Alberto Herreros, una odisea en oro y gualda (y 4ª parte)

Alberto Herreros, una odisea en oro y gualda (y 4ª parte)

Antonio Rodríguez

EL MERECIDO FINAL PARA EL GANADOR

Tras la plata de París, respirar élite nuevamente, era gratificante. Y los Juegos Olímpicos de Sidney en el 2000, visto en la distancia, aunque su 9º puesto significase un batacazo -ganando tan solo a Angola y China-, quizás supongan un paso atrás, para tomar carrerilla. Evalúenlo.

              “Me acuerdo de aquellos Juegos Olímpicos, porque fui lesionado. Jugamos un partido de preparación en Francia, en Pau. Y yo no podía. Piensa que no jugué la final ACB, porque me hice muchísimo daño en un pie frente a Estudiantes. Tenía los ligamentos rotos. Me probaban y estuve hablando con Lolo. ‘Lolo, no te voy a poder ayudar. Tengo el pie con muchos dolores’. Se me ponía como una bota de hinchado y me dijo ‘yo confío en ti, prefiero que estés tú a traernos otro. Solo te pido un esfuerzo’. Claro, cuando te lo pide un hombre como Lolo Sainz, no te queda más remedio que acceder. Pepe Sáez igual, me dijo que confiaba en mí y agradecía mucho el esfuerzo que iba a hacer.

              A distancia, jugar unos Juegos Olímpicos, está muy bien. Además, conocer una ciudad como Sidney, un país como Australia, es maravilloso. Pero a lo mejor, me lo tenía que haber pensado, porque cuando llegué a Madrid, estuve dos meses sin poder jugar, sin poder poner un zapato siquiera. Fue terrible”.

              Optimismo previo por el metal de un año antes, quizás sin querer ver que el resto de competidores, iban con todo su arsenal. Allí no se dejó ningún jugador en la estacada, que eran unos Juegos.

              “En Sidney, Rusia tenía un equipazo brutal con Kirilenko y aquel Tchikalkine que nos mató. Luego, Canadá con Steve Nash, MacCulloch, más Serbia. Nos jugamos el pase debiendo ganar a Australia y en sus Juegos, para ser al menos cuartos y enfrentarnos a Estados Unidos en el cruce. Y todos hicimos un buen partido ante los australianos, estábamos como locos por ganarles, aunque tuviesen a Longley a Andrew Gaze. Fue muy equilibrado y al final perdimos. Recuerdo que, al acabar, ya en los vestuarios, me miré el pie y fue cuando pensé que no podía ni moverme. Es una experiencia brutal, pero no tenía que haber ido. A todo pasado, es fácil decirlo”.

En Sidney nos topamos con todo, como aquí De La Fuente ante Bashminov.

              En Sidney, ante tanta decepción de resultados, ante nuestras narices, vimos la puerta hacia el futuro. Y lo que se intuía, aunque estuviese entreabierta, nos encantaba. Una pista de baloncesto con dos intrusos: Raül López y Juan Carlos Navarro.

              “Ya se veía que eran jugadores especiales. Incluso tenía que haber ido Pau Gasol ya, porque son esos Juegos Olímpicos en que España no tenía demasiadas posibilidades de jugar por las medallas. Y creo que debió haber un cambio generacional más brusco, aceptando a Pau allí, o Felipe. Meter algunos jugadores jóvenes más.

Raül y Navarro… es que era divertido hasta verlos en el hotel, verlos andando por la calle y sobre todo, entrenando. Yo, de verdad, es que no he visto… Porque al final, Pau es un hombre que tiene muchísimo talento, pero es un tío de 2,15. Pero… ¡estos dos!... Con ese físico, hacían unas cosas… Era súper divertido ir a entrenar con ellos. Era espectacular. No he visto nada igual de talento en mi vida como Raül y Juan Carlos. En mi vida. Navarro era un jugador tan especial, es que parece que … era rapidísimo. Y luego, como dicen los argentinos, es que tenía gol. Se inventaba unas canastas. Claro, “la bomba” era prácticamente imparable. No he visto un talento igual en mi vida. En mi vida. Y fuera de la cancha, a estos dos chicos, es que les quieres. Era para llevártelos a tu casa y estar con ellos todo el día, porque son dos fenómenos”.

Fueron una avanzadilla de lo que llegó a continuación. Porque Alberto Herreros, tras once años de travesía, tras ver aquel pie, recién finalizado el choque ante Australia, decidió que ya era suficiente.

Alberto, competidor nato 

“Después de los Juegos Olímpicos, me retiré. Viendo como acabé, aquella experiencia con el pie, yo ya con 31 años, lo dejé. Hablé con Pepe Sáez y con Ernesto Segura de Luna y les dije que no podía más. Me acuerdo que en el verano del 2001 me llamó Javier Imbroda, nuevo seleccionador y me fui a un hotel a Guadalajara, porque me dijo que quería hablar conmigo. Me pidió que volviera, que él me necesitaba. Pero yo no podía. Tenía que despejarme y curarme. Aquella temporada posterior a Sidney fue durísima para mí. Me dio guerra el pie todo el año”.

