“EQUIPOS QUE CAMBIARON LA HISTORIA” (II)

“EQUIPOS QUE CAMBIARON LA HISTORIA” (II)

Antonio Rodríguez

F.C. BARCELONA 86-87

Nuestra liga iba creciendo a pasos agigantados, justo al mismo ritmo que la pasión de los aficionados por el baloncesto. Tras Los Angeles, muchos miró hacia nuestra competición como algo novedoso. Se descubre su dinamismo, su intensidad y que aquello era algo muy divertido. Atraía, embaucaba, hasta llegar a hacerlo un deporte de masas. Masas como jamás hubo y ha habido. Añadan que en el verano de 1986 se disputó un Mundial en España, que se presentó en sociedad cuatro años antes, en Colombia, sin que los máximos mandatarios de la Federación Española se hiciesen una idea de lo que se avecinaba, mientras decían un sentido adiós a Wayne Brabender que dejaba la selección en aquel mismo acto. La cita mundialista en España no tuvo el éxito deportivo esperado(quinta posición), aunque sí un recuerdo infausto hacia un árbitro (Mainini), pero su seguimiento fue equiparable al Mundial de fútbol un mes antes, que se disputó en México, con los consabidos cuatro goles de Butragueño ante Dinamarca. En esas estábamos. El boom parecía no tener límite.

Aíto García Reneses, en su segunda temporada al mando de las operaciones azulgranas, tuvo carta libre para fichar en el mercado. Y así lo hizo. El base Joaquín Costa y el ala-pívot Andrés Jiménez, ambos internacionales absolutos, engordaron la plantilla blaugrana. Steve Trumbo al fin era español a todos los efectos, y para luchar bajo tableros junto a él, pero sobre todo para anotar, se fichó a uno de los estadounidenses más resultones y con más caché que dio la campaña anterior: Wallace Bryant, que en dos meses de trabajo y llevándose su buena talegada, consiguió salvar al Magia Huesca del descenso. Sus 2.13 y su movilidad eran muy conocidos en Italia ya. Tocaba vivirlo en España.

“No descarto fichar un base americano” fueron declaraciones de Aíto, que tenía de todo en su plantel. Aquello nos extrañaba mucho, sobre todo cuando los americanos de menos de dos metros de altura y de 10 rebotes por envite, no se prodigaban. Lo del base, en absoluto. Al final se quedó en medias tintas. Le gustó un escolta que vino haciendo bolos en verano con un combinado llamado Larios All Stars, representados por Richard Kaner, que montaba estos equipos para disputar encuentros amistosos frente a selecciones nacionales en su puesta a punto del citado Mundobasket español. Se llamaba Kenny Simpson, un tipo de uno noventa y pocos, tremendamente atlético, con una intensidad defensiva muy poco habitual, con un tiro con la zurda muy peculiar, sacando el balón desde muy atrás, y que hizo las delicias del Palau Blau Grana. “Aquello era una defensa zona 3-3” cuando él se ponía en la parte superior de la zona, es una frase que le encanta recordar a Aíto García Reneses.

Pero si este equipo cambió la ACB, nuestra perspectiva de lo que era una plantilla fue porque por primera vez, había profundidad y rotaciones desde el banquillo. Miren esto: Corbalán, Iturriaga, Jackson, Robinson y Martín; Solozábal, Epi, Sibilio, Davis y Starks; Montero, Villacampa, Margall, Kazanowski, Schultz; Gil, Montes, Russell, Pinone y Rodríguez. Son cuatro ejemplos de cuatro quintentos de la época (Real Madrid, Barcelona, Joventut y Estudiantes), que nos sabíamos de memoria. ¿Por qué? Porque eran siempre los mismos, porque apenas había rotaciones en ellos. Andrés Jiménez en ocasiones, y José Biriukov, eran raros ejemplos de tener minutos continuados desde el banco. El concepto de aquel baloncesto era que, hasta que nadie cometía cuatro faltas personales, no se efectuaba ningún cambio.

