ARTÍCULO: UN LUGAR EN LA HISTORIA: YUGOSLAVIA EN ARGENTINA’90 (y IV)

ARTÍCULO: UN LUGAR EN LA HISTORIA: YUGOSLAVIA EN ARGENTINA’90 (y IV)

Antonio Rodríguez

El epílogo. Aquí finalizó el viaje de la selección yugoslava al completo. Un fin abrupto salpicado por sangre y el gélido y doloroso sonido de los obuses surcando el aire y estallando en los edificios de lo que una vez se llamó Yugoslavia. En el deporte de la canasta, el fin del sueño llegó cuando tras el debut en el Eurobasket de Roma, en 1991, el esloveno Juri Zdovc fuera apartado tras la primera victoria frente a España. Fue el primer pétalo que se deshojó hasta el desmembramiento total. Sin embargo, nos dejó Argentina en nuestra memoria. Sí, es cierto que a un sentido abrazo entre Drazen Petrovic y Vlade Divac a la finalización del último partido de su Mundobasket, llegó un aficionado portando una bandera croata, para el posterior vehemente enfado de Vlade, que hizo cambiar al momento las relaciones. Pero eso es otra historia (que por cierto, la penosa realización de la televisión argentina, que no daba una a derechas, pinchó todos los planos posibles en mitad de su despiste, para que apenas se viese el momento). Lo sucedido antes, fue uno de los mejores y más brillantes broches en la historia del baloncesto FIBA. La medalla de oro conquistada por Yugoslavia en 1990 queda en el corazón de todos y cada uno de quienes vivieron aquello. El baloncesto hubiese sido distinto, no hubiese llegado al nivel de arte sin la aparición de este puñado de jugadores. Seguro de eso. Lo mejor, para el final, como en los cuentos. Dicen que un yugoslavo llamado Popovic anotó con unos tiros libres, los primeros puntos de la historia de los Mundiales, en 1950, en el Luna Park bonaerense. Zoran Savic, con una canasta sobre la bocina, cerraba el círculo yugoslavo, en el mismo escenario, en el punto más alto de la belleza de este juego.

Memorias desde el sillón. Capítulo 4: El broche de oro

17 DE AGOSTO

Fue el encuentro más bello. La exhuberancia, el poderío mezclado con la finura que da el arte bien tallado, todo eso significó la semifinal entre Yugoslavia y Estados Unidos. El asombro de los privilegiados asistentes, el embelesamiento del televidente delante de un aparato que emitía algo que esta vez sí, hipnotizaba, irrigó en todos. Yugoslavia disputó un encuentro a conciencia y demostrar quienes eran. Que MIke Krzyzewski, hombre destacado y venerado, testigo de proezas y estrellas incipientes, llegara a verse impotente ante la selección de Dusan Ivkovic y debiese reconocer en rueda de prensa que “no podemos enviar a niños a lucha contra hombres”, es el cerrojo hacia el cofre más ornamentado que custodió aquel espectáculo. Desarbolado e inoperante desde el banquillo, asistió a la eliminación de su selección con la desesperación de quien nada pudiese hacer en cien días frente a sus rivales. Rivales, de los que Chuck Daly fue testigo en el siguiente Eurobasket romano (sin Drazen Petrovic), conocedor ya de su cargo de entrenador del equipo estadounidense NBA que disputaría los Juegos Olímpicos de Barcelona, y que llegó a definir como “un demonio de equipo. Yo tendré una gran plantilla, pero enfrentarnos a ellos va a ser la madre de todos los partidos”. Tan trágica es a veces la historia.

Estados Unidos sí que aguantó en la primera mitad, con un generoso y agradecido trabajo de Alonzo Mourning en las rápidas transiciones que forzaba Kenny Anderson y ganando la partida a un Vlade Divac, cuyo pasotismo ya era más que alarmante (51-43 al descanso). Toni Kukoc desarboló la defensa yankee puesto que el atrevido “Coach K” situó a su ala-pívot Mark Randall a marcar a la estrella de la Jugoplastika, que decidió dirigir al equipo a 10 metros del aro, dejando hueco a las penetraciones llenas de fuerza de Zarko Paspalj, o que el bueno de Drazen tuviese todo el espacio posible para maniobrar.

