La URSS, disuelta entre ventanas FIBA

La URSS, disuelta entre ventanas FIBA

Antonio Rodríguez

En Endesa Basket Lover nos remangamos para buscar precedentes sobre la situación de Eslovenia y su no clasificación para la Copa del Mundo de China 2019. Y nos llamó la atención que tuviésemos que desempolvar la vieja y decepcionante historia del fin de los días de la Unión Soviética. La mítica URSS, desde que volvió a fusionarse -a nivel deportivo- en 1947, había plasmado su nombre en el palmarés del Eurobasket con 11 medallas de oro, 2 de plata y 4 de bronce. Tan solo en la edición de El Cairo de 1949 no ocupó plaza en el pódium, porque no participó. Los más galardonados e históricos en el baloncesto europeo, tuvieron unos días finales de tristeza y olvido en víspera de las navidades de 1990, cuando consumaron su decepción al no lograr en la fase de clasificación el pase para el Eurobasket a disputarse en Roma, en los primeros días del siguiente junio. Apenas nadie lo mencionó en su momento, más que en escuetas notas de prensa anunciando estos resultados:

-          Checoslovaquia 85-76 URSS

-          URSS 83-80 Checoslovaquia

-          URSS 84-85 Francia

Y fue su defunción. Terceros, por el basket average perdido con Checoslovaquia (selección, por otra parte, también muy venida a menos), se quedaron sin argumentos para seguir compitiendo. Y es que los soviéticos estaban viviendo un momento de grave crisis que desencadenó en este capítulo deportivo y su posterior desaparición como nación.

Andrés Jiménez, a duras penas defendiendo a Aleksandar Belostenny (1982).  

 

Del oro olímpico a la plata mundialista… al vacío

En Seúl tocaron techo. Oro en los Juegos Olímpicos de 1988 y sobre todo, el mover los cimientos del baloncesto mundial, confirmando desde Estados Unidos que en la siguiente cita, oliéndose ya el cambio de reglamentación, irían con profesionales de la NBA a los torneos FIBA. Las crecientes tensiones políticas de la URSS, forzaron a la no convocatoria de los deportistas lituanos, por aquel entonces, espina dorsal de su flamante selección nacional. Y es que, los que desde el Kremlin intentaban mantener la autoridad y la mano de hierro desde Moscú con sus representantes rusos, veían frustradas sus intenciones ante los mandatos y el poder de la cuadrilla desde los países bálticos: Kurtinaitis, Homicius, Marchulenis y Sabonis ya hacían oídos sordos a las directrices rusas, acrecentando las tensiones entre ambos bandos dentro del vestuario. La figura unificadora y paternalista, Aleksander Gomelski, hacía meses que había dicho adiós a la Federación Soviética -o sea, rusa- en sus peticiones desde la distancia, ya entrenando fuera del país (en Tenerife).

Carlos Ruf avasallando a Viktor Bereznhoi. El glorioso TsKA, pasado por encima (1990).

Vista tal tesitura y sin lituanos, se presentaron en la cita mundialista de Argentina’90 con un conjunto veterano, pero más debilitado, entrenados curiosamente por el lituano Vladas Garastas, que sí consiguió aquellos días del respaldo de Gomelski a modo de “última voluntad”. Y con enorme mérito y bien hacer, muchos gregarios y Aleksander Volkov como rutilante estrella, lograron una más que meritoria medalla de plata. No tenían nada que hacer ante los yugoslavos, pero el siguiente escalón, fueron ellos. Quizás aquel fue un falso escaparate para lo que estaban viviendo el país. Sus mayores estrellas habían emigrado (con permisos, al fin) a otros países, con lo que sus clubes estaban más que debilitados. El TsKA Moscú rondaba con más pena que gloria y el Dinamo Moscú era el único con una mínima representación en Europa. Llamó poderosamente la atención que en el duelo moscovita de liga entre estos dos contendientes, asistieron… 87 espectadores.

La URSS se había convertido en un país de cartón piedra, sus instituciones intentando mantener en escena una obra que ya no se sujetaba. La enorme crisis económica interna aceleró el proceso de resquebrajamiento institucional, entre otras cosas porque el ciudadano de a pie, bastante tenía con pensar en subsistir. De hecho, en el Mundial argentino de 1990 anteriormente citado, ya no había rubor alguno entre los jugadores y el cuerpo técnico, en vender el mejor caviar del mundo, al precio de 20 dólares la lata. Se las llevaron en grandes cantidades para hacer el agosto (nunca mejor dicho).

Volviendo al baloncesto, el mítico jugador de la década de los 70, Ivan Edeshko, se hizo cargo como entrenador de un Equipo Nacional soviético paupérrimo, exclusivamente ruso, en el que no podía contar con las estrellas que jugaban fuera (parece las firma de las ventanas FIBA, ya ven) y su mayor figura era el ala-pívot Viktor Bereznhoi. Imaginen cual era el panorama en una nación que, en lo que menos podían pensar en aquel momento era en deporte, otrora propaganda de sus glorias y virtudes. Por ello, perdieron el basket average particular con los checoslovacos. Por ello, el último día de clasificación, fueron derrotados en casa ante una Francia, en su enésimo intento por ser una selección seria (y que en esta ocasión, parecía que sí lo conseguirían).

Antes de su desaparición como país, para el otoño de 1991, Lituania ya había inscrito su nombre en la FIBA como selección autónoma e independiente. El castillo ya estaba caído, a la espera que su presidente, Mikhail Gorbachov, diera el 25 de diciembre de 1991 y por televisión, su discurso de 11 minutos, renunciando a su cargo y dado por disuelta la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La más gloriosa, la más avanzada. La fría y perfeccionista, auténtico martillo pilón que por condiciones físicas y técnica individual, avasalló durante muchas décadas. Su despedida en baloncesto, envuelta en todo tipo de problemas y cambios sociales a un ritmo frenético, ni siquiera se permitió unos segundos de calma y sosiego y que al fin, la pudiésemos llorar.

La marcha de los lituanos, como Sarunas Marchulenis, hirieron de muerte al baloncesto soviético (1989).