LA SONRISA DE MELVIN EJIM

Todo funciona actualmente en Unicaja. Es como tener un pálpito que en la semifinal ante el Barça, ronda que iniciarán mañana, les irá muy bien. Independientemente del resultado que obtengan, sea un 3-0 en contra o que logren eliminar a los azulgranas, nadie les quita ese aura que transmiten al Martín Carpena del “este año nos lo estamos pasando muy bien”. Y se ve cómo reaccionan los jugadores ante todo ello. Por eso, en cualquier resultado entre todo el abanico de posibilidades, la seguridad que competirán siempre.

Existen temporadas en las que, la buena planificación, la madurez de sus componentes y la consciencia que son afortunados jugando al baloncesto como profesión, hacen chascar un “clic” en el que, todo encaja. Y, de repente, entre hastíos y sinsabores en el Martín Carpena de las últimas campañas, todo funciona. Hay alegría en el juego porque hay alegría en la actitud, en la tarea a realizar. Y se ganan partidos. Si, además, todo esto confluye en un título más que inesperado como fue la Copa del Rey, pues se es más consciente de la experiencia que se vive, más de piel. Los malos tragos, como la pasada Final Four de la FIBA Champions League, pasan, porque en el ambiente existe -y repetimos- esa excitación diaria de lo bien que se lo están pasando todos. Si no, sería imposible aunar en todos sus componentes, las fuerzas como ser el ciclón que fueron en el segundo partido de cuartos de final ante Lenovo Tenerife. Convicción y exuberancia física, dos rasgos para encarar al F.C. Barcelona como lo han hecho en tantas ocasiones en semifinales. Recuerden la última experiencia entre ambos en 2015, cuando estuvieron a un triple de Jayson Granger de acariciar la final. 

Este ha sido el año de Alberto Díaz. Reclamado hasta el hartazgo en todos los actos sociales, representativos del club, de la ciudad e, incluso, de la Selección Española, como el chico de casa, para reforzar la marca de baloncesto en Málaga. Junto a él, otro estandarte por su identidad en los años que lleva en el club, Darío Brizuela, parco y temeroso ante los medios como un irrefrenable tifón sobre una pista de baloncesto, han ido creando la figura del ídolo en los aledaños del pabellón mientras la procesión verde se acerca. Las decisiones individuales que mantienen en ascuas a todos, son un rezo y una exaltación entre la parroquia “carpenista” ante “la mamba vasca”. Es ahora cuando disfrutamos del pico más alto de acierto de Tyler Kalinoski, donde sus triples van a la par de su esfuerzo defensivo -y aquí ya lo hemos comentado-, saltando de los bloqueos con las manos deseando ejecutar el gesto del tiro que acaba entrando. La velocidad de Perry, la inteligencia de Barreiro, y las rachas de Carter y el “desmelenamiento” y Osetkowski

Todos y cada uno aportan en una estructura de plantilla en la que Ibon Navarro ha sabido sacar muchísima profundidad. Y el “todos a una”, tan difícil en el mundo del deporte profesional. Entre todas sus piezas, algunas más relucientes para el gran público que otros, semioculto, aparece una figura a la que es digno destacar: Melvin Ejim. El ¿alero? ¿ala-pívot? canadiense se está gustando en su segunda etapa en la Costa del Sol. Ejim sabe jugar y muy bien al baloncesto. Sus 19,1 puntos y 8,6 rebotes de promedio en el último año en el que jugó en la universidad de Iowa State, siendo el Jugador del Año en su conferencia, dan la consigna de que él sabe ser estrella.

Pero en Málaga no lo necesita, su rol es otro y está encantado. Y no hay más que verle su sonrisa, oculta entre la seriedad bastante más habitual en él. ¿No es el tapón que ilustra este reportaje, al intento de mate de Abromaitis, como para sonreír? Y no fue la única. Tras rodar en el suelo por un balón que finalmente recuperó, pudo dar un pase largo de contragolpe para la bandeja de un compañero. Y vuelta a sus gestos de alegría. Porque está encantado. El sacrificio, rol que le toca desempeñar, que produce expresivas sonrisas.

Sin ser de las caras destacadas, ¿por qué nos fijamos en él? Porque tanto el club como el jugador, supieron darse una segunda oportunidad. Recordarán que Melvin Ejim ya jugó en Unicaja en la temporada 19/20 que, entre lesiones diversas y el confinamiento a causa del COVID, que interrumpió la liga y le obligó a recluirse junto a su familia en su vivienda de Málaga, no tuvo la experiencia más agraciada. En el verano de 2019 llegaba un tipo que procedía del Unics Kazan. Comparado con la ciudad rusa, la costa andaluza le parecía el paraíso. Pero no destacó. Mucha inconsistencia exterior y un papel, a veces interior, en el que intentaba ayudar desde su posición de alero de forma infructuosa más veces de las que él quisiera, a pesar de su empeño, en un equipo cuyo talón de Aquiles eran sus hombres altos y que se mecía a los vaivenes de Josh Adams, caprichosos y nunca regulares. Los resultados acompañaron… digamos que a medias. Sin embargo, Juanma Rodríguez, el director deportivo, seguía viendo algo en él como para ofrecerle esta reválida, que bien ha sido aprovechada. 

No se engañen, pues sus números son parejos a los de aquel primer curso con los cajistas: 5,9 puntos entonces por los 5,7 en la actualidad, en 16 minutos de promedio por los 14 de ahora, completados por un 48,1% en tiros de campo entonces, 52,7% en la actualidad. ¿Qué es lo que ha cambiado entonces? Pues al margen de su 40% en triples en esta 22/23, cruento si lo comparamos con el 19,2% de hace tres temporadas, impera lo que puede sumar en la pista. Ya no es tan claramente alero ni se le exige tal virtuosismo. Cuando encara al aro suele ser desde la posición de “4”, abierto, aprovechando su rapidez para desbordar. Y donde más redito saca en el juego de conjunto, es ganando la posición cercana a canasta. Así lo hace como primer hombre en las transiciones rápidas, ocupando un lugar en la zona y pidiendo el balón (¿recuerdan cómo lo hacía Alfonso Reyes en el Ciudad Jardín? Tal cual) y con el conocimiento de juego que dispone, cuando recibe los pases bombeados por encima de su adversario, lo primero que busca es al compañero cuando la atención se focaliza en él. Rol de trabajar para los demás, separando cualquier invitación a protagonismo personal. Desde el poste bajo, inicia para los suyos una circulación de balón con muchos buenos réditos entre sus compañeros, que al segundo o tercer pase, se encuentran con alguien abierto. 

De familia con origen nigeriano, emigrada poco antes de nacer él a Canadá, Ejim se trasladó a la Costa Este de Estados Unidos a la edad de 15 años. Que su madre estaba muy encima de él, es algo que hemos leído de muchos jugadores que se han ido marcando un cerrado carácter de responsabilidad. Pero de ahí a que, en la universidad, sus notas rozaran el sobresaliente como media, hay un paso. Muy inteligente, lo demuestra tanto jugando como por sus inquietudes fuera de la pista. Disfruta -porque sabe hacerlo- de una tierra tan extraña como amiga, intentando empaparse del refranero local (piensen en los más rebuscados y con doble sentido que se puedan encontrar. Que como el malagueño apenas tiene guasa…), su labor es base, sustento y justificación de la fortaleza tejida este año en Unicaja, donde todos parecen querer decir de este año “que no se acabe nunca”. Por eso Ejim sonríe. Porque él siente que forma parte de ello. 

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