ARTÍCULO: DIARIO DE MANNHEIM (capítulo 7)

ARTÍCULO: DIARIO DE MANNHEIM (capítulo 7)

Antonio Rodríguez

Mannheim tiene encanto. Mucho. Antaño, visitar la base americana, con toda su parafernalia armamentística en los controles de seguridad, su barbacoa dentro del pabellón oliendo a sabrosas carnes a la parrilla o el dulzor de la máquina que hacía unos mini donuts exquisitos, verdadera afición de los padres de los jugadores -“ya me tocarán ensaladas cuando vuelva a casa, ya”-, el speaker en la esquina del recinto, poniendo temas exclusivos a los jugadores estadounidenses durante su rueda de calentamiento, y el “¡U-S-A, U-S-A!” que inundaba ese pequeño, pero mimadísimo gimnasio, eran un reclamo muy, muy poderoso. Créanme.

Luego estaba el otro pabellón, en una de las zonas externas de la ciudad. Allá donde juegan los anfitriones, Alemania. Y bueno, también los “otros” anfitriones: Turquía. La selección turca es probablemente, el combinado que más aficionados arrastra cada año a este torneo. Y si no fuese así, de lejos, son los más ruidosos. Como ya explicamos en un anterior capítulo, la llegada de estos chavales de 18 años desde su país, es algo así como la venida de un “Mesías colectivo” para los turcos residentes en Mannheim (muchos de ellos, viven en una amplia barriada anexa al pabellón). Y se adueñan de una de las esquinas de las gradas, les apoyan y les jalean, y cuando ganan, les abrazan y les suben a los cielos. Quien mueve a toda esta masa de fans enfervorizados (como ya dije, parecen un pedazo sacado del Abdi Ipeçki), es un tipo llamado Resa (supongo que se escribirá así). Resa, el taxista.

Ahí lo tienen en la foto junto a los jugadores turcos. Resa es taxista y el mayor y más longevo aficionado del torneo de Mannheim. Le pregunté cuanto tiempo lleva animando de esa forma incondicional a los suyos, y me contó que 37 años, de los 45 que ya lleva en Alemania. Es un tipo de lo más peculiar.

Resa el taxista, arenga a los suyos y pone siempre el ritmo. Al lado de tres tipos con tambores que se sientan junto a su familia (hijos y nietos, por supuesto), indica qué tipo de cántico entonarán. Y con los brazos, marca el ritmo. Ritmo al que deben acogerse los tipos de los tambores, que ya le conocen.

Resa el taxista tiene familiaridad con todos y ciertas licencias, como sentarse en los pupitres de prensa a pie de pista, junto a su fanaticada, para sorpresa de algunos de los scouts sentados allí. Pero Resa el taxista, aguanta poco sentado. Se vuelve a levantar, ataviado con su gorra y su chaqueta de chándal del equipo nacional, y vuelve a animar. Cuando hay tiempos muertos y el speaker empieza a poner música ambiente, mira a Resa, porque sabe que tiene que dar su aprobación. A veces la música es de su agrado (el “Get down on it” de los Kool & the Gang le encanta), y le hace un gesto con el pulgar hacia arriba. A veces se enfada con estas músicas modernas y le dice al speaker -que está al otro lado de la pista-, señalándole con el pulgar hacia abajo, que no. A veces se irrita y le hace señales que, como no ponga una de las suyas, coge a sus compatriotas y se van. A continuación, tengan la seguridad que se oirá una canción típica turca. El amo, el verdadero amo.

Resa el taxista tiene carisma. Y cuando acaba el partido, este año que Turquía iba de favorito, hace que todos se abracen con los jugadores, que canten con ellos, que ondeen banderas. Pero cuando el asunto viene mal dado, como la derrota en semifinales ante Italia, para Resa, las cosas son también serias. Es el primero que se acerca al banquillo turco para dar las condolencias a sus chavales compatriotas y les pide como obligatoriedad, que se acerquen a los aficionados y les aplaudan, por todo el apoyo recibido. Y los chavales lo hacen sin rechistar. Ahí le tienen en la fotografía, cómo tras ir hacia ellos, es testigo del aplauso devolviendo agradecimientos a sus fans.

Ya lo saben. Un personaje peculiar como pocos, líder como ninguno. Es Resa, el taxista, un tipo que controla todo cuando se trata de los suyos. Quedó claro, ¿no?