UN 'HALL OF FAME' DE OSCAR

UN 'HALL OF FAME' DE OSCAR

Antonio Rodríguez

En 1984, no había tantos medios en el terreno de la comunicación. Es algo tonto recordarlo. Pero sí me justifica el poder contar que hasta ese año, nunca tuve la ocasión de ver a Oscar Schmidt jugar. Algún mínimo resumen entre la fantástica cobertura que hizo TVE en los Juegos Olímpicos de Los Angeles'84 y ya. Se hablaba de Brasil como el “basket samba”: locuaces sobre la pista, anotadores, divertidos... pero que se dieron el gran talegazo en el torneo olímpico de baloncesto. La locuacidad no fue suficiente.

Siguiendo con aquellos Juegos, esa plata olímpica española, en aquel parquet del Forum de Inglewood, fue mucho para este país. Nuestros doce representantes con sus chaquetas de chándal grises, mostraban con las deslumbrantes medallas con un fulgor demasiado especial en sus caras como para pasar desapercibido en nuestras fronteras. Aquello, desgraciadamente , nos llevó al riguroso luto, puesto que si tal momento fue narrado por la voz del baloncesto de entonces, Héctor Quiroga, que vio la cumbre del baloncesto español horas, no pudo ni llegar a España antes de dejarnos. Un mes después, en el pabellón Antonio Magariños, en la vieja cancha de Estudiantes y a modo de homenaje, se disputó lo que se hizo llamar “1º Memorial Héctor Quiroga”.

Ese torneo de pretemporada, que presentó por el Real Madrid aquel exotismo lleno de esperanzas, llegado de la Unión Soviética, llamado José Biriukov (debutó una tarde de sábado ante el Orthez francés), mostraba un cartel impactante, coincidiendo el Granarolo Bolonia, flamante campeón italiano, Indesit Caserta, otro de los “cocos” del pallacanestro y el mencionado campeón francés, Orthez. Y con Caserta, los españoles tuvimos la oportunidad, al fin, en directo y bien cerquita, a Oscar Schmidt.

Oscar era algo atípico. Un tipo grandón (2.06 de estatura), ancho de hombros y poca cintura, un camión en la pista, que pedía la pelota constantemente y que la botaba sin ninguna dificultad ante los pequeños. Que se levantaba y lanzaba sin ningún miramiento, y cuya línea de tres puntos, otra novedad en el reglamento que se presentó en sociedad en nuestro país con aquel Memorial, no suponía ningún respeto para él. Y es que, aquel semicírculo de 6.25 intimidaba, hasta el punto como para ser concebida -al menos en España-, como un recurso situaciones complicadas o finales de posesión. Nunca como una jugada que finalizase así. Y ahí estaba Oscar, que se levantaba y encestaba.

Hace unos días, Oscar Schmidt Bezerra fue galardonado como uno de los componentes del Hall of Fame, apadrinado por Larry Bird, el ídolo que siempre tuvo el jugador brasileño, al que, y a pesar de los éxitos del carioca, casi reverenciaba. Hasta el punto, que tal devoción sirvió para que en el Preolímpico de de Portland de 1992, en la puesta en escena del Dream Team, el famoso periodista Bob Ryan, autor de uno de los libros biográficos de Larry Bird, al enterarse de esa admiración profesada, cogió uno de los libros que le acompañaban, se lo entregó a Larry Bird, que se lo regaló dedicado a Oscar, citándole e incitándole en la dedicatoria a un duelo de canastas en su población, French Lick. El toque de hilaridad fue que nuestro protagonista no sabía que así se llamaba el pueblo de origen de Bird. Con lo que eso le sonaba más a “beso francés” que otra cosa.

