Alberto Herreros, una odisea en oro y gualda

Alberto Herreros, una odisea en oro y gualda

Antonio Rodríguez

              Esta es una historia de verano. Concretamente, de diez veranos. De infortunios y decepciones, de fracasos y hasta peor aún, indiferencia. Llenar el horno del dolor a paladas de derrotas inesperadas, convocatoria tras convocatoria.

Piensen en los aficionados actuales de nuestro país y lo que representa para ellos la Selección Española. Combinado que surca glorias para llegar a medallas. El oro en la pasada Copa del Mundo cuando pocos lo esperaban. Platas olímpicas que saben a oro. Actual relevo con aromas y vestigios de la generación del 80, cuyo espíritu aún perdura. Sencillamente, la razón para que miles de aficionados se aficionasen al baloncesto. Como ya sucedió a mitad de los 80, con otra bendita generación, la del 59, que nos regaló la plata de Nantes y la de Los Angeles, cuando el baloncesto pareció ser más grande que nunca y el ejército de nuevos aficionados que se asomaron, se contaban por millones. Éxitos y agasajos en unos y en otros.

Y ahora, entre ambas, les invitamos a asomarse a un vacío, a la oscuridad más penetrante. Grises y negros mate, sin un mínimo haz de brillantez. Es la década de los 90, que produce hasta mal sabor de boca. Un cuento de desheredados, de los que gusta escribir y dicen poseedores de las verdaderas historias en el séptimo arte. Los otros, la cara oculta. Precisamente en los días de mayor gloria presentes de la Selección Española, el recuerdo para los que, con palmas ensangrentadas, se aferraron a la soga para sostener la nave que iba a la deriva. Y entre ellos, un líder, un privilegiado, destinado a navegar rumbo a tierras prometidas, cuyos gritos quedaban ahogados por la virulencia de las tormentas que acometió una y otra vez. “Es que ves que pasan las oportunidades. Que pasan y al final, de verdad, acabas desesperado”. Alberto Herreros Ros era la estampa de todo aquello.

Juan Antonio San Epifanio, horas de trabajo en yunque a base de hierro y fuego, veía perplejo la facilidad con la que su baloncesto fluía.  Nadie, nadie con la calidad que atesoraba Alberto Herreros, ganador como pocos, máximo anotador en un Mundial (en 1998) y en un Eurobasket un año después (1999), estandarte, santo y seña de una década a caballo entre las dos generaciones citadas, ha tenido peor suerte defendiendo los colores de la roja y gualda. 172 internacionalidades representando al Equipo Nacional que, a modo de justicia, más ganada que divina, quiso verlo en un final feliz. El epílogo en días de sol y felicidad, logrando el reconocimiento colectivo que siempre anheló. “Yo siempre he considerado al equipo por encima de todo”. El individual lo logró mucho tiempo atrás, aunque eso, en el caso de Alberto, no era suficiente. Ni remotamente suficiente. Nuestra fortuna de poder repasar toda su trayectoria. Su expresividad para hacer un repaso durante horas. Tragedia griega delante de una cámara.

 

EL DEBUT

Alberto Herreros junto a Drazen Petrovic.

              Alberto Herreros fue empuje, esfuerzo, apretón de dientes cuando las fuerzas fallaban. Protagonista en la canasta final, logros nunca sonreídos por la fortuna que agasajó a rivales concretos, que se cruzaron en su camino, nuestro camino. “No hay nada peor que enfrentarte a un equipo inferior a ti y crea que te puede ganar”.

Esta historia comenzó un 31 de mayo de 1990, cuando debutó con la selección absoluta en Algeciras, con motivo de un torneo amistoso, ante un combinado estadounidense de la Big Eight (actualmente, Big 12), donde anotó 13 puntos -no con Checoslovaquia como él recuerda, que fue al día siguiente-.

