HACE 30 AÑOS, EN ZARAGOZA MIRAMOS AL SIGLO XXI

HACE 30 AÑOS, EN ZARAGOZA MIRAMOS AL SIGLO XXI

Antonio Rodríguez

El pasado Domingo 1 de Diciembre, se celebró el 30º Aniversario de la 1ª Copa del Rey desde el inicio de la Asociación de Clubes Españoles de Baloncesto. Aquello que empezó como ACEB y que una sigla cayó al poco por el camino, para dar paso a la definitiva ACB, se vistió de gala para el momento, aunque nunca se llegó a pensar que el baile requiriera de tanta etiqueta.

José María Turmo, director de la mítica revista semanal “5 todo Baloncesto” y uno de los directores organizativos del evento, recordaba las prisas y la premura de tiempo. La Copa del Rey tuvo lugar tres días después de la última jornada de liga regular que dictaba los clasificados. Esas prisas y desajustes por un sistema de competición novel, con un entusiasmo por crecer como nunca había existido, hacían que en esa jornada que premiaba a los clasificados y sentenciaba a los descartados, sus partidos se jugaron en días diferentes, sin tener muy claro aún aquello de la simultaneidad de horarios. Con Real Madrid, F.C. Barcelona y un vendaval llamado Joventut Massana ya clasificados, Cajamadrid jugó un sábado el choque trascendental para optar a la plaza, mientras que los maños dirimían su suerte en la matinal del Domingo. Una Copa del Rey que disputó la final un Jueves 1 de Diciembre a las 7 de la tarde, y el partido por el tercer y cuarto puesto, lo jugaron dos horas después (¿?). Pero, uno en su pobreza, lo que hace, lo hace bien.

Mike Davis ante Romay en la primera semifinal.

La Copa del Rey de Zaragoza, la que logró conquistar el equipo de casa, el CAI, to-mando el relevo al F.C. Barcelona, que había conquistado las 6 últimas ediciones, fue retratada nuevamente en su aniversario y www.acb.com desempolvó de su archivo la magnífica colección fotográfica que reflejaba aquella proeza y que ilustran este reportaje.

¿Por qué una proeza?

Aquella Copa del Rey tenía un aroma especial y se intuía. De hecho, 160 periodistas desplazados al evento (si repasan el vídeo, verán merodear alrededor de los banquillos un tipo tan afamado hoy día como Manolo Lama, hecho un mozalbete veinteañero), algo que, ni tal sede za-ragozana durante la disputa del Mundial de fútbol en nuestro país, año y medio antes, logró alcan-zar. Hacía muchos años que no se reunían 4 equipos durante dos días en una sola sede en una competición oficial, otra componenda importante para poder congregar a todos los medios de co-municación posibles, con mentalidad primeriza que, Zaragoza por un par de días, era capital del baloncesto.

Kevin Magee ganando la posición en poste bajo.

Proeza fue, porque en las 13 ediciones precedentes, tan sólo el Joventut de Badalona en una ocasión (1977), arrebató tal título de Copa a los dos grandes de nuestro baloncesto, F.C. Barcelona y Real Madrid. Y por mucho que estuviese volcada la capital maña por tal evento, las aspiraciones deportivas del anfitrión, infladas algo con la llegada del americano que creó más ex-pectación aquel año, el afamado Kevin Magee, eran mínimas. De hecho, muchos aventuraron que podía ser el momento del Joventut badalonés, que había quedado primero en su grupo (la liga quedaba dividida en dos grupos de ocho equipos, Grupo Par y Grupo Impar, dando acceso a esta Copa a los dos primeros clasificados), por encima del F.C. Barcelona, lo que obligaba que una de las semifinales se enfrentaran azulgranas y madridistas.