Nos enteramos posteriormente por los medios, que Oscar Schmidt fue elegido el nº 144 en la 6º ronda del draft de la NBA de 1984, por New Jersey Nets. Como confesó Al Menendez, general manager de los Nets a algunos periodistas españoles cuando Fernando Martín probó allí, que estaba muy interesado en reclutarle y bien que insistió. Un tirador como él, suponía un deseo muy atrayente. Pero el hecho de convertirse en “profesional” (en aquel tiempo, todos los jugadores de baloncesto exceptuando la NBA y la liga de Filipinas (¿?), se les consideraba como amateurs. Su ingreso en la NBA significaba que jamás podría volver a jugar con su Selección nacional. Peaje por el que Oscar no estaba dispuesto a pasar.

En Caserta lo fue todo. Oscar, en su discurso durante la ceremonia del Hall of Fame, recordó a Bogdan Tanjevic, actual seleccionador turco y uno de sus mayores valedores en aquellas primeras temporadas, como persona muy representativa en su vida como deportista. En Italia lo idolatraban. Sin embargo, estábamos en España, sus actuaciones en la Lega no llegaban a nuestro país, y para nosotros, Oscar significaba Selección de Brasil.

Y decir Selección de Brasil por unos años, era decir máxima rivalidad con los nuestros. Tuvo un escaparate idílico, con más de media España como testigo, cuando nos ganaron en Zaragoza e hicieron añicos las esperanzas españolas en el Mundobasket que se disputaba en nuestra tierra, el que se suponía como oportunidad única para hacer algo grande. Oscar anotó 30 puntos (86-72 fue el resultado final) y no solamente nos relegó a jugar del quinto al octavo puesto (bueno, ahí el francés Mainini también ayudó), sino que elevó a Brasil a las semifinales, donde anotó 43 puntos a los posteriores campeones, Estados Unidos.

La moneda fue devuelta en los Juegos de Seúl, donde teniendo ellos un equipo superior al nuestro, el de los “baby pívots” (tres de los cuatro hombres altos que convocó Díaz Miguel, no superaban los 21 años), pues venían los brasileños de ser campeones en los Juegos Panamericanos de Indianapolis (primera vez que Estados Unidos perdía en casa un partido de baloncesto), y les ganamos en un mítico partido 118-110 -sin prórroga, ¿eh?-, y les desbancamos de la segunda plaza del grupo. Si no fuese por nuestro tropiezo dos días después ante Australia en cuartos de final, ese partido lo hubiésemos recordado por mucho tiempo. Sin embargo, para el recuerdo quedan los 55 puntos que Oscar nos endosó. 55. Récord olímpico desde entonces.

Oscar jugaba al poste, hacía ganchos en suspensión, cogía rebotes, era un maestro del finta-bote-tiro o incluso del paso atrás para hacerse más espacio, aunque estuviese a siete metros del aro. El baloncesto nunca ha visto una muñeca mejor. Las habrá habido semejantes en efectividad, pero nunca mejor. Los 44 puntos anotados con su equipo de Caserta, apellidado Snaidero en aquel Marzo de 1989, mientras Drazen Petrovic anotaba 62, hicieron parecer aquel partido, por momentos, un videojuego. Aquel acierto era inhumano.

Tenía 35 años cuando aterrizó en la Liga Endesa, en el Fórum Valladolid. Fue la temporada 93-94 y permaneció dos años mágicos en nuestra competición. Porque a pesar de no llegar en su mejor momento, ni mucho menos, cuando se tiene tanto baloncesto dentro, se puede saltar dos palmos menos, se puede avanzar medio metro menos con cada zancada, pero se sigue siendo una estrella, porque sale desde muy dentro. Su media fue de 28.3 puntos en sus dos años, y un 44 % en lanzamientos triples. Es que da para sonreír hoy día.

Así era Oscar para nosotros. Para los libros, alguien que se retiró con 45 años y que disputó -agárrense- 5 Juegos Olímpicos (desde Moscú'80 a Atlanta'96). Para todos, un tipo entrañable, que con una ostensible cicatriz intentada ser tapada con un gorro, debido a su tumor cerebral, fue ayudado por Larry Bird a dar las gracias en su discurso como nuevo miembro del Hall of Fame. Las gracias se las tenemos que dar a él.

"Si quieres ver el discurso de Oscar en el Hall of Fame, pincha aquí."