La segunda mitad fue un decálogo de como empequeñecer a un rival. Krzyzewski decide que la defensa en zona 2-3 pudiese ser una solución para cubrir los espacios y los defectos ya comentados. Los periodistas europeos, desde sus pupitres, se echaban las manos a la cabeza, conscientes del suicidio al que se iba a someter. Un triple de Zarko Paspalj abrió la lata. Le siguieron tres triples consecutivos de Drazen Petrovic, entre miradas y jugadores estadounidenses que recriminaban unos a otros el “ahí sales tú, que es tu parcela. Que no, que yo estoy en esta otra”. Toni Kukoc recoge el balón de un tapón, recorre la pista a toda velocidad, marca los dos pasos para hacer la entrada y con el brazo extendido, suelta el balón cuando estaba cayendo del salto ante la fuerte oposición de Mourning. La pelota pasa medio palmo por encima del amenazante del pívot americano y acaba entrando suavemente. Toni Kukoc de nuevo, se arranca tras una preciosa finta en cambio de dirección, entra a canasta y en el último momento da una magnífica asistencia para la canasta de Zoran Savic, que logra tiro adicional. Kukoc hace y deshace, juega y hace jugar. Todo ante la helada mirada de los rivales que no saben cómo detener la sangría: de un 60-57 que llegaron a reducir, a un 66-57, a un 71-59, a un 87-69 y culminado con un 90-71. Encuentro sentenciado. Dusan Ivkovic retira a Drazen Petrovic de la pista y se dan los tres típicos besos balcánicos a modo de agradecimiento por lo mostrado, ante una estruendosa ovación. A un hombre tan exigente como Ivkovic, poco dado a estas muestras, que tenga que ocultar sonrisas que no se pueden disimular observando a sus pupilos, es un premio al alcance de pocos. La lucha y el orgullo final de los americanos hicieron reducir el marcador hasta el concluyente 99-91. Yugoslavia a la final.

Archivo fotográfico Museo FEB ESPACIO

En la segunda semifinal saltó una pequeña sorpresa con la victoria de la Unión Soviética (98-82) a la imbatida Puerto Rico. En el peor encuentro de los boricuas en este Mundobasket, se vieron claramente superados por la polivalencia y rocosidad de los soviéticos. Solamente tuvieron flashes de buen juego cuando sus pívots, sobre todo el recientemente fichado por el F.C. Barcelona, José “Piculín” Ortiz, funcionaba. Alexander Belostenny fue un muro infranqueable, Volkov fue demasiado veloz para sus marcadores y si de velocidad hablamos, la aparición estelar en la segunda mitad de Sergei Bazarevich, ese base rescatado seis años después de que brillara como junior a nivel internacional, con 19 puntos (16 en la segunda mitad), dieron al traste con los sueños de final de los hombres de Raymond Dalmau, hasta el momento el entrenador que mejor ha movido sus fichas en este campeonato.

Los soviéticos -un poco menos soviéticos-, sin el ya consabido cuarteto de lituanos (Homicius, Marchulenis, Kurtinaitis y Sabonis), se ganaron un más que merecido puesto en la final. Llevaban una trayectoria en este Mundobasket sorprendentemente firme, apalizando a equipos duros como Argentina o Grecia, y tan sólo cedieron ante los yugoslavos, eso sí, de forma clara. El base Tiik Sokk, el escolta Gundras Vetra, más Valery Tikhonenko y los mencionados Volkov y Belostenny, sumados a un poco consistente banquillo, en el que hubo que recuperar jugadores más de segunda fila -pero que cumplieron notablemente- como Viktor Berezhnoi, Sukharev o Lopatov, dieron un gran rendimiento dirigidos por el lituano -el único- Vladas Garastas. Bueno, dirigidos oficialmente, pues quien movía los hilos de todo, era el presidente de la Federación Soviética, que sentado en el banquillo, se alzaba, daba órdenes en la banda e instrucciones precisas a Garastas antes de cualquier tiempo muerto: el inefable y siempre presente Alexander Gomelski.

