“EQUIPOS QUE CAMBIARON LA HISTORIA” (X)

“EQUIPOS QUE CAMBIARON LA HISTORIA” (X)

Antonio Rodríguez

SELECCIÓN ESPAÑOLA Mundobasket Japón'2006

Ayer se cumplieron siete años desde el día más glorioso en la historia del baloncesto español: la matinal (en España) en que nos proclamamos campeones del mundo. Una mítica jornada en la que todos, por siempre, recordaremos dónde estábamos ese día y en ese mismo momento. Una jornada inolvidable en la que echando la vista atrás, viendo el transcurso de la toda la historia de nuestro baloncesto, hace más increíble aún la gesta. Porque jamás nadie pensó que se llegaría ahí. Bueno sí, unos cuantos locos que nunca perdieron el ánimo. Va por ti, D. Antonio Díaz Miguel.

- “Me he roto, me he roto”

- “Venga, levántate que tú eres más fuerte que todo eso”.

Faltaban 1.37 minutos para la finalización del agónico partido de semifinales frente a la selección argentina, en un Saitama Arena abarrotado. Un pivote por línea de fondo de Pau Gasol, provocando falta a Oberto, dio con nuestro pívot en el suelo, echándose las manos al pie y gritando. Con toda la frialdad que pudo reunir, le avisa a Jorge Garbajosa lo que le sucede, mientras que éste, en un intento de insuflar ánimos, obvia la gravedad de la situación.

Gasol encara la línea de personal con gran dolor. Pero se debe a esos dos tiros libres. Anota el primero y con los ojos abiertos que dejaban entrever rabia, frustración y concentración, mira al banquillo y susurra: “¡Cambio ya! ¡Cambio ya!”. Tuvo los arrestos de anotar el segundo tiro libre y sin poder plantar el pie, dirigirse al banquillo.

Después, vino aquel intento triple de Andrés Nocioni desde la esquina. “Mira, la tengo aquí en el móvil”. El presidente de la FEB, José Luis Sáez, muestra la instantánea orgulloso, de la acción de Nocioni, que aún conserva. “Este tiro pudo cambiar nuestra historia”. Todos sabemos que aquel triple no entró y que el rebote lo recogió Rudy Fernández, al tiempo que sonaba la bocina final. España estaba en la finalísima del Mundobasket de Japón'06.

Pau Gasol llorando, se abrazó a su hermano y junto a Jorge Garbajosa, fue ayudado a retirarse a los vestuarios. No paraba de llorar. “Todo salió bien en aquel torneo” recuerda Juan Carlos Navarro. “Dime un jugador que no estuviera bien”. Y era cierto. España venía de una preparación con 9 victorias consecutivas, con una suficiencia que comenzó a dar las primeras sensaciones, que aquel era el momento. Buenas vibraciones, divertirse jugando, ejecutar a la perfección todos los sistemas...España hacía como se demostró posteriormente, el mejor baloncesto que se podía ver.

Sin embargo, las nulas confianzas a cada aplastamiento que se hacía de los rivales, tenían una explicación, un estigma, diríase mejor. Dos años antes, en los Juegos Olímpicos de Atenas, tras una preparación perfecta, tras una primera fase perfecta, derrotando a Serbia y Montenegro, Italia y Argentina entre otros (estos dos últimos, los posteriores finalistas de aquel torneo olímpico), invictos con cinco victorias, se perdió en el cruce de cuartos, el día que Estados Unidos quiso ser Estados Unidos. “Ese fue nuestro oro” recordaba con mucho amargor José Manuel Calderón más de 5 años después. “Esa fue la oportunidad más clara que tuvimos para eliminar a los americanos, que no estaban jugando muy bien y ganar esos Juegos”. De nada valieron logros precedentes. Por eso, en Japón, había que ganar y había que estar preparados para el futuro inminente, puesto que la suerte podía cambiar de un día para otro.

Y bien que se hizo. En aquella tierra extraña en el concierto FIBA, con un pabellón en Hiroshima a 200 escasos metros del epicentro de la bomba atómica que cerró de forma tan trágica la 2ª Guerra Mundial y donde ubicaron posteriormente el llamado Museo de la Paz, España comenzó apabullando. Nueva Zelanda (86-70) y Panamá (101-57), cuyo asombrado entrenador, el argentino Guillermo Vecchio, tuvo que confesar que “hay pocos equipos NBA hoy día que jueguen como España”. Nuestro primer día rojo vino en el tercer envite, frente a Alemania, nuestra bestia negra de años anteriores, y Dirk Nowtizki. Daba igual. La impecable defensa de Jorge Garbajosa le resigno a lanzar en 9 ocasiones tan solo, en un entramado defensivo por parte de Pepu Hernández, digno de elogio. “La maravilla que acabamos de presenciar demuestra que, a diferencia de lo que muchos piensen, los entrenadores también ganamos partidos a veces” reivindicaba un señor muy feliz y muy orgulloso ese día: Moncho Monsalve.