Alberto Herreros, nexo entre la generación del 59 y del 80. Travesía larga, demasiado, de sinsabores y desesperos defendiendo el escudo nacional, al que nunca dio la espalda, sino que se echó sobre sus hombros la responsabilidad de reconducir una nave que, por momentos, zozobraba a la deriva. Un tipo de raza, de baloncesto fácil, de mecánica suave y carácter fuerte, cuyo camino no podía finalizar así. Aún quedaba un último capítulo. Sucedió en el verano de 2003, de cara al Eurobasket sueco.

“Fue un tema de José Luis Sáez. La primera llamada me la hace Moncho López, el seleccionador. Me dice que quiere contar conmigo, que nos falta un tirador para ser una selección de verdad y luchar por el oro. ‘Moncho, yo llevo ya dos años retirado. Yo no sé si te voy a aportar’. Y me ruega que ‘quiero que aprendan un poco de tu mentalidad a la hora de hacer equipo’. Yo siempre he considerado al equipo por encima de todo. Le prometo a Moncho que me lo pienso. Y es que… es muy agradable que te llame el seleccionador nacional y que diga que cuenta contigo. Porque yo ya tenía 33 años”.

Clave fue que aquella temporada fue inusualmente corta para el Real Madrid. El fracaso fue mayúsculo y por primera -y única- vez en la historia blanca, no se clasificaron para el Playoff. Alberto tuvo un descanso más prolongado y ganas de hacer lo que no pudo ejercer aquel curso: competir.

“Y la llamada de Sáez es la que me convence del todo. Un hombre con el que hemos pasado tantas alegrías y tantos disgustos juntos, pues al final hablo con mi familia y pienso que es la oportunidad de mi vida de conseguir una medalla de oro con la Selección Española. Con Pau, Navarro, Raül… me apetecía. Además, muy mal se tenía que dar para no jugar la final con ese tipo de jugadores.

Fue un campeonato importante para nosotros. Yo no jugaba muchos minutos, pero me encontraba muy a gusto con ellos, porque era disfrutar cada entrenamiento viendo aquella generación. Lo que es hoy día, ¿no? Fue tremendo, para mí fue una alegría ir a aportar y disfrutar con ellos. Y la única pena fue perder aquella final ante Lituania. Ellos tenían un gran equipo y perdimos. Pero se veía que esta Selección iba a dominar Europa. Que Pau Gasol iba a ser uno de los mejores aquí y en la NBA, como ha demostrado”.

Un final como realmente se merecía.

Ojos de aficionado a los 33 años. Mirada casi infantil ante todo lo que tenía alrededor, como si fueran un regalo de noche Reyes.

“Íbamos en los partidos de preparación, a Salamanca, a Cádiz… Ya no solo era que fuesen grandísimos jugadores, sino que lo que generaban en la gente, esa ilusión. Otros años, yo iba con la Selección… y es que no te recibía ni el director del hotel. Y con estos… ¡es que parecíamos los Rolling Stones! El viaje que hicimos a Salamanca, cuando llegamos a la puerta del hotel, si no había quinientas, seiscientas personas, es que no había nadie. De verdad, se te ponía la piel de gallina. Y claro, mirabas para atrás, veías a estos y decías ‘claro, es que lo entiendo’. Estamos hablando de gente que genera algo especial.

La verdad, aquella experiencia fue tremenda. Jugar con Pau, Juan Carlos, Garbajosa, Felipe… no me arrepentí de nada. Y lo único que me duele es no conseguir el oro. Quizás llegó demasiado pronto para ellos. Pero fue tremendo. Y Pau fue el mejor jugador del Eurobasket, claro. Fue un espectáculo. Lituania tenía más empaque, sus jugadores eran más veteranos. Suecia, para esta selección, significará ‘ah, bueno, sí. Jugamos la final’. Porque han ganado tanto después, tantas cosas… Y luego, es que son tan, tan ganadores y se llevan tan bien. Hay una química tan buena, que España es muy difícil que no juegue las finales. Es que parece difícil que no las jueguen”.

Una medalla de plata conquistada en el epílogo de su travesía, que con el tiempo se fue tiñendo de oro, porque así lo transformó esta bendita hornada que tomó el relevo, sea Japón, Polonia, Lituania, Francia … y ahora, China. El reconocimiento a alguien que, demasiadas veces agachó la cabeza con la Selección sin merecerlo. Puño cerrado, grito de rabia, gracilidad en el tiro y gestos elegantes. Alberto Herreros, a pesar de los pesares, de las circunstancias y huelgas, de las zonas 1-3-1, de aros olímpicos que se derretían en sus manos. El destino le hizo un guiño final para arrancarle una sonrisa.

Donando su camiseta a la Fundación Ferrándiz.

 

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