18 DE AGOSTO

Día en el que se citaron en la final de consolación, la lucha por la medalla de bronce, Estados Unidos y Puerto Rico. Los estadounidenses, que rozando el milagro derrotaron a Grecia el primer día, que sí llegaron al calificativo de milagro para remontar y derrotar a Australia en los últimos minutos de la fase de cuartos de final, hasta perder con los portorriqueños en la versión argentina de “tanto va el cántaro a la fuente…”, superaron cualquier calificativo cuando en el nuevo duelo frente a los boricuas por el bronce, fueron capaces de empatar un 96-88 que tenían en contra a falta de 01:50, en una sucesión tan chocante como asombrosa de tres pérdidas de balón consecutivas que llegaron a forzar. A la magnífica despedida de Alonzo Mourning, que aunaba momentos de descontrol, gritos, airosos gestos, con otros de colocar 5 tapones en 5 minutos, se le unió Kenny Anderson, artífice de los dos tiros libres que forzaron la prórroga y los jugadores estadounidenses que fueron creciendo según transcurría el torneo, elevando número de minutos y protagonismo. Así, chicos como Chris Gatling, Doug Smith o Bryant Stith fueron robando minutos a otros que no daban un nivel defensivo adecuado. Ante un desastre de arbitraje que llegó a desesperar a todos -tónica del campeonato, del que se salvaron francamente pocos, el español Vicente Sanchis entre otros. Por eso dirigió la final. ¿Dónde estaban los de los Goodwill Games?- “Piculín” Ortiz, Ramón Rivas y Edgar León acabaron descentrados y despistados. De esta manera tan decepcionante, Puerto Rico se vio privado de una medalla de bronce que lograron los chicos de Mike Krzyzewski con tanta, tanta fortuna que debieran irse con una sonrisa de satisfacción para casa.

19 DE AGOSTO

“Yo estoy absolutamente indignado. No entiendo para qué le han servido a Díaz Miguel los asistentes, el que no digan todos a la cara lo que tienen que decir. En definitiva, esta Selección con su falta hoy de lucha, parecía una selección de 1ª B, con todos mis respetos para los jugadores de 1ª B, que estoy convencido que lo hubiesen hecho mucho mejor aquí”.

Así despidió Ramón Trecet en el plató de televisión, la actuación de la Selección Española tras su último partido en la tortura de Salta, en la lucha por el 9º puesto ante Italia. Aquel equipo que se vio abocado a la estacada por un triple empate y que sí tuvo interés en quedar campeón de la “liga del hoyo”, mientras a los españoles, esta última cita les sobraba del calendario y no hubo mucho ímpetu por disputarlo (83-106). Relegados finalmente al 10º puesto, la peor clasificación en la historia de la Selección Española en sus cinco apariciones en Mundiales. Un ambiente muy enrarecido en el seno del equipo, en el que por los pasillos se oían multitud de críticas al seleccionador, excepto cuando el periodista acercaba la grabadora o sacaba la libreta y lápiz, y que Díaz Miguel oliéndose tal hedor, convocó tras la eliminación en Villa Ballester a todos los jugadores a la rueda de prensa, y con los 12 junto a él, expuso sus razones del fracaso intentando hacer partícipes a sus jugadores con coletillas de “¿verdad, fulanito? ¿A que sí, zutanito? dirigiéndose a quienes más “piaron” a espaldas y que en esa ocasión callaban. El caso es que el mosqueo tras la derrota ante Italia fue generalizado, máxime cuando Antonio declaró aquello de “a los Juegos de Barcelona irán los mejores en ese momento”, tras aguantar dos años de operación “renove” entre los internacionales, sacrificando resultados, en vista de la gran cita olímpica en el que todos decían “más vale que se despabilen, que a dos años vista y con este panorama, no se llega a ninguna parte” (no andaban muy equivocados).