              “Fue un muy buen año para mí con Estudiantes. Recuerdo que jugamos contra el F.C. Barcelona en semifinales ligueras y vino Díaz Miguel a verlo. Me llamó a la salida del último partido y me dijo que quería contar conmigo, que tenía muchas esperanzas en mí y formar parte del Equipo Nacional. Imagínate, yo que no me esperaba nada. Fue todo rapidísimo, porque llevaba jugando a nivel federado y profesional tres años. Estaba como loco. Me acuerdo que de esos partidos, creo que tengo mi récord personal en ocho triples (8 de 10) que hice en Málaga en cuartos de final. Fue un gran Playoff. Les ganamos 0-2 al Caja de Ronda de Rickey Brown, Joe Arlauckas, Rafa Vecina… y a partir de ahí, fue la nota que abrió los ojos a la gente de la Federación Española para que yo fuera allí”.

              Un camino meteórico para alguien que apenas llevaba cuatro años jugando al baloncesto.

              “Es cierto, yo comencé a jugar muy tarde. Empecé s saber lo que era un balón de baloncesto con 15 ó 16 años, en las pistas del instituto. Yo antes jugaba al fútbol, federado y el baloncesto no me llamaba mucho la atención. Hasta que un verano crecí, no sé, 10 ó 12 centímetros. A mis hermanos les gustaba mucho el baloncesto y jugaba de vez en cuando con ellos y su círculo de amistades. Pero, vamos, como hobby. Y la anécdota es que fui con un amigo mío, que quería probar con Menesianos y me pidió que le acompañase. Y les faltaba un chaval para ser 10 y jugar un 5 contra 5. Con lo que me puse con ellos. Al verme, parece que les interesé y me cogieron. Y a partir de ahí, ya recuerdo que ese año lo hice bien. Me llamaron de Estudiantes, de Canoe, de varios equipos… y decidí Canoe, porque allí había jugado mi tío hacía muchos años”.

              España aún vivía días de vino y rosas con el baloncesto. El boom seguía coleando y cada vez se empleaba más dinero en fichajes. De hecho, aquel verano de 1990 mencionado, fue toda una convulsión económica por el fichaje de José Antonio Montero por el F.C. Barcelona. En tierras argentinas, sede del Mundobasket’90, era conocido como el jugador “del millón de dólares”.

              Antes de desembarcar en la población porteña de Villa Ballester, al cobijo de Buenos Aires, nuestro combinado se probó en los Goodwill Games (Juegos de la Buena Voluntad) que Ted Turner se inventó y pagaba de su bolsillo, buscando con el deporte, unir lazos entre estadounidenses y soviéticos, con un marcado interés comercial. Era unos Juegos Olímpicos en miniatura cada cuatro años, con países de todo el mundo llegados por invitación, cuya sede se iban intercalando entre la URSS y Estados Unidos. Ahora Moscú, ahora Seattle. Luego San Petersburgo, posteriormente New York. El torneo de baloncesto dentro de estos Goodwill Games de Seattle’90, fue uno de los eventos más atractivos entre toda la colección de deportes, aunque no atrajo a mucho público yanqui. El Memorial Coliseum, pabellón donde habitualmente jugaban los Seattle Supersonics, mostraba más claros en sus gradas que público.

              “Aquel torneo me sirvió para calibrar fuerzas y nivel con otros jugadores. Allí estaban Oscar Schmidt con Brasil, que para mí era un auténtico ídolo. Andrew Gaze en Australia, “Piculín” Ortiz con Puerto Rico, grandes jugadores. Estados Unidos tenían chavales muy fuertes, como Alonzo Mourning, Billy Owens o Kenny Anderson. Fue la primera piedra de toque para darme cuenta dónde me había metido y dónde estaba. Pero es verdad que, allí no había mucho ambiente de baloncesto”.