El primero que empezó a jugar con rotaciones en la Liga Endesa, a sentar cada cierto tiempo a sus jugadores para que descansaran, a incrementar el nivel de intensidad de los hombres en cancha, fue Aíto García Reneses, teniendo en cada posición un hombre de refresco que jugaba con regularidad. Sus hombres importantes fueron Nacho Solozábal, Joaquín Costa, Juan Antonio San Epifanio, “Chicho” Sibilio, Kenny Simpson, Andrés Jiménez, Wallace Bryant, Steve Trumbo, Juan De la Cruz y un novel Ferrán Martínez. Todo un lujo al que nadie llegaba. El Real Madrid aquel año lloraba las marchas a USA de los hermanos Martín, Fernando y Antonio, y se tapaba los ojos de vez en cuando al ver las cabriolas de Larry Spriggs, aquel notable jugador que a la mínima oportunidad, te sacaba a relucir el anillo de campeón de la NBA. Y al Ram Joventut aquel año, con la marcha de Andrés Jiménez al Barça, salió con lo justito. Con un entrenador veinteañero que apuntaba mucho llamado Alfred Julbe y con una americano llamado Reggie Johnson, que aquello era canelita en rama.

El Barcelona comenzó titubeante. Sin poder alinear a Wallace Bryant en los primeros partidos por sanción, perdió dos de los primeros cuatro partidos de Liga y sonaron todas las alarmas. Hacerlo en Zaragoza, ante otro que hacía los honores de presentarse en sociedad con una portentosa actuación, llamado Eugene McDowell, pasaba. Pero salir derrotados en cancha del recién ascendido Oximesa de Granada, en una tarde que jamás se olvidará en Albolote, empezaba a teñir el optimismo un poco más oscuro. Dio igual. Cuando aquella máquina del Barcelona empezó a funcionar, no hubo nadie quien pudiese pararla. Desde aquellos dos tropiezos, tan sólo cedieron en tres encuentros más en las 28 jornadas de liga regular.

Se hizo con la Supercopa de España, con la Copa del Rey en Tenerife (en un partido memorable ante la Penya) en fechas navideñas, conquistó la Copa Korac que le tocó jugar, apalizando al Snaidero Caserta de Oscar Schmidt en semifinales y al Limoges en una final de ida y vuelta, como era preceptivo en aquella Copa Korac, y porque el Joventut llegó a bordarlo aquel año. Un héroe anónimo llamado Sergi López, dio a los verdinegros el forzar un cuarto partido, que con una canasta de Kenny Simpson, sobre la bocina, con rectificado en el aire desde cuatro metros junto a la línea de fondo, dio el título al conjunto de Aíto García Reneses, circunstancia que se le atragantaba desde cuatro años antes. Al Real Madrid también lo despacharon en cuatro envites, en semifinales en esta ocasión.

Al margen de ganar todo lo que jugaron, era aquella forma de concebir el baloncesto total, a un ritmo vertiginoso, con dos bases que no especulaban nunca con el tiempo, con aleros como Epi y Sibilio, que culminaban los contragolpes -innumerables-, a base de triples, que les hicieron superar los 100 puntos de promedio (algo más de 102.4 en liga regular; bajó a 94.8 en 10 partidos de playoff) y aquella convicción de Aíto García Reneses, que con hombres altos y rápidos, intentando trasladar lo que ya intentó con Jordi Freixenet en el Cotonificio, situó a Andrés Jiménez como “3” en el campo, siendo clave para los éxitos del equipo aquel año y los siguientes. Sí, hizo historia aquel F.C. Barcelona de la 86-87. Por encima de todo, porque trasladó a la liga la profundidad de banquillo, eso que nos sonaba a NBA, a baloncesto moderno. Sus ideas fueron uno de los primeros ladrillos para empezar a construir el concepto que tenemos hoy como juego del baloncesto.