado parecido a José Luis Llorente.

Anthony Frederick y Mike Anderson, en una de las fotos que se hicieron en Florencia.

El otro, Ben McDonald, ya conocía la ACB de su paso por Collado Villalba y efímeramente en Huesca. Tres temporadas en las que se convirtió en un especialista para vivir en aquella tan exigente NBA. El jugador que fichó el Real Madrid estaba muy cambiado. Mucho más fuerte físicamente, defensor a ultranza, pero discretísimo anotador. La muñeca que lució en la sierra madrileña en la 84/85, había quedado en el olvido. Su especialización produjo en él una metamorfosis importante, quedando en ala-pívot bregador, fajador y reboteador, con pocas alegrías en el juego exterior y sin muchos recursos en el interior.

Quique Villalobos: “A McDonald lo veías con esas piernas, esos brazos y esa espalda… Ves a un tío tan sacrificado que era capaz de marcar a cualquiera, que si no anotaba mucho, te daba igual. En el torneo de Puerto Real, que por aquel entonces tenía mucho prestigio, fue capaz de defender a Audie Norris, Dino Meneghin -con Milán- y a Toni Kukoc cuando jugamos contra la Jugoplastika. Y a Kukoc lo anuló, te lo aseguro”.

              Torneo que ganó el Real Madrid, por cierto. Y la apuesta quedaba clara: defensa agresiva, a veces presionante en toda cancha, rebote defensivo y mucha rapidez, incorporando a los hombres altos también a tal velocidad. Con estas adquisiciones, la plantilla del Real Madrid estaba compuesta por:

Vicente Salaner: “Mike Anderson claramente no era un base. Era agresivo, imprimía un ritmo frenético que le iba bien al equipo, pero no era un base”.

Quique Villalobos: “Sin embargo, sí era de la concepción del juego de George Karl, con lo que supongo que estaría contento con él”.

Pep Cargol: “Los americanos venían a complementar lo que había y a sellar el estilo que Karl quería. Mike era un ‘2’ que podía jugar de ‘1’. Era un penetrador, capaz de finalizar entradas con contacto del rival, con mucha intensidad y buen defensor. No era inicialmente buen tirador, porque se había roto el codo del brazo izquierdo años antes y tiraba como hacia atrás, abriendo el brazo. Y McDonald era un currante, tío super roqueño para complementar lo que ya daban los Martín y Romay. Su idea de equipo era buscar el equilibrio entre todos”.

 

CAPÍTULO 3: Un yanqui en la corte del Real Madrid

 

CAPÍTULO 1: Un yanqui en la corte del Real Madrid