ARTÍCULO: JOHN PINONE, EL ZARPAZO DEL OSO Y EL CORAZÓN DE UNA AFICIÓN

ARTÍCULO: JOHN PINONE, EL ZARPAZO DEL OSO Y EL CORAZÓN DE UNA AFICIÓN

Antonio Rodríguez

John Pinone estuvo presente en el último enfrentamiento liguero entre Tuenti Móvil Estudiantes y Real Madrid. Fue obsequiado por una camiseta del club en los prolegómenos del partido y sobre todo, se llevó la ovación de todo el Palacio de los Deportes, de todos los estudiantiles, de la “Demencia”. De pie, rendidos y emocionados. Como bien comentó Juanma López Iturriaga en la retransmisión, ‘me acaba de entrar un ataque de nostalgia’. Y es que John Pinone, más de 20 años después de haber disputado su último partido con la camiseta colegial, sigue siendo el corazón de una afición. John, discreto, se sorprendió cuando le otorgaron la camiseta y con los aplausos del respetable que parecía no esperar de forma tan cerrada. Humilde y discreto para estas cosas, líder para tantas otras.

Con la misma humildad mezclados con muchos tintes de despiste, se presentó en nuestro mundo, precisamente ante el Real Madrid, en los vestuarios de la antigua Ciudad Deportiva del club blanco. Allí se cambió junto a sus nuevos compañeros, recién -pero recién- llegado de Estados Unidos, un Octubre de 1984. “Hay un tío ahí con nosotros, nuevo, y supusimos los de la plantilla que sería el nuevo americano” recuerda Pedro Rodríguez, el gran ‘Pedrolo’ o como le llamaba Andrés Montes, Pedro “Picapiedra” Rodríguez, compañero de fatigas bajo tableros ante rivales siempre más altos que ellos, en los siguientes años. “Cuando acabó el partido, aunque perdimos, quisimos saludar y aplaudir a nuestros aficionados. Y John me preguntó quienes eran los nuestros, si los blancos o los azules. Tal era el despiste que tenía”.

John Pinone aterrizó en la capital de España aquel Octubre para sustituir a un tal Craig McCormick, grandón y fortachón, pero poco anotador. Y es que por aquel entonces, el americano debía justificarse con una buena planilla anotadora. Pinone era todo lo contrario: bajito para pívot con sus 2.02, tirando a fondón, pero muy combativo. Muy pocos eran los que le asociaron con el pívot de la selección de Estados Unidos a la que derrotamos en Colombia. Más bien fue verle actuar los primeros meses y ‘¡ah!, ¿este es aquel pívot con barba que se pegaba hasta con Tkachenko?’

“Yo aprendí muchísimo de él” confiesa el actual seleccionador nacional, Juan Antonio Orenga. “La posición defensiva, la colocación del pie atrás, el zarpazo…” John Pinone se fue convirtiendo en referente y maestro que impartía clases a sus compañeros a cada entrenamiento. Y así un año y otro año, y otro año. Sus aspiraciones NBA tras una primera temporada como profesional en Atlanta Hawks, se fueron diluyendo y siempre tuvo muy claro que su futuro para hacer dinero y vivir del baloncesto, estaba en Madrid.

El zarpazo del oso, sello inequívoco en su juego. No poder aguantar por poderío físico a muchos de sus rivales y en el momento oportuno, cuando se disponían a tirar y encaraban la canasta, ¡zas!, el zarpazo, balón que arrebataba al contrario con una maestría inigualable y balón suelto para su equipo que lo transformaban en contragolpe. Porque siempre se vio rodeado de piernas jóvenes deseosas de correr: Antúnez, Azofra, Herreros, García Coll, Juan Aísa… Su ‘zarpazo del oso’. “¡Claro, como era de Pinone, nunca era falta!” se quejan aún algunos de los incautos rivales que tuvo y lo sufrieron. “A veces tenías que pedirle que te devolviera el brazo” apostillaba Iturriaga.

Pinone era la maestría y el liderazgo. El baloncesto era un deporte que él entendía. Así de sencillo. Y desde su posición de poste bajo, controlaba y dirigía a los suyos. Recibía el balón en esa posición y todos se movían. Director de orquesta y base en la pista con sus 2.02. Y al jugador con mejor posición, hacía llegar la pelota. Muchas veces era él, con el paso atrás y la suspensión, o la finta de tiro y meterse hacia dentro. Fintas, pivotes y triquiñuelas de un tipo gordito y bajo, que hacían desesperar al defensor más pintado. Algo que llevaba haciendo desde su adolescencia -Jerrold Trecker, famoso periodista del área de Connecticut, me confesó que fue una enorme decepción para el estado, que decidiese abandonarlo en la universidad, para irse a Villanova a cursar sus estudios-, algo que aplicaba en España. Maestría en la pista y liderazgo fuera de ella. Se encargaba de negociar con la directiva las primas para todo el equipo. “¡Eh! Que hoy hay prima por ganar a estos. No vayamos a liarla” avisaba con anterioridad en el vestuario cuando se enfrentaban a un grande, aquel puñado de equipos punteros, que por ganarles, había una prima especial que previamente él pactó. Y claro, comenzaron a ganar muchos, porque Estudiantes con él, se fue convirtiendo paso a paso en un grande. Miguel Ángel Martín, uno de sus entrenadores, recuerda con añoranza “cuando faltaban 4 ó 5 jornadas para el parón en Diciembre del All Star, les decía a los jugadores que si ganaban todos o casi todos, les daba una semana de vacaciones. Si ganaban menos, esos días se reducían, claro. Pinone los quería para irse a su país. Siempre, siempre, ganaron casi todos (declaraciones extraídas del reportaje “Que nos vamos a Estambul, chim, pum” de Cuadernos de basket nº 5)”.

John Pinone fue santo y seña del club estudiantil durante nada menos que 9 temporadas consecutivas que disputó en el club colegial. Nexo entre Vicente Gil y Héctor Perotas, a Pablo Martínez Arroyo y Alfonso Reyes. Nueve años en la que fue su casa deportiva, en la que dejó una huella imborrable. Una batalla contada por Alberto Herreros: “En Copa Korac, recuerdo que para pasar de ronda, nos bastaba con perder por 17 puntos en campo del Panionios griego. Y allí íbamos perdiendo por 19. Te juro que viendo el ambiente, nos planteamos perder, porque era eso de ‘aquí nos matan’. Y no se le ocurre otra cosa a Pinone más que marcarse un gancho desde el tiro libre contra tablero, sobre la bocina final, que entra. ¡Nos metieron una mano de hostias! A Nacho Azofra le abrieron la cabeza”.

Con él llegó una Copa del Rey, que en Zaragoza se escapó en los últimos segundos un año antes, y una siguiente que sí amarraron en Granada (fotografía levantando la Copa) que sí celebraron. Vaya si lo hicieron. Y un pasaporte a la Final Four de la Liga Europea, impensable entonces, impensable ahora. John Pinone lo ha sido todo en el club del Ramiro. Los jóvenes aficionados de Tuenti Móvil Estudiantes aplaudían a aquel mito del que han oído hablar. La alargada sombra de una leyenda que, por suerte para el buen aficionado al baloncesto, se dejó ver el pasado Domingo en el Palacio de los Deportes madrileño, el mismo que enarboló tantas y tantas veces. John Pinone, el zarpazo del oso. El corazón de una afición.