David Russell embiste a Magee en su entrada a canas-ta

Esa fue la primera semifinal y esa fue la elegida por TVE para emitir (las dos sería de-masiada franja horaria para una 2ª cadena, cuyas emisiones se iniciaban casi a mediodía y finali-zaban por la noche). Lo que todos pensaban que era una final adelantada. Y en ella, dominó el Bar-celona dirigido por Antonio Serra durante todo el choque, porque corrió más que un atascado Real Madrid (bueno, los atascados llegaron a cien puntos, finalizado con un 102-100), y entre rápidas transiciones, Epi lucía, sobresalía y anotaba suspensiones una tras otra. Sus 40 puntos (no olviden, por favor, que no había línea de tres puntos aún), atestiguan una actuación casi perfecta, ya fuesen tiros desde el lado débil o en los mencionados contragolpes (hoy día incluso, intentar frenar tiros en suspensión en contragolpes, es francamente dificultoso. Hay que tener un fenómeno con la sangre fría como para hacer eso. Juan Antonio San Epifanio era un fenómeno). Por esa velocidad, Nacho Solozábal ganaba la partida al maestro Juan Antonio Corbalán, que tan sólo veía en Juan Manuel López Iturriaga la punta de lanza del Real Madrid, acompañado por Wayne Robinson, el estadounidense tan discutido en la plantilla de Lolo Sáinz, que hizo un trabajo ímprobo bajo tableros, cogiendo rebotes por potencia y anotando con mucha convicción, ante los dos monstruos interiores del Barcelona, Mike Davis y Marcellus Starks. Starks se encargó de anular a Fernando Martín y eso, junto al descanso forzado por la acumulación de faltas de López Iturriaga, decantaban el choque. Solamente una presión desesperada en los últimos minutos llegó a aturdir a los azulgranas, que perdieron balones de forma inexplicable y se dejaron igualar el mar-cador, sin que llegaran a perder el control, eso sí, del electrónico.

Kevin Magee ante Mike Davis sacando el balón. Eran otra gene-ración de extranjeros.

El ambiente en la primera semifinal era calmado, de expectación, pero sin que hubiese apenas aficionados de los equipos en liza y sí de un público zaragozano que disfrutaba del cho-que, pero sobre todo poblaban las 5.000 localidades en disposición, para ver a los suyos en la segunda semifinal y convertirlo en fiesta. Porque fiesta fue, ya los jugadores verdinegros que en-trenaba Aíto García Reneses, nunca estuvieron en partido, nunca lograron frenar el rodillo que supuso Kevin Magee en la zona (36 puntos y 15 rebotes), ni a Manel Bosch, el base caísta salido de la factoría verdinegra, que siempre supo poner el balón donde su equipo lo necesitaba. El re-sultado final fue de 87-83 y Aíto dio muestras de su gran decepción en rueda de prensa, sobre todo cargando hacia algunos jugadores que a su juicio, no dieron la talla, centrando su atención en su nuevo estadounidense, llegado un mes antes, el alero David Russell.

Y al día siguiente, la final. El partido que iba por la Primera cadena de TVE. El ente televisivo que rogó sin éxito, que alguno de los dos equipos cambiasen sus uniformes habituales, porque en la España de 1983, en muchos hogares aún decoraban con televisiones en blanco y negro, con el consecuente poco contraste que daban dos quintetos en pista uniformados de oscu-ro.

Chicho Sibilio lanzando ante Fernando Arcega.

Fue el enfrentamiento que lo cambió todo. Ese 1 de Diciembre, no solamente cerramos los libros de historia, haciendo que lo pasado fuese eso, historia, sino que aquellos 40 minutos, aquellos duelos y aquel arbitraje, sobre todo esto último, nos trasladaron al fascinante futuro que nos esperaba en el siglo XXI. A Zaragoza se desplazaron numerosos aficionados del Barcelona. Al pabellón de La Romareda (el “huevo” para todos los zaragozanos), se congregaron multitud de caístas, que tras apreciar la exhibición del día anterior, tenían una fe ciega en los suyos por alzar-se con el triunfo.

Un partido como nunca se había visto

Epi, tras su exhibición el día anterior, no estaba tan acertado. De hecho, no anotó su primera canasta hasta el minuto 6 de choque, algo impensable en aquel momento. Su defensor cuando tocaba marcaje individual era José Luis “Indio” Díaz, jugador de gran físico, algo poco convencional esos años, que minimizaba la aportación del internacional azulgrana. La disputa anotadora se la repartían en una auténtica exhibición, tanto Chicho Sibilio como Fernando Arcega. Quizás ese día fue la ventana para que el gran público apreciase las virtudes de Arcega, un tipo de 2.04 que jugaba de alero, que hacía reversos, lanzaba en suspensión tras bote, podía postear y lanzar a la media vuelta con una eficacia pasmosa.

La fuerza de Kevin Magee mostrada en esta acción ante Juan de la Cruz.