              Esa experiencia, deportivamente hablando, no fue destacada. Tras el debut perdiendo ante Brasil (114-89), se ganó a Australia (78-71) y acabar el grupo cediendo ante la inexpugnable Yugoslavia, la gran favorita, que posteriormente se proclamó campeona, por 81-67. Nos relegó a jugar del quinto al octavo puesto entre los ocho participantes, clasificándonos octavos y últimos finalmente al perder con Puerto Rico (75-74) e Italia en la prórroga (105-96).

Díaz Miguel llevó finalmente hacia Argentina una selección repleta de bases (José Montero, Rafa Jofresa, José Ángel Arcega y José Miguel Antúnez) y escaso poder interior, con tres pívots (Ferrán Martínez, Fernando Romay y Quique Andreu). Si el primero acarreaba problemas con el tobillo en Seattle, acentuados durante el Mundial -siendo operado a su vuelta a España-, Romay se fracturó la mano el segundo día ante Grecia.

              “Lo de Argentina fue un desastre. Además, con muchas lesiones. No teníamos apenas postes. Recuerdo que jugaron como interiores Paco Zapata y Manel Bosch y colectivamente, fue un auténtico desastre. En nuestro grupo estaba Estados Unidos y nos la teníamos que jugar frente a Grecia, en un partido a cara o cruz. Ahí se nos lesionó Romay y no creo que tuviéramos opciones de pelearnos con ellos, porque Grecia tenía un grandísimo equipo. Vale que no contaban con Gallis, pero Giannakis, Fassoulas… y Christodoulou. Fannis Christodoulou siempre fue nuestra bestia negra. Ese día metió 6 de 7 en triples. Siempre lo fue. Me acuerdo que jugamos un Europeo y un Mundial en Grecia posteriormente y también nos machacó cuando jugamos los cuartos de final contra ellos. Siempre ha sido nuestra bestia negra”.

              Frente a Estados Unidos, al día siguiente, se jugó con alegría, pero nunca tuvimos recursos interiores como para luchar ante el citado Mourning, Christian Laettner, Mark Randall o Doug Smith. Nuestro protagonista tenía el papel de tirador, muy escaso en el combinado, pero con 20 años en sus primeros partidos oficiales, poco entraba en rotación en aquellos envites. Eliminados en la fase previa, tocó viajar al norte del país, a Salta, a “la liga del hoyo” como la bautizaron los voluntariosos periodistas allí presentes, a disputar la novena plaza frente a Egipto, China, Venezuela (donde Villacampa consiguió el récord de anotación individual con la Selección, 48 puntos), Canadá e Italia. El panorama en aquel pabellón era desolador, con unos cuantos críos salidos de los colegios gritando desde las gradas. Pero…

              “Al final, compartir vestuario con gente como Andrés Jiménez, Rafa Jofresa, Villacampa o Montero, eso enriquece, sobre todo la primera vez. ¿Qué las cosas no fueron del todo bien al equipo? Pues es verdad. Pero a nivel individual, a partir de la segunda fase, jugué muchos minutos, hice buenos partidos y en realidad, fue una experiencia que me supo de maravilla. A partir de ahí, fui yendo a la Selección a menudo y con otro rol”.

              Décimos fue la posición final. El desencanto, transmitido por los ¡80 enviados especiales! entre los medios de comunicación desplazados allí, máximo de cualquier otro país en la época, era enorme. Antonio Díaz Miguel, que en contra de lo que se dijo, jamás intento cambiar la mecánica de tiro de Herreros, fue el objetivo de las críticas. “Eso es mentira. Antonio se portó siempre muy bien conmigo”. Las miras y el “quemar etapas” estaban direccionados hacia los Juegos Olímpicos de Barcelona’92. Y como escribió Paco Torres como cabecera de su revista Gigantes, “si de quemar etapas se trataba, en Argentina nos hemos abrasado”.

