ARTÍCULO: DIARIO DE MANNHEIM 2014 (Capítulo 2)

ARTÍCULO: DIARIO DE MANNHEIM 2014 (Capítulo 2)

Antonio Rodríguez

En Alemania hay turcos. Muchos. Son de los que les gusta sentirse en tierras germanas como si estuvieran en casa, en su Turquía natal. La gran mayoría se relacionan entre ellos de forma prioritaria y mayoritaria y aunque haya generaciones que han nacido en estos lares, parecen sentir nostalgia de su tierra de origen. Por ello, ensalzan e idolatran todo lo que tenga aroma a la media luna y la estrella de cinco puntas. Cuando en el torneo Albert Schewitzer de Mannheim viene de forma bianual la selección sub-18 de Turquía, les tratan como si fueran enviados de una tierra prometida: la suya.

La decepción por la derrota española ante los italianos se digería de forma obligada, porque había que coger el coche y a la carrera desde Veirnheim a Mannheim para presenciar el Alemania-Turquía. Los turcos se presentan con el mismo plantel -casi- que fueron campeones cadetes en 2012 (o sea, el Eurobasket sub-16 de Lituania). Tan sólo la excepción de su base, actual jugador del Fenerbahçe y utilizado de forma regular por Zeljko Obradovic, Berk Ugurlu, es la ausencia más importante con la que cuentan respecto al campeón de dos años atrás. Parecen ser los favoritos dentro de esta generación y hay que verlos lo antes posible.

El ambiente en el gimnasio de Mannheim era de los que ningún otro partido supera. Los aficionados alemanes, lógicamente ante un torneo con la tradición de éste, se vuelcan con sus chicos y les aplauden y animan a rabiar. Abarrotan el recinto. Y en una zona determinada de la grada, allí se encuentran los turcos. Desde siempre, los más fanáticos, los más ruidosos, los más apasionados. Desde hace 25 años tienen un tipo, el líder al que todos siguen el ritmo con sus gestos, de qué cánticos entonar y cuando. Y ahí apoyan matrimonios con niños pequeños, adolescentes de ambos sexos, todos al unísono ondeando banderas como si fuera el mismísimo Abdi Ipecki de Estambul, como si fueran partícipes comunes de una misión, al ritmo de este figura, taxista de profesión. Es el momento para ellos más reivindicativo, donde pueden sentirse importantes, donde pueden imponer su ley -deportiva en este caso- a los teutones. Se dejan sus gargantas al grito de “Turquía, Turquía”. Imaginen el éxtasis que supuso para ellos el año 2004, cuando con Semih Erden, Cenk Akyol, Oguz Savas, Hakan Demirel (MVP de aquel torneo) y Ersan Ilyasova, quedaron campeones.

Pues en esta convocatoria, pintan un poco de lo mismo. Al menos, favoritos. Eso sí, mucho deben mejorar a lo que vi en la noche del Lunes, porque parecían evolucionar sobre la pista como pollos sin cabeza. En verdad, físicamente impresionan. Niños, cuerpos aún por desarrollar, con unas estaturas más que llamativas (el base, Tolga Gecim, mide 2.04; aleros de 2.05 y pívots de 2.08), delgaditos, pero con una agilidad y una rapidez impropia de sus estaturas. Y con esos puntales, en ningún momento logré descubrir a qué jugaban. No aprovechaban para jugar en las cercanías del aro (cosa a la que sí insistían los alemanes, conocedores de sus posibilidades), tampoco buscaban situaciones claras de uno contra uno para aprovechar su rapidez…y ahí estaban todos, en una lata cada vez más cerrada que a los alemanes les venía perfecto a sus intereses. Todo ello, en el marco de uno de los encuentros más surrealistas que haya podido ver en mucho tiempo. Y es que:

- el entrenador turco, Ömer Ugurata, tipo joven, desbordado por la pasión, que te hacía tener una lectura del partido desde la banda, perfecta. Nunca paraba: a correr hacia delante, a correr hacia atrás, a aplaudir, ahora me salgo de mi zona para que los árbitros estén pendientes de mí, a girarse a dar instrucciones-gritos a los del banquillo, a animar los aciertos, a lamentarse de los errores, pedir una ayuda “¡aquí! ¡aquí!”, sin verle en ningún momento una instrucción clara, sino más bien despistar a los que estaban en cancha obligados a mirarle con el juego transcurriendo. Que no dudo que administraría órdenes en los entrenamientos o durante tiempos muertos. Pero visto la empanada mental de sus chicos en el partido, con errores uno tras otro tras otro (23/59 en tiros de campo), mucha claridad no tenían.

- el arbitraje. Casi nunca hablaré de actuaciones arbitrales, pero lo que vi en ese recinto, se me escapa de toda lógica. Lo que agradecía con cierta permisividad en el contacto inicialmente en el juego físico, poco a poco se fue convirtiendo en no pitar nada. Con el incremento de la utilización del físico, empezó a convertirse en grotesco. Entre la inocencia de chavales de su edad y la mentalidad del aficionado alemán, que alguna queja leve por el arbitraje había, pero estaban mucho más afanados en animar a los suyos, no pasó a mayores. siguieron jugando. Pero créanme que no había visto nada ni parecido, jamás. Nunca parcialidad hacia uno de los contrincantes. Para ambas selecciones era lo mismo.

- el desacierto. Fue el resultado de los condicionantes previamente descritos. Los alemanes se perdían en un bosque de interminables brazos turcos y con mucho esfuerzo cargando los tableros o con lanzamientos triples. Turquía, que quien daba alguna claridad de ideas, el base Tolga Cemin, se le sentaba en los momentos en los que pudieran dar el arreón. Y mover el balón sin criterio, tiros forzados sobre la bocina de posesión y todos al rebote ofensivo. El único momento de clarividencia fue en los minutos finales, cuando había que solventar el partido, se designó al alero de Efes, Okbe Ulubay, un zurdo de dos metros, tablas y buena mano, a ganar el partido. Entre aclarados, carácter y acierto del chaval, el match acabó en manos de los jugadores turcos, que fueron agasajados por sus aficionados, como mencionábamos al principio, casi de semihéroes (un pírrico 64-58).

Así acababa esta primera fase del campeonato, con dos victorias para los españoles, que deben encarar los próximos emparejamientos a Estados Unidos (tarde del Miércoles) y a Ucrania al día siguiente. Para reponer fuerzas, la jornada de descanso del Martes, la tomaron para pasar con tranquilidad por las idílicas calles de la coqueta Heidelberg, ciudad cercana a Mannheim, donde todas las selecciones pasean, compran, se distraen…y se hacen fotos junto al mandril que hay junto a uno de los puentes más famosos que atraviesan el río Neckar. Aquí tienen a los nuestros, en esta instantánea, rodeando al citado primate en cuestión. Chicos que se relajaron, se escaparon de la rutina del torneo y despejan la cabeza para las próximas jornadas venideras, donde la aspiración una vez más, serán las semifinales. Llegar a ellas sería cumplir con notable.