Y sobre todo, sobre todo, lo que nos deslumbró como un fogonazo enviado por dioses, era la lucha de los cuatro jugadores interiores, los cuatro estadounidenses: Kevin Magee-Jimmy Allen por un lado, Marcellus Starks-Mike Davis por otro. Lo que hubo en la zona entre estos cuatro señores era algo que hasta ese día nunca lo habíamos visto, resaltando si cabe, el empareja-miento entre Magee y Starks. Éste último defendiendo (y muy bien a la estrella local), nos abrió los ojos y nos transportó a otro baloncesto. Ambos se pegaban por ganar o no dejar ganar la posición, en esa definición magnífica de Fernando Romay “el espacio que tú ocupas, es exactamente el mismo que quiere ocupar tu rival”. Y la maravilla de aquella rivalidad física, agresiva, enconada tuvo la aprobación arbitral por primera vez en nuestras pistas, en nuestras vidas. “El encuentro se está desarrollando de la mejor manera que puede ocurrir, con mucha corrección. El partido es propio de dos equipos con jugadores de gran potencia física. Y a esto, creo que se debe acos-tumbrar los espectadores todo el mundo, que esto no es duro. Esto es fuerza. Y se debe jugar así, porque si no, se rompe el espectáculo y rompe lo que verdaderamente es el baloncesto para es-tos señores, que tienen una fuerza física extraordinaria”, eran las declaraciones de uno de los árbitros, el colegiado Abellán, al descanso, ante la sorpresa de unos comentaristas de TVE muy poco habituados a tal escenario, que poco menos insinuaban que el partido se les estaba yendo de las manos. La pareja arbitral aquel día, sí tenía claro cómo podían ayudar a empujar nuestro baloncesto.

Tremenda lucha por el rebote, con Fernando Arcega en primer término y Marcellus Starks en la pugna.

Mike Davis era un estadounidense intimidador, de gran poderío físico y que se hacía difícil lanzar en su zona de influencia. Sin embargo, el americano duro, duro, el de aguantar cho-que, no dejar nunca ganar posición para tener línea de pase fácil, soportar embestidas y no ceder ni un centímetro, era Marcellus Starks. Es asombroso cómo ahora con el tiempo, cuando pregun-tamos a los americanos de la época quienes eran los tipos más duros del lugar, de una pequeña lista, todos añaden a ‘Marcelo’. Starks empequeñeció a Fernando Martín el día antes y contuvo a esa bestia física que era Kevin Magee, que no lograba arrancar en la final, asumiendo que Magee era una fuerza de la naturaleza. Y toda esa batalla, bajo la condescendencia arbitral, sumado al talento físico desarrollado en defensa por el “Indio” Díaz, más el consabido talento de los jugado-res y el impacto de Magee, nos hizo ver un baloncesto diferente. Algo que no era de otro planeta, pero sí de otro tiempo. Bienvenidos al siglo XXI.

Jimmy Allen entrando a canasta entre Sibilio y Da-vis.

Lo que era “si no ganamos, al menos tener un resultado digno” de Fernando Arcega, en unas declaraciones rodeado de un enjambre de medios de comunicación que invadieron la pista para entrevistar al descanso (algo permitido por aquel entonces), se fue convirtiendo en reacción local a partir del minuto 27, en mayor aportación de Magee aprovechándose de la 4ª falta personal de Starks, y una neblina, más que de tabaco (se permitía fumar, por supuesto, en los pabellones), de inspiración en los jugadores del CAI Zaragoza, que se pusieron por delante y sin dejar de pisar el acelerador, se situaron a cinco puntos en el último minuto para que, con polémica de un punto que ‘voló’ en el casillero del F.C. Barcelona incluido, no dejasen escapar esa oportunidad histórica de lograr el título, en un escenario que en los momentos postreros, era casi cómico.

Claro que ese fue el impulso a nuestro deporte, a la nueva liga creada. Aquello justificó la liga del cambio, aquellas nuevas directrices de una Liga Endesa entre pañales. La enorme oleada de expectación que generó nuestro deporte entre la masa social a partir de ese momento, fenómeno hasta entonces nunca ocurrido, desbordó las previsiones. Esos emparejamientos die-ron paso a las futuras rivalidades entre Fernando Martín y Audie Norris, a los títulos de Tau Cerámica, de Pamesa Valencia… Se abrieron las puertas a un futuro excitante, que llegó a dar vértigo por momentos. Zaragoza fue un punto de partida y la Copa del Rey fue el convencimiento de todos para decir “¿veis cómo sí es posible?”.