              El camino de Alberto Herreros con la Selección comenzaba a estar exento de alegrías, cuando llegó la medalla de bronce en el Eurobasket de Roma en 1991, en los últimos días de junio. “En Roma no estuve. Sufrí una tendinitis en el hombro y no pude ir. Me tenía que reservar. Díaz Miguel me pidió que fuera, que quería verme en Roma, pero le dije que estaba fastidiado”. Aquel torneo de 8 selecciones fue la confirmación de Rafa Jofresa en el puesto de base y de Juan Antonio Orenga, debutante y bastión bajo los aros, del que tanto adolecíamos. “Y sí recuerdo que Antonio llevó a Silvano Bustos y Mike Hansen, que entonces aún jugaba en Louisiana State junto a Shaquille O’Neal”.

 

EL INFIERNO: LOS JUEGOS OLÍMPICOS DE BARCELONA

Un jovencísimo Herreros, en el Mundial argentino.

              Sin mucha brillantez, excepto el día de semifinales ante Italia en el que unos minutos de desconexión y cierta ayuda arbitral a los anfitriones, apeó a la Selección Española de la gran final, se logra un bronce. Y un bronce es un bronce. Eso, más la exitosa marcha de los clubes españoles por Europa en la temporada 91/92, parecía impulsar nuevamente nuestro baloncesto fuera de nuestras fronteras. El Real Madrid, campeón de la Recopa de Europa, con el robo de Rickey Brown a Fassoulas en Gante y dos representantes, Joventut y Estudiantes, en la Final Four de Estambul, , fueron estandartes muy representativos. Y al fin llegó la gran cita: los Juegos Olímpicos de Barcelona’92. Todo un país engalanado para la ocasión y un deporte, el nuestro, vestido de etiqueta para recibir al Dream Team, el mayor impacto en mucho tiempo. Sin embargo, el relator de lo sucedido a nuestro baloncesto español aquel verano del 92, tuvo que volverse loco con lo que vivimos.

              Por un lado, Antonio Díaz Miguel realizó una preselección abierta, donde iban cayendo jugadores. Antonio Martín, uno de los grandes valedores bajo tableros, tuvo que decir adiós, tras una operación en la parte cervical de la columna por un golpe recibido por Corny Thompson en la final de liga. Ferrán Martínez llegaría tarde a la concentración a causa de otra lesión, con lo que Díaz Miguel decidió prescindir de él. Pep Cargol se autoexcluyó y Nacho Solozábal decidió retirarse de la práctica del baloncesto aquel verano, tras ser cortado por su club de toda la vida, el Barça. Partidos de preparación en Palma de Mallorca, Ibiza y Sevilla, nos hicieron ver que estábamos muy alejados del nivel de las recientemente creadas repúblicas de Croacia y Lituania, expectantes estos por disputar el Preolímpico y clasificarse a los Juegos. La radiografía era clara: al nivel de los presumibles medallistas, no llegábamos ni por asomo.

A la aparición de Eslovenia, Letonia, las citadas Croacia y Lituania que saltaban a la palestra en el baloncesto del Viejo Continente, se asoma el decepcionante contrapunto de la sanción confirmada a Yugoslavia en aquellos días, apartando al mejor equipo del panorama FIBA. Y la peor nube que iba rondado, se cernía sobre todas las cabezas en el baloncesto español. La polémica por la llegada del tercer extranjero para la siguiente liga 92/93, explotó en tormenta cuando la ACB decretó que su incorporación era innegociable, al tiempo que España disputaba el torneo “V Centenario” en la lejana Puerto Rico, ante rivales de medio pelo. Y la Asociación de Jugadores comenzó a amenazar. Pancartas previas a los partidos durante la preparación, expuestas junto a los seleccionados del “No al tercer extranjero” dieron paso a huelgas de medias jornadas en los entrenamientos durante la preparación que, con el apoyo de la gran masa de jugadores, se llegó a extender a una huelga total, que pudiera alargarse en el tiempo. Faltaban 20 días para el inicio de los Juegos Olímpicos.

