SERGEI BELOV, LA PÉRDIDA DE UNA GRAN LEYENDA

SERGEI BELOV, LA PÉRDIDA DE UNA GRAN LEYENDA

Antonio Rodríguez

El fallecimiento de Sergei Belov (1944-2013) no sonará a muchos de los jóvenes aficionados hoy día al baloncesto. Curioso, cuando muchos de estos aficionados, sí han oído, visto y leído sobre Jerry West, el mítico alero de Los Angeles Lakers, aunque solamente fuese por ser el logo de la NBA. Es la diferencia entre la veneración que se profesa a las leyendas y antiguas glorias en el baloncesto USA, respecto al baloncesto europeo.

Ambos fueron casi coetáneos (unos años antes West salió a la luz) y ambos tenían similares características en su juego. Sobre todo, sobre todo, una suspensión grácil, inmaculada, perfecta técnicamente, que parecías ver paso a paso cada uno de sus perfectos gestos a cámara lenta. En Europa fue consiguiendo sus glorias nacionales (campeón de la liga soviética con el TsKA Moscú casi de forma ininterrumpida), como internacionales, con una mítica final de Copa de Europa en 1969, frente al Real Madrid en el Palacio de los Deportes de Barcelona, pero su talento se elevó al séptimo cielo cestista con la final de los Juegos Olímpicos de Munich'72 y la medalla de oro conquistada con la URSS ante Estados Unidos. Él era la estrella soviética, fue autor de 20 puntos (en un partido que finalizó 51-50), volviendo locos a los americanos en la primera parte con sus suspensiones (y los adjetivos de admiración constantes de los comentaristas estadounidenses , definiéndole como el Jerry West europeo) y a pesar de la polémica suscitada con aquel final, en el país de las barras y estrellas, se le empezó a considerar un ídolo, como los que veneraban en su tierra.

“En realidad, era el base de aquella selección”, recuerda Vicente Salaner, uno de los periodistas de baloncesto con más vivencias en aquellos primeros setenta en nuestro país. “Aunque medía 1.90 y era el escolta oficial, oficiaba de base del equipo. Era un verdadero director de juego”. El caso es que las giras invernales muy típicas que realizaba la selección de la URSS por Estados Unidos enfrentándose a las más pujantes universidades del país, a partir de aquella final olímpica en Munich, comenzaron a seguirse en masa, obligando tal apoyo popular, casi, a que televisasen algunos de esos enfrentamientos que, entre el morbo, la sed de venganza y por qué no decirlo, una sensación oculta de admiración en algunos de sus jugadores, tuvieron tanta repercusión. Los cuatro años siguientes hasta la celebración de los Juegos Olímpicos de Montreal, tuvieron esa aureola cuyo máximo exponente era este Sergei Belov.

“Claramente, pudiese haber jugado en la NBA” confiesa Vicente Salaner, “pero, claro, en aquellos tiempos era imposible. Y más en la Unión Soviética”. Belov fue un icono en los setenta en nuestro baloncesto. Elegante, tirador implacable, incansable. Diblador como un base y excelso pasador, en su alma de líder también mostraba un áspero carácter, que se acentuó en su etapa de entrenador, aunque consiguiera con un equipo jovencísimo, una sorprendente medalla de plata en el Mundobasket de Toronto'94.

Belov tuvo el drama que se alzó como jugador dominante, precisamente cuando empezaba a aflorar una de las mejores generaciones que ha dado la historia del baloncesto, con una selección yugoslava de principios de la década de los 70 que ensombreció aquel oro olímpico en los siguientes años. Eso sí, para él es el honor de ser el primer jugador de baloncesto en ser el primer portador de la antorcha olímpica (Moscú'80) y el primer jugador europeo en ser componente del Hall of Fame estadounidense en 1992. Tras 69 años, descanse en paz.