Tal fue el desespero de Pedro Barthe de tener que soportar en Salta tales “exhibiciones”, que en su vuelta a Buenos Aires para narrar la finalísima entre la URSS y Yugoslavia, tras las dos primeras canastas, tuvo que soltar un “qué maravilla de baloncesto. Ya no me acordaba de lo que era este deporte jugado a este nivel”. El caso es que tal final no tuvo color, como ya se intuía. El 100-77 de este mismo enfrentamiento cuatro días antes, estuvo muy presente en la mente de todos. Y unos que se veían muy superiores y otros, con un yugo invisible que parecía que les impedía competir, hicieron que el choque fuese descafeinado desde el primer momento. Eso sí, con el espectáculo de rigor de los balcánicos desde el primer momento a lo largo de toda la primera mitad.

Con 12-5, Alexander Gomelski…perdón, Vladas Garastas, solicitó el primer tiempo muerto, aunque daba igual. En el minuto 9 ya iban 26-10 y mala pinta para un equipo que volvía a recurrir a la velocidad de Sergei Bazarevich, puesto que Volkov se asfixiaba ante la marca de Paspalj y las ayudas de un poco más integrado Divac, Vetra se ahogaba en un mar de fintas de tiro sin llegar a lanzar y Tikhonenko veía que no tenía el día en el tiro. Por contra, Drazen Petrovic iba a lo suyo, incluso permitirse el lujo de anotar una canasta de cabeza con el tiempo ya acabado, cabeceando un balón que escupió el aro, haciendo que subiera más allá del tablero y entrando limpio. Y es que, cuando está el santo de cara, hasta un pase bombeado de Kukoc a saque de banda, acaba en canasta directa -e invalidada, por supuesto-, para la sonrisa y sorna de todos. Este es el estado de los yugoslavos, que sí que defendieron durante toda la primera mitad a un excelente nivel. Vuelvo a repetir, sello de identidad que ha implantando Ivkovic a este equipo y que afianzaba aún más su enorme superioridad respecto a cualquier otro rival.

La segunda mitad no tuvo la brillantez de la primera, los soviéticos aprovecharon para acercarse en el electrónico por debajo de los 10 puntos, pero nunca, nunca dando una sensación de peligro. Manos a la obra y la orfebrería en forma de un mate en “alley-oop” de Toni Kukoc tras una pared con un compañero, con los dos pases en menos de dos segundos. ¿Que no tiene mucho mérito? Recuerden que antes estaba prohibido recoger el balón por encima del nivel del aro, debiéndose coger por debajo, subirlo y hundiéndolo en la canasta, todo en el mismo gesto. Para “la pantera rosa” de Split, el movimiento no tenía ningún secreto, pero sí para los aficionados que aplaudieron a rabiar la acción. En definitiva, 92-75 al final del partido para Yugoslavia, que era el único favorito en este Mundobasket, que confirmó las previsiones, pero superó las expectativas con el juego demostrado para nuestro regocijo.

El Mundobasket argentino echaba el cerrojo. Un torneo que tuvo sus momentos, una selección de bandera, pero pocos más argumentos para ser recordado si no es por Yugoslavia. Con Oscar Schmidt como máximo anotador con más de 34 puntos de promedio (¿cómo no?), seguido por Antonello Riva, Panagiottis Giannakis, Andrew Gaze y Jordi Villacampa, con la sorpresa positiva de Puerto Rico, el fracaso español, Yugoslavia, como verdadero dominador del baloncesto FIBA, decía adiós al Luna Park. En Estados Unidos se acababa de fundar la llamada USA Basketball tras la reciente apertura de la FIBA a jugadores de la NBA, con muchas ambiciones para replicar este absolutismo balcánico.

Momentos antes de subir a ese mini-podium, Drazen Petrovic susurra al oído a Toni Kukoc algo que parece haber visto y que no le ha gustado.

FOTO 1: Pódium en el Luna Park bonaerense, con Valery Tikhonenko, Drazen Petrovic y Alonzo Mourning.

FOTO 2: Rafa Jofresa entrando a canasta en la sede de Salta, donde se culminó la horrible actuación española con un 10º puesto.

FOTO 3: Alonzo Mourning lanzando un gancho en la semifinal Estados Unidos-Yugoslavia, con la oposición de Divac, ante la mirada de Zarko Paspalj (Archivo fotográfico Museo FEB ESPACIO).

FOTO 4: Drazen Petrovic lanzando un tiro libre en una preciosa imagen del Luna Park.

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3