JUAN CARLOS NAVARRO, EL TESTIMONIO DE 1000 TRIPLES

JUAN CARLOS NAVARRO, EL TESTIMONIO DE 1000 TRIPLES

Antonio Rodríguez

Ahí lo tienen. Aclamado por todos, ovacionado por todos. Juan Carlos Navarro logró la mareante y asombrosa cifra de 1000 triples en la Liga Endesa, segundo jugador en alcanzarlo tras otro mito, Alberto Herreros. Nos unimos al reconocimiento.

Fíjense bien en esta mecánica. Dicen que no es el más ortodoxo. Reconozco que me da la risa cuando lo oigo. Es un gesto natural de un niño que arma el brazo de forma correcta sin que se lo enseñe nadie. Y fíjense que lo hace fácil, rápido, sutil, como si no costara nada. Uno de mis recuerdos me lleva al verano del 2011, cuando en un campus de niños en Andorra, al final de los entrenamientos en la tarde, en aquellas canastas portátiles con tableros de madera, jaleado por los chavales, anotaba suspensiones una y otra vez. En cada ocasión, un paso más atrás. El asombro de todos viendo desde qué posiciones llegaba a encestar con su naturalidad, era el hormigueo de tener alguien mágico delante.

Y aquí está. El gesto que le llevará a la posteridad. En retransmisiones de liga griega, el narrador cuando ve lo que es esto, un tiro por elevación de toda la vida, se le oye decir “bomba”. Traspasa fronteras, incluso lingüísticas. Un entrenador que tuvo en su formación, me llegó a confesar que Navarro era capaz de en un contragolpe yendo solo, lanzar el tiro tan bombeado, que le daba tiempo a sentarse en el suelo bajo la canasta y cuando el balón descendiese casi llovido, traspasando el aro de forma limpia, cayese en el regazo de Juan Carlos. “¿Y si lo hago en algún partido?” en esa inconsciencia juvenil, replicó aquel entrenador a esa pregunta con un “Entonces, te van a matar. No lo hagas”.

Fíjense en este alfeñique físico. Es increíble el talento que puede atesorar ese cuerpecillo. Hubo un jugador muy afamado en el F.C. Barcelona, de cabeza afeitada, cuyo nombre me ahorraré, que en un partidillo de entrenamiento, le soltó un codazo en toda la boca al defenderle, porque le iba a hacer la misma ‘pirula’ por tercera vez consecutiva. El caché de aquella estrella no podía consentir tal afrenta de este chavalín. Eso sí, sabía que con tal desparpajo, llegaría muy lejos.

Sus amigos, su escaparate. Horas de vivencias y experiencias ante los que posteriormente se llamaron “juniors de oro”. Junto al protagonista de la pasada semana, Raül López, lideraron aquel equipo hasta el infinito. Medallas de oro para ilusionar a un país que veía jugadores de “pico y pala” haciendo esfuerzos ímprobos por arrancar una medalla de plata en París en el Eurobasket senior. Sus caras muestran lo que mostraban en la pista: naturalidad.

Más recuerdos. En la 6ª jornada de la liga 99-00, una mañana en el aeropuerto de Las Palmas de Gran Canaria, como uno de los novatos que era, junto a Pau Gasol, se encargaban de bajar las inmensas y pesadas bolsas del equipo del autobús, para facturarlas. Juan Carlos estaba cariacontecido, con enorme gesto de decepción aún. Sus fallos en dos tiros libres en últimos segundos la noche antes, sirvieron para que el F.C. Barcelona no ganase aquel encuentro. “Tranquilo, que de estos fallarás muchos más” pensé. Porque su carrera tendría miles de esos momentos: de intentar ganar en los instantes decisivos. Pues sí, de éxitos tuvo muchos más, hasta que llegó a ser jugador NBA, una élite que tampoco llegó a entender mucho, consciente de lo que él podía ofrecer. Para el recuerdo quedarán fotografías como esta, con este uniforme y una experiencia extraña.

Me encanta ver el caos que produce cuando todo el mundo observa su tiro por elevación, o sea, su “bomba” caer hacia el aro. Ejércitos de defensas desmontados por su enorme talento. Cuando todos miramos un balón volar, nunca está de más apreciar este instante.

El primero paso para la “bomba”, es el primer paso hacia canasta. Ese que deja a los defensores detrás. Y el primer paso también es su convencimiento absoluto en todo lo que hace. Cómo ha llegado a rozar la perfección en ocasiones, cómo en un cuerpo de un jugador sesentero, setentero, ochentero, triunfa. Pudiera haber sido compañero de Kucharski, de Buscató o Emiliano, de Epi o Margall. Pues no, tiene la desfachatez de aparecer en el siglo XXI, con cuerpo de siglo XX y talento del siglo XXII.

Coleccionista de trofeos, de títulos, de gloria. Juan Carlos Navarro ha repetido este gesto en multitud de ocasiones. Los grandes, lo consiguen. Los más grandes, lo reiteran una y otra vez. Ver su palmarés da miedo. Ver cómo lo ha logrado, da risa floja.

Un sentir especial, un sentir generalizado al verlo. Sin resistirnos a tocar al ídolo, al creador de sueños sobre una pista de baloncesto. Juan Carlos Navarro será por siempre una visión fascinante en el parquet.