              “Fue terrible. Terrible. Es que prácticamente no hubo entrenamientos. Entre las huelgas por el tercer extranjero, un día no entrenas, otro tampoco… En la Selección había mucha gente que formaba parte de la directiva de la ABP (Asociación de Jugadores) y los concentrados en el Equipo Nacional éramos quienes dábamos la cara por todos. Había tantas cosas… No pudimos nunca apartar la mente de aquello y centrarnos hacia lo que realmente nos importaba, que era hacer unos Juegos Olímpicos en casa lo mejor posible, jugar a un gran nivel. No salió nada bien”.

              Feos cruces de declaraciones, incluso la amenaza de Ernesto Segura de Luna, presidente de la FEB, de retirar el equipo del torneo olímpico. Días después se desconvocó la huelga, a causa de cierto acercamiento de un “tres extranjeros, pero solo dos en pista” que nunca fue real y entre amenazas de los clubes a sus propios jugadores, se acabó retirando y vuelta al rodaje. El mal ya estaba hecho.

              Había que aferrarse a las pocas noticias buenas. En un torneo disputado en Trieste, Santi Aldama, pívot de rotación del CAI Zaragoza, convocado entre un puñado de “posibles” -y también improbables- se marcó 21 puntos ante Grecia y 31 ante Croacia, ante Vrankovic y Radja, lo que le valió la inclusión en el doce final, volviendo a ser la España de los tres pívots de nuevo, como dos años antes. Andreu, Orenga y el citado Aldama necesitaron la ayuda de Andrés Jiménez, que tuvo que volver a jugar como ala-pívot. Alberto Herreros, sin embargo, estaba incluido en un ejército de cinco escoltas en el doce final: Biriukov, Villacampa, Xavi Fernández, Epi y él. Para intentar frenar a los altos y potentes aleros tipo Oscar, Tikhonenko o Kukoc, Herreros era lo más parecido por altura.

              El desastre fue mayúsculo. Para este viaje, no hicieron falta alforjas. Derrota en el debut ante Alemania y apurada victoria ante Brasil, dieron paso a nuestro mejor partido frente a Croacia, al que se le plantó cara (79-88), pero evidenciando que, al final, no se podía.

“Drazen Petrovic nos metió 16 puntos seguidos. Y nosotros no supimos reaccionar. Yo, junto a Epi y Villacampa, tampoco tenía mucho peso. Fue una experiencia preciosa disputar unos Juegos Olímpicos en tu casa. Lo que ocurre es que el resultado te deja mal cuerpo”.

              Y llegó una matinal y un encuentro ante Angola.

              “El día de Angola fue la peor experiencia y el peor momento de mi vida a nivel deportivo y de todos los que estábamos allí. No salía nada y ellos estaban muy motivados, porque habían estado a punto ya de ganar a Brasil y Croacia. La verdad es que hicieron un partidazo. Veíamos jugadores volando por todos lados. Y a nosotros no nos salió nada. Terrible. Todavía me sigo acordando de cada minuto de aquel partido”.

              Un 63-83 en el marcador, 0 de 10 en triples, el plano del banquillo con Alberto Herreros junto a Rafa Jofresa hundidos con la mirada perdida, era la imagen descriptiva de todo lo que sucedió aquel verano. Las consecuencias de la preparación, polémicas, huelgas… fueron cristalizadas con un humillante noveno puesto, acabando además a tortas con los angoleños, con los que nos volvimos a cruzar en la final por el 9º y 10º puesto. Y la destitución de Antonio Díaz Miguel, tras 27 años en el cargo. Si los focos se los llevó el “Dream Team”, la representación española fue el “Equipo de pesadilla”. Para olvidarlo. O quizás, para no olvidar nunca aquello.

Triste epílogo en Barcelona'92: acabar a tortas ante Angola.

VER EL CAPÍTULO 2