ARTÍCULO: CARLOS MONTES, VUELOS HACIA LA ETERNIDAD

ARTÍCULO: CARLOS MONTES, VUELOS HACIA LA ETERNIDAD

Antonio Rodríguez

Irreverente, rebelde, juvenil, indómito, creativo. Así era Carlos Montes, aunque parezca que definamos a la Demencia. Quizás por eso su afición sentía tal identificación con Carlos Montes. Quizás, por ello también, pudiera significar la esencia de Estudiantes.

Irreverente como la sangre estudiantil, siempre al asalto de los más poderosos en tiempos en los que, como bien decía Pedro Rodríguez “por la estatura, parecíamos más un equipo de balonmano que uno de baloncesto”. Y es que, Vicente Gil (1.76), David Russell (1.98), Pedro Rodríguez (2.00), John Pinone (2.02) y nuestro protagonista (1.92), no parecían formar un quinteto de tener aspecto y amenaza de nada. Rebelde incluso en su presencia: eternamente con la camiseta por fuera, vislumbrando por debajo la parte final de sus pantalones, como que los cánones de estética o de los que fuesen, no iban con él. Juvenil, con su cara de niño bueno, con esos ojos achinados provocados por su perenne sonrisa, que abría tan sólo cuando entraba en la cancha. Indómito, como corresponde a la rebeldía estudiantil. Tener que enfrentarse a Biriukov o López Iturriaga, a Epi, a Villacampa, a Manel Sánchez o Manolito Aller, a Kenny Simpson o Nate Davis a cada envite. Ser consciente de ello y tampoco nunca sentirse inferior. Remangarse y encararse a ellos, a anticiparse en sus pases, a robar balones. Creativo en sus acciones cuando volaba. Sus poderosas piernas en un cuerpo de 1.92, pequeño para la posición de escolta, le hacían levitar y dibular acciones impensables en el aire. Crear para anotar la canasta, para que el demente vibrase, para que el aficionado tuviese en sus manos la revista con sus magníficas instantáneas para toda una posteridad.

Carlos Montes tenía sello estudiantil. Con sus virtudes y sus defectos, como los colegiales en aquel tiempo. Y también las carencias de un equipo como aquel Estudiantes. No era buen tirador exterior y su defensa iba un poco con aquellos tiempos. No fue la más agresiva del mundo en sus años mozos, amparado en la zona tan manida en los 80, pero sí el tipo explosivo que se anticipaba y robaba balones. Y cuando corría hacia canasta… lo que sucediese. Rienda suelta a la inventiva. Era tipo de transiciones, de finta de tiro y entrar para dentro. Con una mano, con la otra, sorteando brazos de aquellos intimidadores que procuraban salvaguardar sus canastas. Porque Carlos Montes defendía a algunas de las mayores estrellas de la liga. Pero en ataque, tenía que subir más alto que aquellos Housey, Wiltjer, Kenny Green o Eugene McDowell.

Montes era capaz de fallar tres suspensiones consecutivas. Pero bajaba a defender y ante el intento de un poderoso mate de aquellos “armarios” que llegaban de Estados Unidos, desde no sé sabe dónde, aparecía Carlos, allí arriba, en la estratosfera cestista, le colocaba un tapón -que solía ir acompañado por un contragolpe posterior, con David Russell o Rickie Winslow, ya saben-, y todo cambiaba. El pabellón explotaba, la dinámica había cambiado por completo. Ese era el espíritu de Carlos Montes.

Una pujante y dotada generación venía dando fuerte. De hecho y para su desgracia, fue quien prometía ser el mejor jugador nacional, Alberto Herreros, el que venía pisando los talones. Decidió emigrar a Sevilla y empezar a construir en la capital hispalense un nuevo proyecto en el “año III” del club en la ACB. Y peldaño a peldaño, al quinto año de estancia allí, Caja San Fernando llegó a la final liguera, superando al Real Madrid, al Joventut y a aquel Estudiantes que pareció que un día quedarle grande. Tomar la iniciativa posteriormente en Granada, en Cáceres, en Valladolid. Carlos Montes siempre fue tipo honesto en su trabajo. Entre posteriores trabajos como director deportivo de Estudiantes, últimamente estaba enrolado en el deporte del colegio de su infancia y su vida, Joyfe. Allá donde empezaron sus primeros e infantiles vuelos. El sello por el que le recordaremos. El sello que nos hacía sonreír y achinar los ojos como él hacía. Carlos Montes, vuelos hacia la eternidad.