OLYMPIACOS SE PROCLAMÓ CAMPEÓN DE LA EUROLIGA

OLYMPIACOS SE PROCLAMÓ CAMPEÓN DE LA EUROLIGA

Antonio Rodríguez

Siempre consideré a los aficionados españoles bastante nobles en la derrota, cuando el rival es superior. En esta ocasión, Olympiacos lo fue en la gran final de la Euroliga, superando al Real Madrid (100-88). Es una lástima tener que lamentarse de perder un encuentro de tal magnitud cuando el camino ha sido tan largo. Pero sí se sabe reconocer cuando se es inferior. Y el Real Madrid lo fue.

El 27-10 de primer cuarto a favor de los blancos, fue una nebulosa que en ningún momento obnubiló lo que parecía un certero destino de los griegos: repetir el título. Los jugadores de Pablo Laso tenían su saber hacer y la suerte de cara, anotando desde todas posiciones. Además, si en la final entre ambos equipos en 1995, se tuvo en Arvydas Sabonis la figura del choque, en esta ocasión, parecía que Mirza Begic se asemejaba al lituano con un dominio en la zona como no se le había visto en el Real Madrid. De hecho, fue una guillotina constante a los lanzamientos de los helenos. Nadie podía penetrar hasta canasta, nadie podía anota bajo el aro, porque Begic taponaba una y otra vez.

Sin embargo, el entrenador Giorgos Bartzokas supo encontrar soluciones en todo momento. Ante la marcha de Begic al banquillo por dos faltas, poco a poco hizo que los suyos fuesen igualando la contienda con un juego dinámico y agresivo, rápido y efectivo, muy distante a aquel baloncesto que ofrecían a los aficionados europeos cuando perdieron la final en el mencionado 1995. Con dos quintetos rápidos y mucha movilidad en pista, el partido creció un espectáculo y los helenos dando bocados a la desventaja poco a poco, con Papanikolau y Hines destacando.

Y en la segunda parte, apareció Vassilis Spanoulis. Ese jugador que aún no ha perdido un partido de Final Four. En una ocasión, campeón con Panathinaikos y en estos dos últimos años, con los del Pireo, mostrando una de las mejores actuaciones exhibidas en una final. En contraste a los 0 puntos en los primeros veinte minutos, 22 puntos en la segunda mitad, romper para empezar el efecto Begic y desarmar con paciencia, la defensa de Pablo Laso en sus diversas variantes.

Olympiacos fue un equipo que anotó de manera constante, con sucesión de pases hasta encontrar el error y la posición clara de tiro. Y no fallar, por supuesto. Y esa seguridad en el ataque fueron los clavos en el ataúd madridista, porque nunca pudo recuperar la desventaja que poco a poco se iba ensanchando. Recibir 27 puntos en el tercer cuarto y 63 en el total de la segunda mitad es un tanteo casi imposible de mantener para poder ganar un partido. Y fue lo que sucedió. Olympiacos, un conjunto con jugadores griegos muchos de ellos, jóvenes en su mayoría, de gran proyección y con una sapiencia baloncestística y calidad fuera de toda duda, anotaban siempre porque encontraba un desajuste defensivo en un quinteto blanco que repartió desaciertos con desajustes y falta de concentración.

Los jugadores de Pablo Laso no tuvieron un atisbo de respuesta defensiva en el último cuarto y así, a pesar de la voluntad de Rudy Fernández, Jaycee Carroll y Sergio Rodríguez en ataque, no se pudo conseguir nada, porque los jugadores de Bartzokas no dejaron de anotar.

Ahora nos queda consolarnos por la gran temporada de los equipos españoles en Europa. Con estas meritorias de Unicaja a domicilio, con la llegada del Caja Laboral a los cuartos de final, y el tener dos representantes de nuestra Liga Endesa en Final Four, como aquellos años de vino y rosas. Eso sí, para la próxima, esperemos que quien levante el trofeo sea un representante español. Al día de hoy, es poco consuelo ver que uno de ellos ha llegado a una final y no ganarla. Lo bueno del baloncesto, lo bueno del deporte en sí, es que tanto las victorias como las derrotas se olvidan pronto, porque las competiciones siguen. Y ahora llegan los playoffs de la Liga Endesa y otro título en juego. La única diferencia es el trofeo en la vitrina o la ausencia de él. Y el recuerdo de los aficionados. Por ellos, sí que duele volverse con las manos vacías de Londres. Habrá más ocasiones. Seguro.