ARTÍCULO: DIARIO DE MANNHEIM (Capítulo 8)

ARTÍCULO: DIARIO DE MANNHEIM (Capítulo 8)

Antonio Rodríguez

Photo: Albert Schweitzer Tournament.

Este torneo ha sido más flojo que en ediciones anteriores. La crisis económica ha hecho que varias selecciones de las fijas, de las que daban color y mucha competitividad, no hayan tenido su presencia (caso de Australia, Grecia, Israel, Croacia -que no siempre está, pero que siempre cuenta- o Brasil, y la participación de algunas “cenicientas” como Chile, Japón e inesperadas sorpresas negativas como Eslovenia o Francia (¡qué horror de juego de nuestros vecinos, que fueron derrotados el primer día por Chile!), dan pie a pensar que a priori, no habría un buen número de candidatos a selecciones fuertes. Aún así, poder espiar siempre jugadores, algunos consagrados, otros desconocidos, y ver las exhibiciones que hemos visto en algunos casos, como la semifinal Turquía-Italia (un atracón de puntos al nivel del Real Madrid-Valencia Basket de este fin de semana en la Liga Endesa), hacen atrayente siempre este torneo.

Italia quedó campeón. Campeón con justicia, con mérito y con relevancia. Pocas veces hemos visto escuadras de calidad en el equipo azzurro a lo largo de la historia reciente de esta competición. Sin embargo, Italia nos conmovió a todos, volviendo a adorar este deporte por encima de muchas cosas. Nos sacó la fascinación por unos chavales que a veces rozaban lo imposible. Y eso, tras perder frente a Estados Unidos, en la última jornada previa a semifinales, donde a punto estuvieron de remontar una veintena de puntos de desventaja producto de una mala primera parte, se envolvieron en un halo mágico para encarar y hacer abdicar en semifinales a quienes parecían los reyes de esta competición, los jugadores que dos años antes quedaron campeones de Europa: Turquía.

Un delirante tercer cuarto, donde todos anotaban en una exhibición sin parangón, hizo creer en los pequeños italianos en su victoria. Las entradas de Andrea de la Torre, un alero muy corpulento, ante las atalayas turcas Akif Egemen Güven, Ege Arar y Ayberk Olmaz (este último, un antiguo jugador de voleibol, de 2.08, con unas piernas privilegiadas, un salto vertical tremendo y una gran envergadura, aunque mucho baloncesto por aprender), dieron los primeros atisbos de fe en el cuadro de Andrea Capobianco. Luego, lo continuaron Diego Flaccadori y el rey absoluto, Federico Mussini, que se marcó tres triples en tres jugadas consecutivas, el último en contragolpe, llegando en carrera, parándose a siete metros y medio y lanzando de tal firma, que Agustí Julbe, quien fue asistente durante 5 años de Xavi Pascual en el F.C. Barcelona, al que tenía a mi lado, tuvo que exclamar en un grito “¡Mamma mía!”.

Photo: Albert Schweitzer Tournament.

Tal exhibición de partido no llegaría a tal extremo, si no tuviese rivalidad y réplica. En este panorama, el alero turco Furkan Korkmaz, uno de los jugadores con más futuro del continente, contestó con un triple tras otro, las hazañas de los italianos. Y entre aquel paroxismo, el aficionado, el que se tenía que frotar los ojos viendo aquello, el que oía a los turcos que animaban cada vez más fuerte viendo posible la reacción -que lograron ante Serbia el día anterior-, daba rienda suelta a las fantasías que este deporte puede otorgar. La regularidad italiana así como los fallos en momentos importantes del citado Korkmaz y Ogulkan Baykan, un base anotador con mucha raza, dieron un 87-94 a falta de 02:52, que se convirtió en un 92-94 cuando restaban 01.59, para ampliarse nuevamente con un triple de Picarelli a un 92-99 y dejar el resultado en el definitivo 97-102.

De la otra semifinal, Estados Unidos contra Serbia, hablar poco, porque si creaba expectación, la cantidad de parones, tiros libres, juego farragoso y choque interminable, hizo que se decantase por la fuerza bajo tableros de los estadounidenses y quizás de manera injusta, por una falta antideportiva al alero Nikola Pavlovic, en los últiimos segundos, que dieron al traste con las aspiraciones serbias.

Ya en la final, los americanos mandaban en la primera mitad. Los italianos, con el único pívot (ala-pívot en realidad) Luca Severini, chico de 2.02 y bastante delgado, se veían superados. Y no es que fuese la altura lo que predominase en los USA-guys. Sin embargo, sí eran más potentes. Ethan Happ, MVP del torneo, Tim Delaney y Elijah Burns, tipo que no llega a los dos metros aunque los datos oficiales digan que sí, pero sí era el más físico, acaparaban el juego en la zona y solventaban los desaciertos exteriores de los exteriores, sobre todo del escolta tirador -pero tirador, tirador. Metedor ya es otra cosa-, Mike Williams. Presionaron en defensa y consiguieron que Mussini no estuviese acertado.

Pero la segunda mitad fue otra historia. Italia fue poco a poco remontando, con la ayuda de Andrea Picarelli, un alero de 1.95 que si bien no parece que tenga un futuro muy brillante, pues su dominio del bote es bastante deficiente, su corpulencia y su raza, al margen de tener las tablas de un veterano, igualaron la contienda que solventaron en el último cuarto los que tenían que meterla: Mussini y Flaccadori. 26-12 fue el parcial en el último cuarto en un pabellón entregado a esos dos pequeños jugadores, que se llevaron de forma sorprendente, el título. Italia fue rey. Aquellos que cuando nos enfrentamos a ellos nos sorprendieron por su facilidad para hacer lecturas del juego, por su picardía y saber estar, con dos estrellas que lo serán también en un futuro, hicieron de este Mannheim 2014, una cita especial.