CUENTOS DE VERANO Nº 03: EL CURIOSO EPÍLOGO DE JUAN ANTONIO CORBALÁN

Tiempos de dinero, de ambiciones y proyectos hasta el infinito y más allá. Fueron varios quienes se subieron al clásico carro de F.C. Barcelona y Real Madrid en su inversión de fichas de jugadores con cifras mareantes. En el verano de 1990, el baloncesto español estaba inundado de sponsors, buenos dividendos por derechos televisivos y las fichas de las grandes estrellas se multiplicaban por 5 o por 6 respecto a solo tres años atrás. Fue el verano del traspaso de José Antonio Montero del Joventut al Barça, catalogado como “el jugador de los 100 millones”, estadounidenses que rozaban el millón de dólares y un mercado español que pugnaba con muchos ceros de por medio por contar con los buenos nacionales -en una liga donde solo se contaba con dos extranjeros por equipo- como elementos diferenciales a la hora de la verdad.

La Penya había disputado 3 finales ligueras en los 6 años precedentes y ahora querían dar el paso final de ser campeones, con Lolo Sainz como flamante entrenador del apellidado con su nuevo sponsor Montigalá Joventut y refuerzos de mucho prestigio a golpe de talonario. CAI Zaragoza había vuelto a contratar a Kevin Magee tras 6 años en el Maccabi Tel Aviv y tres Final Four europeas consecutivas. El showman Mike Smith hacía mostrar músculo en el proyecto deportivo que eligiera, mediante su futura nacionalización como ciudadano español, fichando por el Caja de Ronda tras dejar tras cuatro años de estancia a su querido Mayoral Maristas.

Y el Fórum Filatélico de Valladolid y el máximo exponente de la ambición de su presidente, Gonzalo Gonzalo, pretendía rodear lo mejor posible a la estrella de toda una liga, el gran Arvydas Sabonis y a su compañero en la selección soviética, el recientemente adquirido Valery Tikhonenko. Ya es peculiar que el mejor jugador de la competición militase a orillas del Pisuerga. Para que se hagan una idea de las ambiciones de Gonzalo Gonzalo, que ante la ausencia de Sabonis en el primer mes y medio de competición, debido a una lesión, se interesó por la incorporación temporal por ese mes, del recién nombrado número uno del draft de la NBA, nada menos que Derrick Coleman, elegido por New Jersey Nets. Sus confrontaciones entre sus agentes y la franquicia NBA por ajustar el sueldo del ala-pívot (casos como este acabaron forzando un salario definido a todos los elegidos en las dos rondas del draft) le impedían hasta entrenar con sus nuevos compañeros, a lo que en tierras vallisoletanas pensaron que “es el sitio perfecto para seguir en forma y competir”. Gestiones que nunca sabremos hasta donde llegaron, porque Coleman finalmente llegó a un acuerdo con los Nets. Sin embargo, ahí quedaban las ilusiones de altos vuelos que se respiraban en nuestra competición. Como para no, si teníamos al mismísimo Michael Jordan jugando en el Palacio de los Deportes de Barcelona una especie de All Star ACB, para dar el pistoletazo de salida a la nueva temporada.

Javier Casero, entrenador del Fórum vallisoletano, adolecía de la posición de base, donde tan solo contaba con el jovencísimo oriundo Álex Bento. Poco voltaje para pretender dar buenos balones a Sabonis. Tras un primer año de duro trabajo con el maltrecho pie del lituano, ya asentado en Pucela, ahora tocaba sacar réditos. Y aquí,

Gonzalo Gonzalo se marcó un órdago importante. No buscaba un director de juego, sino al MEJOR director de juego existente en nuestro país. Y para él, quien mantenía esa distinción, era un jugador retirado hacía más de dos años. Juan Antonio Corbalán había sido, con mucha diferencia, el mejor base de la historia del baloncesto español y maestro de orquesta de los mayores logros, tanto en el Real Madrid como en la Selección Española. Figura icónica en las pistas, cuya imagen trascendía más allá de lo meramente deportivo, anunció su adiós al Real Madrid y a la actividad del baloncesto profesional en la primavera de 1988, tras la final de liga. Tipo culto y con una carrera de medicina por ejercer, dejó la actividad profesional con 33 años.

Con 36 años recién cumplidos, cierto es que Juanito seguía en forma. Jugador fijo entre los combinados de veteranos del club blanco que constantemente competían en partidillos y homenajes, era un habitual durante el calendario de pretemporada donde se ejercitaban sus ex compañeros en las pruebas físicas, incluso oficiando como médico en una clínica privada. Si como jugador era un privilegiado por su potencia de piernas como para sacar los mejores contragolpes de nuestra historia, ya retirado aún mantenía un tono más que correcto. Pero, obviamente, en absoluto se había planteado volver a ejercitarse como profesional… hasta que se topó con Gonzalo Gonzalo, absoluto devoto de este “Von Karajan” del baloncesto español.

Las negativas iban quedando en dudas y las dudas en cierta posibilidad cuando el presidente del Fórum accedía en todas y cada una de las peticiones que, por obligaciones, tendría el bueno de Juan Antonio. Para que pusiera en duda todo le muestra un atractivo proyecto deportivo al que le faltaba el líder que lo arrastrara. Luego, la cantidad de dinero: 50 millones de pesetas (300.000 euros de la época, algo que ni remotamente había ganado jamás en el Real Madrid. Vamos, que ni la mitad) y esa apostilla final de “pero si yo trabajo de lunes a viernes, Gonzalo”. “No te preocupes, con que vengas el viernes a entrenar por la tarde y luego jugar el partido de fin de semana, me sirve”. Nada detendría al máximo mandatario de Pucela.

Y así, cuando al jugador madrileño ya lo dejó sin argumentos, Juanito volvía a las pistas de la ACB para surtir de balones a uno de los grandes enemigos que tuvo a lo largo de su carrera: Arvydas Sabonis, que veía con unos ojos maravillosos esta apuesta del club. Juan Antonio Corbalán debutó en la jornada 19 tras superar ciertas molestias físicas, un 9 de diciembre de 1990 en Pucela, logrando la suspensión en los últimos segundos desde media distancia decisiva para derrotar a Estudiantes (76-74), disputando 23 minutos.

Corbalán disputó 20 partidos aquella temporada, con 26 minutos de media, añadiendo 6 puntos (35% en triples) y 3 asistencias por encuentro (en aquel tiempo, la asistencia solamente contemplaba pases de recibir y anotar bajo canasta. Aún no se valoraban pases a un triple como asistencias). Dieron un susto de muerte al F.C. Barcelona en el primer partido de cuartos de final, derrotándoles en el propio Sant Jordi (64-65) antes de viajar a París a disputar su tercera Final Four consecutiva. Los azulgranas, con el desencanto de haber perdido una final más, debían a su vuelta jugarse en el Polideportivo Pisuerga toda la temporada, que una derrota les dejaba fuera. Superaron aquel match ball (74-77) y finalmente echaron el broche en casa en el tercer envite.

Y ahora sí, acabó su carrera. Pero la curiosidad de todo aquello, las sonrisas del jugador en la presentación del equipo ante la estupefacción reinante y que todo aquello cristalizara, es uno de los fenómenos más curiosos que se hayan dado en nuestra historia como para catalogarlo en este serial.

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