Los aguerridos angoleños (93-83) y los entregados japoneses (104-55) fueron los choques que precedieron a los cruces. Aquellos cruces en los que aún se tenían pesadillas con Estados Unidos, aunque se negara. Ellos también ganaron sus 5 partidos, con lo que hasta la final, en teoría, no tocaban. Aquellos yankees dirigidos por Mike Krzyzewski, con Lebron James, Carmelo, Wade, Dwight Howard o Joe Johnson, mostraban otra cara a la de Atenas. Y como bien decía Lebron, “en esta ocasión somos conscientes de lo que jugamos. Esta vez somos un equipo”. Sonaba bien. Sin embargo, a las críticas de su mala defensa, donde permitían demasiados puntos según la prensa especializada USA, contestaba con un lacónico “no nos preocupa. Nosotros meteremos más puntos que los rivales”. Una debilidad que no sonaba bien del todo, contraria a la filosofía del baloncesto estadounidense de siempre, cuya filosofía era que les anotasen uno menos.

Japón, era un país peculiar, con aficionados peculiares, que aplaudían las jugadas más inverosímiles (les encantaban los correcalles llenos de errores), pero que no mostraban mucho entusiasmo por lo que veían. Y pudiese ser una cuestión cultural. De hecho, los animosos aficionados argentinos, que cantaban y gritaban sin parar durante los 40 minutos de sus partidos, insuflando así el típico espíritu guerrero a sus compatriotas en la pista, no daban crédito cuando los operarios de seguridad del pabellón, les pedían que bajasen el tono de sus cánticos y que se sentaran en sus asientos. Eso sí, lo hacían con una educación exquisita. Y tampoco faltaron sacudidas de un pequeño terremoto, que se hizo sentir en el cuartel general de los jugadores. “Estaba durmiendo y pensaba que era una de las bromas de Berni Rodríguez para despertarme” comentó José Manuel Calderón. Los jugadores, sin mucho que hacer en aquel país, se divertían en las habitaciones, regalaban a Garbajosa estrambóticos accesorios para sanitarios por su cumpleaños...y jugaban a la pocha. Así era el ambiente de nuestra delegación.

En Saitama no se tuvo piedad de Serbia (aún con la conexión montenegrina a nivel deportivo), al que se les ganó por 87-75 y en el famoso e infausto cruce de cuartos de final, ante Lituania, se soltaron todos los fuegos artificiales: 32-11 al final del primer cuarto. Choque sentenciado. Nunca, nuca se dio tregua (57-30 en el tercer cuarto). A una agresividad y coordinación defensiva casi perfectas, se unía una rapidez y fluidez en ataque que nos hacía soñar con que esta vez sí: la cuarta posición de Cali nos sabía a poco. “Han cambiado muchas cosas. Yo lo compara con el Europeo de Francia y aquí lo veo todo más natural, como si estuviéramos más preocupados de quitarlos los vendajes que de hacer historia. Será que nos estamos acostumbrando a ganar”. Nuestro capitán, Carlos Jiménez, era contudente y muy sincero.

Antes de nuestra semifinal, vimos cómo Grecia superaba a Estados Unidos en la otra. Los pronósticos de Lebron se hicieron trizas. Papaloukas ese día fue dios heleno y los americanos, livianos mortales que fallecieron lanzando desesperados triples ante la zona griega. Y nosotros, en nuestro intento de acompañar a Grecia en el Olimpo, debimos sufrir, recuperar una casi perenne desventaja de puntos, apoyados en tres triples consecutivos de Sergio Rodríguez y así se logró remontar, para acabar como ya sabemos. Acompañados eso sí, por una explosión de júbilo de unos aficionados que tanto en Madrid como en diferentes puntos de la geografía española, veían la hazaña a través de enormes pantallas instaladas en plazas y palacios de deportes.

Siempre está bien retomar el recuerdo a días gloriosos ante lo que hoy se nos avecina. Recuerdos como aquel día en la final de Saitama en la que jugamos sin Pau Gasol por, lo que se demostró más adelante, fue una fractura en un dedo del pie. Los mismos, según Navarro, en los que no se debía estar preocupado. “Con este equipo, no”. Memorias de once jugadores saltando a la cancha con una inscripción en las camisetas que todos lucieron de “Pau también juega”, secreto guardado a su líder, hasta que se las pusieron, por el que morirían en pista para darle su trofeo.

Siempre dije que si se juega de forma perfecta, nunca puede haber un marcador igualado. Si lo haces perfecto en ataque y en defensa, ningún rival podrá soportar eso. Y Grecia no pudo. No contra un equipo conjurado a finalizar este camino. No pudo con aquella magnífica idea táctica de Pepu del “caja y cuatro” (cuatro en individual y un hombre en zona, Marc Gasol, en permanente zona bajo el aro para minimizar a Sokoklis Schortsianitis, que tanto daño hizo a Estados Unidos el día anterior). Ni pudo con Calderón. Ni Cabezas. Ni Sergio Rodríguez o Bernin Rodríguez. Ni con Mumbrú, Rudy o Navarro. Ni con Carlos Jiménez, Garbajosa o Reyes. Los 12 que apabullaron a Grecia por 70-47, nada más y nada menos. Los que alzaron a Pau Gasol para convertirse en el MVP del Mundial sin haber disputado un solo segundo de la final. Los que alzaron a nuestro país a ser CAMPEONES DEL MUNDO.

Ese día sí que se cambió la historia. El día en el que un líder se olvidó de sus muletas para abrazar a los suyos. El día en el que un entrenador miró un poco más arriba de la bandera española izada durante la interpretación de los himnos, porque allí se encontraba alguien muy querido. El día que paseamos por el cielo, nos sentimos orgullosos de ser quienes somos y ser representados por nuestra Selección Nacional de Baloncesto.